Carrillo

Podría contar de mi vida, de cómo aprendí a vivirla, de las actividades que siempre me gustaron, y de cómo me dediqué a matar mi tiempo pero, más allá de que le encuentro insignificante, para esta historia carece de relevancia, pues todo comienza una noche de viernes, en una cena que tuve con Carrillo, una amistad que había cultivado desde el instituto.

Nos juntábamos unas pocas ocasiones al año, cosa de no perder el contacto. Nos poníamos al día, bebíamos algunas cervezas y con un abrazo nos deseábamos buena suerte para los días venideros. Tal era la rutina y así debió ser esa que fue la última vez, pero la charla nos llevó a juzgar mi escepticismo y a cuestionar las creencias de Carrillo, quien era muy dado, más que a la religión, al esoterismo y a todo lo que tuviera tinte de raro.

—No existe tal cosa como algo sobrenatural —le insistía— si ocurre, ocurre en la naturaleza misma, por tanto es natural.

—Pasa que ustedes los escépticos lo son en teoría, pero cuando les toca experimentar, solo usan la lógica que aprendieron para huir, y puedo probarlo —refutó.

Intrigado por su prueba le dije que quería escuchar de ella, y me contó de un lugar, no muy lejos de ahí, en el que un brujo realizaba sus trabajos.

—Su especialidad es el intercambio de almas —me dijo.

Yo reí. Reí con gusto. Con ganas. Reí como deberían reírse todas las risas.

—Podemos ir si quieres —intentó interrumpirme con evidente molestia— ¿O te vas a quedar con la teoría?

Sin dejar de reírme le dije que aceptaba, sin siquiera meditarlo. Luego agregué que los gastos correrían por su cuenta.

Acordamos que haría la cita y me confirmaría en un par de días, para luego cambiar de tema y despedirnos con un abrazo, ahora sin miras a un futuro lejano.

La cita quedó hecha para el sábado por la tarde. Llegué a la dirección que me había proporcionado. Una construcción humilde, como abandonada, en un callejón, sin nada que llamara la atención. Una casa más. El hogar de un embuste más.

Entramos y contrario a lo que imaginé, el lugar era iluminado. Un hombre delgado, que estaría en sus cincuentas, se presentó como el brujo —Nunca supe su nombre—. Nos invitó a sentarnos en unos sofás cómodos. Ya sabía a lo que íbamos, así que no hizo preguntas.

Esperé un discurso que creara ambiente y alguna frase que le diera salida. Una salida tipo que si no creíamos, no lograría hacer el cruce de almas. Nada de eso ocurrió. Cerró los ojos, como meditando, juntó sus manos y luego de unos segundos dijo con cierta euforia: “¡Ya está!”.

Yo reí hacia mis adentros.

Nos pusimos de pie. Salimos del lugar y ya en la calle le dije a Carrillo que lamentaba la pérdida de su dinero y que esperaba que no se siguiera burlando de los escépticos teóricos.

—De ellos sí —fue todo lo que dijo, con una amplia sonrisa en su rostro a la que interpreté como un esfuerzo por ocultar la vergüenza que sentía.

Nos abrazamos y nos despedimos.

De camino a casa vi como la tarde se ponía gris y el ambiente se tornaba asfixiante. Sentí mis pasos pesados, como si poco a poco fueran agregando arena dentro de mis zapatos.

Pensé en lo absurdo de aquella sesión. En lo absurdo de la discusión con Carrillo. En lo absurdo de nuestras juntas. En lo absurdo de querer mantener una amistad que poco aportaba a los días.

Llegué a casa y solo tuve fuerza para acostarme y tratar de olvidarme de todo.

Desde aquel día la vida se me volvió cuesta arriba. Los días carecen de sentido. Mi vida no tiene objeto. Ya no hay porqués. Los proyectos en los que creí son un sinsentido. Las ganas me huyen, se esconden, juegan conmigo, como si mi desdén por la existencia les hubiera ofendido y ya no quisieran tener nada que ver con mi persona.

De aquella sesión con el brujo ya pasaron cuatro meses. Hoy he salido de mi tercera sesión con el psicólogo. Hemos discutido, casi peleado. Es que se niega a creer que la depresión habita en el alma.

¡Te odio Carrillo! ¡Te odio!

Sombra

Tengo por costumbre vivir encerrado entre las cuatro paredes de lo que soy y de lo que he hecho de mí. Todo con el firme propósito de evitar, cuanto me sea posible, el contacto con la gente. Es una costumbre que adquirí en un instante al que recuerdo como mi momento máximo, el momento de la más grata revelación que alguna vez tuve.

Caminaba de regreso del trabajo, luego de un día pesado, como sentía todos. Iba cargado con la falta de trascendencia de un trabajo que tanto daba si ejecutaba o no, cuando, sin intención alguna, me puse a hacer un listado de la gente que consideraba mis allegados. Pensaba en ella, en sus vidas, en la forma en que nos conocimos y lo que habíamos compartido, para luego imaginar sus vidas sin mí.

El resultado, una y otra vez, fue el mismo. Sus vidas no parecían cambiar mucho sin mi compañía, o más bien nada.

Y es que, contrario a lo que se cree, si una vida no depende de esos millones de personas que nunca conocerá, una más o una menos, no habría de hacer mella.

Desde aquel día, de a poco, me fui alejando de todos. Si no me buscaban, no les buscaba, y supongo que ellos entendieron lo mismo, o lo anhelaban… Da igual.

Mi vida se convirtió en una vida básica más. La vida de alguien que existe solo por existir y porque no existir, por alguna razón que escapa a mi comprensión, no se antoja.

Mi rutina me orilló a pasar mucho tiempo en casa, con las ventanas cerradas, los sonidos apagados y con poca luz, casi siempre de velas. No me hice a la lectura, porque tampoco quise ese contacto con el mundo exterior. De nada aprovecha vivir otras vidas a través de las páginas, si para la propia no se tiene aspiración. Me dediqué a pensar y en ese pensar, a convencerme de que estar solo era la decisión correcta. También me dediqué a observar, a observar la quietud, a observar cómo es el mundo cuando el tiempo no pasa, cuando el tiempo no transforma, cuando el tiempo abandona el hogar.

Ahí, en la pasividad, también conocí el mundo de las sombras e hice amistad con la mía.

Mi sombra, esa seguidora nostálgica que no abandona y que no se entromete. Esa que, incapaz de gesto alguno, no juzga, ni aplaude.

Por meses la contemplé por horas y la hice mover a placer.

Una vez decidí hablarle y aquello me gustó. Parecía que, interesada, me prestaba atención, y si la sentía ausente, me movía para contemplar sus movimientos obligados.

Sobre tan pocas cosas tenemos control absoluto, como sobre aquella desdichada.

Con mi sombra teníamos resuelta mi vida. Yo la usaba y a ella no le importaba. Me acompañaba y no se ofendía si la ignoraba. Solo dormía cuando me ponía en total obscuridad, y yo aprovechaba a descansar de ella.

Todo era perfecto hasta… hasta hace unos días.

Ya entrada la noche estaba en compañía de una vela y mi sombra, ocupando un espacio en la sala sin más motivo que el estar. Veía hacia la pared y de reojo contemplaba a mi sombra que, inmóvil, aguardaba por mí. Entonces, hacia el rincón de la habitación, me pareció ver que algo se movió, un destello sin luz, un veloz intruso. Un insecto o un roedor, pensé sin preocuparme. Si había entrado, seguro terminaría por abandonar el lugar.

Pasaron unos minutos y sentí el movimiento de nuevo. Digo sentir, porque no estaba seguro de haberlo visto. Dejé mi vista fija y contemplé cómo del fondo una figura gris se levantaba. Solo moví los ojos para ver a mi sombra, que, impávida, seguía en su lugar. Regresé la vista y la figura fue clara, era mi sombra, otra sombra, pero una que se movía libre.

Sus primeros movimientos fueron cautelosos, como procurando que no le viera, pero ha de tener mucha energía, porque no se controló por mucho tiempo. Comenzó a moverse por los lugares más obscuros, oculta e inquieta.

—Hey tú— le dije con tono de quien da una orden —¡Detente ahí!

Se detuvo.

—¿No es que tú deberías obedecer todos mis movimientos y no valerte por ti misma?

Pareció no reaccionar, pero se fue moviendo poco a poco, ahora buscando la luz, como buscando que la reconociera en su plenitud.

Se posó frente a mí imitando mi postura y luego bailó, bailó y saltó. Mi sombra, mi amiga la de siempre, y yo, solo le contemplábamos.

Desde entonces la rebelde anda con nosotros. Se divierte escondiéndose de extraños y siendo inquieta cuando está en soledad con nosotros.

Molesto, porque no me gusta tener dos sombras, concluí que no tenía caso pelear contra ella. No tenía forma de ahuyentarla y quizá me terminara acostumbrando a su presencia.

Buscaba tranquilizarme hasta hace tres noches que, sentado frente a la misma pared de siempre, mi cuerpo se movió. Se movió sin instrucción mía. Se movió porque no tuvo opción de evitarlo. Hizo un movimiento que sentí muy natural y luego me devolvió el control.

Minutos después pasó lo mismo y un par de horas después, pasó otra vez.

Asustado, pensé que quizá estaba siendo presa de alguna enfermedad, pero entonces la vi de nuevo en aquel mismo rincón donde la vi por primera vez. Hizo un movimiento y yo, en paralelo, la imité.

Notó que me di cuenta y se fue a esconder, como se escondería un perro a quien su amo ha regañado, y aquellos movimientos pararon, pero a la noche siguiente fueron más, luego más… y hoy ya llevo varios.

Temo que terminará por darse cuenta y por dominarlo. Aquella sombra rebelde no nació para obedecer mis movimientos, nació para que yo obedezca los de ella.

La plaza

Cansado de estar despierto en cama, se puso de pie y salió a caminar. La ciudad, vestida de negro y de frío, le esperaba con la soledad que la caracteriza a las dos de la mañana.

Enfiló hacia una plaza cercana, que en tiempos pasados solía buscar cuando algo le atormentaba, temiendo la recepción de aquella, ahora que ningún tormento le aquejaba.

De pie, frente a una banca, tomó uno de los dos cigarrillos que le quedaban en su paquete y dejó que el calor amargo del humo invadiera su ser.

La plaza, como lo temía, se mostró indiferente ante su presencia.

Pensó en Sara, porque siempre que tenía que pensar en el pasado era ella quien acudía a sus recuerdos.

La recordaba joven y hermosa, aunque no lo fue tanto. La recordaba valiente y cariñosa, aunque le abandonó y nunca fue amable en su trato. La recordaba alegre y carismática, aunque momentos puntuales de felicidad con ella no tenía.

Sara era el recuerdo de algo que no fue, era el recuerdo dibujado de la forma como debió ser en los deseos que entonces tuvo Camilo.

Sus pocos recuerdos no eran escenas, eran fotografías pasadas por Photoshop.

Suspiraba de tanto en tanto y en cada calada al cigarro anhelaba aquellos tiempos mejores que nunca ocurrieron.

El suyo fue un matrimonio de siete años, que alcanzó su fin cuando Sara anunció que se iba sin más, sin explicaciones, sin causa alguna más que el deseo de irse. Le quería, aseguró, pero aquello había sido un error, no de escogencia, sino el haber caído en la estúpida trampa de unirse a alguien más para siempre.

Camilo la contradijo: Para siempre no es mucho insistió, sino un todo finito que es un excesivo precio para cualquier cosa. Y como si tal cosa, la dejó ir sin protestar, sin renegar, sin reclamar y sin odiar.

Después de aquel día a Camilo se le perdieron los tormentos y no supo volver a dar con ellos.

Tomó la vida con actitud y se desentendió de ambiciones, de anhelos y de sueños. Se enemistó con los conflictos y dejó de dar importancia a opiniones, reclamos y decires.

La semana pasada cumplió setenta y dos años de vida y ayer le dieron los resultados de unos exámenes, en donde le informaron que pronto morirá.

Creyó estar listo para morir, pero tiene en la mente una idea extraña.

Nada le atormenta, no tiene nada que arreglar de su vida, no tiene nada que reclamar a alguien, y no tiene nada para dejar al mundo, pero siente haber equivocado la forma, siente haber tirado sus años y siente que se hace uno con la plaza y con la noche, como si pudiera verse en la inexistencia que le ha acompañado desde que Sara se fue.

Buscó un espacio en el amplio jardín de la plaza, se agachó y con una rama ha escrito en el suelo: ¡Debí odiarte, Sara!

Tiró la rama y tomó el camino de regreso a casa pensando que su cama quizá no era el mejor lugar para fallecer.