La casa del pueblo

Aburrido de la vida citadina me di a la tarea de organizar papeles, trabajo y pendientes para dejar la ciudad y dirigirme a un pequeño pueblo, hacia el norte del país, en donde pudiera encontrar reposo.

Allá tengo una casa sencilla y sin comodidades, más allá de la de compartir con la naturaleza en su estado más puro posible. Me la dejó mi abuela, quien con sus últimos esfuerzos hizo los trámites para que me quedara, luego que ella la heredara de mi abuelo muchos años atrás, cuando enviudó.

En realidad nunca fui muy apegado con mis abuelos, pero creo que el que vieran mi nombre en artículos publicados los llenaba de orgullo.

La recibí hace catorce años y recién dos después tuve todos los papeles en orden, para luego olvidarme de ella, hasta el año pasado que fue mi salida de aquella fatigada vida que había logrado.

Desde acá he seguido escribiendo, no con la misma frecuencia, pero con la suficiente para seguir existiendo. Tengo que viajar fuera del pueblo por dinero y por cosas que necesito. También por señal de Internet. Estamos tan apartados que acá no nos encuentra nadie y acaso el aislamiento haga que los pocos que estamos, estemos en paz, cada quien en lo suyo. A eso hay que sumarle que no hay construcciones continuas. Alrededor de cada construcción hay naturaleza y un buen tramo antes de encontrar la siguiente.

Al salir de mi casa, si uno ve hacia el frente, no hay nada más que monte y la vista se pierde al fondo en una montaña. Hacia la izquierda hay un camino de tierra que siguiéndolo da directo a la carretera principal, la que no es visible desde acá. Hacia la derecha hay una casa más o menos como la mía. Quizá más pequeña y más abandonada. De hecho su aspecto es tétrico. En ocasiones me gusta verla cuando el sol se está poniendo y más aún si está lloviendo. Es un escenario perfecto para dejar volar la imaginación. Quizá por eso no solía acercarme. Eso hasta una mañana en la que escuché un ruido.

Salí a tomar el sol al frente de mi casa, en una banca rústica que había colocado para mis tardes de meditación y que no llegó a tanto. Salir y sentarme solo se convirtió en rutina.

El ruido fue seco, corto, como el de un hueso grande que se quebrara. Juraría que luego de escucharlo tendría que haber un grito, pero no lo hubo.

No tenía cómo estar seguro, pero me pareció que el sonido venía de dentro de aquella casa. Podría haber sido algún animal, alguna rama, el viento mismo, pero la curiosidad se había apoderado de mí. Así que me acerqué y quizá por instinto lo hice con cautela, o al menos intentaba que mis pasos fueran silenciosos, pero terminaba parándome sobre tanta hoja seca, que más parecía que estrujaba papel aluminio.

No fui de frente, me acerqué por una ventana lateral intentando ver el interior. Las ventanas estaban cerradas y dentro obscuridad. Me pareció curioso que no hubieran grietas por donde se colara algo de luz.

Intenté ver si cedía, pero nada, firme como si estuviera recién puesta.

Fui al frente, pensando que quizá lo firme de la ventana obedecía a lo vieja de la construcción. Procuré abrir la puerta y nada. La chapa era tanto más fuerte. También parecía nueva. La puerta se veía vieja, pero no podrida. No era una puerta que uno pudiera destruir con golpes sencillos.

Di unos pasos hacia atrás y contemplé la entrada. No había indicios de que nadie hubiese estado ahí recientemente. Acaso lo único eran insectos, porque noté que en la esquina superior izquierda de la puerta, una telaraña se adueñaba del sitio. Era obscura, como si no intentara disimular su presencia.

Convencido de que había perdido mi tiempo regresé a mi hogar, pero ya no a la banca. Me fui adentro, donde no pudiera ver la casa.

Pasaron días, no sé cuántos, y la rutina volvió, hasta una mañana que salí de nuevo, con miras a salir del pueblo a conseguir algo de leña, cuando escuché un grito desgarrador. No uno de miedo, sino uno de sufrimiento, como si a alguien le hubieran arrancado las entrañas de un tajo. El ruido venía de aquella casa. Ahora corrí, pensando que quizá alguien necesitara ayuda.

Intenté abrir la puerta. Nada. Era muy fuerte. Pegué mi oido queriendo escuchar más, queriendo escuchar algo que me diera un motivo para derrumbar la puerta, porque para entonces dudaba de mí, del grito y de lo que escuché. Quizá fuera mi imaginación jugando conmigo. Necesitaba algo más. Aguardé.

Solo silencio.

De regreso quité algo de telaraña que me había quedado en mi oreja y mi cabello. Lo poco que había en la esquina de la puerta se había extendido.

Encendí el auto y abandoné el pueblo para ir por la leña.

A la noche redacté un correo. Le pedí a un amigo, periodista y buen investigador, que averiguara algo de la casa. Se lo enviaría al día siguiente, cuando saliera a conseguir señal de Internet.

De a poco me fui obsesionando con observar la casa. Salía y la veía. Más que verla la examinaba. Buscaba un indicio de que algo pasaba.

Los ruidos se sucedieron. Distintos. Extraños. Como la vez que creí escuchar el sonido de cubiertos que chocan con platos. Ya no corrí ni me acerqué. Quise aguardar por alguna información del lugar.

Cuando la recibí no decía mucho. Ponía que lo sentía, que nada extraordinario ni raro pasaba con aquella propiedad. Estaba a nombre de un tal Ricardo Bianco, único dueño desde la construcción. Padre de familia. En los registros aparecían su esposa y sus dos hijos y luego no había registros de nada, ni información de su paradero. Era como si solo hubieran desaparecido.

La noche siguiente salí al frente de mi casa a ocuparme de mi obsesión. Quería contemplarla. Estaba obscuro, propio de un lugar sin alumbrado público. Escuché un ruido y vi hacia la ventana, la misma por donde había intentado espiar, y vi una sombra. Me pareció ver un brazo que asomaba, como queriendo escapar, estirando a todo lo que daba con los dedos igual de estirados. Solo fue un instante. Pareció que algo tiraba hacia dentro y el brazo desapareció. Luego otro ruido, como el de la ventana cerrando y de nuevo aquel sonido seco, de huesos rompiéndose, que no sacaba de mi mente. No hubo gritos.

Fui a mi auto por una linterna y me acerqué, no recuerdo bien si con prisa o cuidando mis pasos. Solo sé que me acerqué y que el recorrido me pareció eterno.

Fui a la ventana a intentar abrirla. Alumbré hacia adentro y nada, era como si la obscuridad se tragara la luz.

Noté que la telaraña se había seguido extendiendo por las paredes y casi llegaba a la ventana. No quise tocarla, me dio asco. Su color y consistencia no era común.

Me alejé para abandonar de nuevo la búsqueda, pero a medio camino escuché gritos. Esta vez estaba seguro, venían de dentro de la casa. Eran gritos de dolor y escuché claramente que pedían ayuda. Más bien la imploraban. También escuché que alguien decía ¡Ya no! repetidas veces, con dolor, con sufrimiento. Corrí hacia mi auto y lo arranqué. Encaminé hacia la casa dispuesto a dar de lleno con la puerta para traerla abajo, sin pensar que podía hacer daño a alguien. Lo que quería era saber de una vez por todas lo que pasaba dentro. Aceleré. Aceleré lo más que pude en el espacio que tenía. Di de lleno y sentí cómo mi cabeza rebotaba contra el timón para regresarme hacia el asiento.

El golpe me dejó aturdido y apenas alcancé a ver que la pared y la puerta no habían cedido ni un ápice.

Intenté arrancar el auto, pero el motor echaba humo. Asumo que se había partido. Me bajé dispuesto a alejarme, no por miedo sino para conseguir ayuda.

No llegué lejos. Quedé tendido de bruces, apenas alcanzando mi casa, inconsciente. Esto lo supe a la mañana siguiente cuando logré despertar.

Lo primero que sentí fue el intenso dolor de cabeza que apenas me permitió abrir los ojos. De a poco me incorporé y fui recordando. Cuando tuve claro lo que había pasado me volteé y quedé sentado en medio del camino, contemplando la casa.

La telaraña se había apoderado de más de la tercera parte del exterior de esta y casi por completo de mi auto, que seguía quieto ahí, destrozado, contra la pared.

De dentro salían ruidos de golpes, de huesos que se quebraban. Gritos de dolor. Llanto. Lamento. Pedidos de auxilio. Creo que durante las horas que estuve ahí alcancé a reconocer cuatro voces, pero no estoy seguro. Acaso fui yo mismo creyendo que se trataba de los Bianco.

Adolorido, sin poder moverme, me brotaban lágrimas, me daba lástima, sentí coraje, impotencia, pena. Quería ayudar, pero no podía hacer nada. El impacto me había hecho daño.

Estando ahí pude ver cómo la telaraña se iba apropiando de todo, hasta comerse la casa y mi auto por completo. Los gritos y ruidos continuaban, pero se iban silenciando por la telaraña que seguía creciendo, hasta que no fueron más.

Silencio.

En algún momento la telaraña se detuvo. Una amalgama de hilos pegajosos con un líquido espeso era todo lo que tenía enfrente.

Anocheció y a rastras me acerqué hasta mi casa y logré llegar al sofá.

Dormí, no sé si la noche o fueron varias.

Escuchaba ruidos y viento. Ya no escuché gritos.

Cuando desperté, más por necedad que por convicción, creí estar listo para ir a pedir ayuda o al menos para contar a alguien lo que había acontecido. Antes de salir de casa tomé agua y me comí unas galletas que tenía en la alacena, para lograr algo de fuerza, y salí de mi casa esperando toparme con aquella aberración.

La telaraña había desaparecido, como si se la hubiera llevado el viento o se hubiera desintegrado. No quedaba un vestigio de ella ni por el suelo ni en la casa.

Me acerqué a ver qué quedaba. La casa estaba como la primera vez que la vi. A obscuras desde la ventana y bien cerrada. No había señales del golpe con mi auto, ni alguna pieza de él. Había desaparecido todo.

Avancé unos pasos para retirarme y tuve de nuevo curiosidad. Me volví y contemplé la puerta. En efecto, había una pequeña telaraña en la esquina superior de esta, pero ahora del lado derecho. Sobre ella se movía una enorme araña negra, de unos quince centímetros de largo, que me dio la sensación de que no se inmutó al darse cuenta de que la observaba.

Me fui a casa y desde entonces no he vuelto a escuchar ruidos de aquel lugar.

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