Volar

A pesar de mi estado, porque la reunión estuvo aburrida y mi única alternativa fue pasarme de tragos, el recuerdo es muy claro. El taxi me acababa de aventar a la calle y yo me esforzaba por encontrar las llaves dentro de mi bolsillo mientras me acercaba a la puerta de casa. Me sujetaron entre dos, pero eran tres, uno solo daba ordenes. Me subieron a un automóvil y no recuerdo más.

Me despertaron con agua fría. El frío no me desagradó tanto como la sensación de estar perdido, no solo porque no tenía idea de dónde estaba, sino porque estaba atado y no sabía qué era todo aquella. No tuve opción más que asumir que me torturarían para sacarme información, sin tener idea sobre qué, porque no guardo información importante, y que luego me matarían.

—Lamentamos la forma —me dijo uno que se acercó mucho a mi rostro—, es necesario que sea así porque te prepara para lo que estás a punto de ver.

Me desataron, el mismo que me habló me tomó del brazo y me dijo que caminara junto a él.

Yo temblaba, de frío, de miedo.

—La evolución ha sido buena con el ser humano. Nos ha dotado de capacidades a las que infravaloramos, porque están ahí, al alcance de todos, pero tenemos mucho, mucho más de lo que imaginamos. Lo que estás por ver te lo demostrará.

Seguimos caminando en silencio, por un pasillo largo. Al fondo había una puerta entreabierta, de la que salían sonidos como de una algarabía mermada.

Tocó la puerta. Un hombre grande, mas bien, un cliché de hombre de seguridad de discoteca de moda, abrió la puerta y dejó que yo pasara primero.

Muchos ojos se posaron sobre mí. Casi todos reían, los menos estaban indiferentes, como queriendo seguir en lo suyo. Me veían desde lo alto, desde todas direcciones. Yo no daba crédito.

Las medidas del salón eran inmensas de largo por enormes de alto. Y todos ahí dentro volaban. Sí, volaban. Se elevaban en el aire como si fueran aves, con elegancia y velocidad, no como cuerpos ingrávidos.

—Estás buscando las cuerdas ¿verdad? —Me preguntó Rey. Así se hacía llamar aquel que se había convertido en mi guía.

Tenía razón, yo no hacía otra cosa.

Rey me explicó que todo aquello era un tema evolutivo, para el que las masas no estaban preparadas. Que unos pocos han desarrollado la capacidad de volar, pero no se enteran.

— Nosotros los traemos acá, les enseñamos a dominar su habilidad y la estudiamos.

Rey no dijo, aunque yo me enteré después, que aquello era una cárcel en la cual sos sometido a mucha presión y que de alguna manera ellos intentan sacar provecho de todas las capturas.

Me asignaron una habitación, me contaron la forma en que trabajaríamos y me siguieron llamando por mi nombre.

Rey fue muy claro, las únicas dos opciones eran colaborar o morir. Nadie de fuera, me dijo, logrará encontrarte nunca, ni a ti ni a tu cadáver.

El sitio estaba colmado de rótulos con mensajes tipo: “No salgas”, “No intentes huir”, “No hay salida”.

Las jornadas eran tediosas y cansadas. Me conectaban a aparatos, me tendían en una cama o me dejaban encerrado en pequeñas habitaciones de dos por dos, sin nada más que cámaras que me observaban todo el tiempo. No obstante, lo peor era la práctica. Me llevaban a un salón bastante más pequeño que el grande que describí, llegaban dos o tres investigadores o doctores, saber qué eran, que se quedaban a la puerta y entre tres y cinco amenazadores guardias.

¿Cómo te paras en un salón e intentas volar?

Su trabajo era psicológico y de amenaza. Si no lograba volar era que me habían seleccionado mal y me desecharían, que no era más que el eufemismo para “Te mataremos de forma cruel”.

No sé cuánto pasó ni sé bien cómo pasó. Un día de práctica en el salón, me encontré a mí mismo caminando como a dos metros del suelo. La algarabía no fue mucha por parte de ellos, supongo que estaban acostumbrados. Yo sonreí. Era, me convencí, un ser humano excepcional, la siguiente fase de la evolución, un adelantado o un pionero. Me supe especial y lo disfruté. Me enorgullecí de mí mismo y de lo que era, a pesar de que era consciente de que no hay mérito en ser algo porque sí.

A partir de entonces me trataron distinto. Los exámenes y las evaluaciones continuaron, pero se acabaron las encerronas y las amenazas. Más bien se esforzaban porque yo dominara por completo mi vuelo y pasó. Semanas después me encontraba en el gran salón, volando junto a otros.

Entre vuelos, que se daban a diario por espacio de algunas horas, establecí algunas precarias amistades y conocí a Camila, cuya sonrisa se apoderó de mí de inmediato, más que lo que se había apoderado de mí aquel encierro.

Me gustaba y no la dejaba de pensar. Añoraba los vuelos y verla, así como intercambiar un par de frases o sostener una pequeña charla, casi siempre del pasado, porque nuestro presente era compartido y era siempre el mismo.

No tardé en enamorarme y se lo confesé, ella dijo que se sentía de igual forma, que se había enamorado y que no dejaba de pensar en mí.

Conversábamos más, volábamos juntos. Estoy seguro que lo notaron, pero parecía no importarles. Yo fui feliz, tan feliz como se podía, tan feliz que no lograba concebir una felicidad más grande. La tenía a Camila, mía, tan mía como podía ser en aquellas circunstancias, tan mía como podía ser.

Un día mientras volaba alto, alcancé a ver algo en el techo, días después lo comenté con Camila.

—He visto algo.
—¿Tú también?
—¿Lo saben todos?
—No, al menos yo no lo he comentado con nadie. No querría que se regara la voz y desapareciera.
—No se ve tan chico y por el tamaño del salón, dudo que haya algo más allá arriba. Quizá podríamos… escapar.
—Es un absurdo, por qué se descuidarían de esa manera.
—No lo sé, pero ahora que veo una posibilidad, me queda corto este lugar. Quiero irme. Quiero irme contigo.

Esa charla, palabras más palabras menos, se repitió varias veces. Yo sentía que mi amor por Camila crecía, que la esperanza era aquello con lo que lo alimentaba. Ella decía que sentía lo mismo y que valía la pena intentarlo.

Lo acordamos.

Ese día, desde el inicio de la sesión, volamos juntos, tomados de la mano, cosa que no hacíamos. Los de abajo se pusieron alerta, tomaban notas, no nos quitaban los ojos de encima.

Volamos más y más aprisa, alrededor del salón. No sé si estábamos rompiendo algún récord de velocidad, pero nunca vi a alguien volar tan rápido. En un instante la vi y apreté su mano. Ella asintió. Fue todo lo que necesitamos. Comenzamos a volar hacia arriba, hacia aquello que parecía una aventura, una falla, una posibilidad, un escape, una puerta hacia otra verdad. Nos abrazamos en el aire empujando con toda nuestra fuerza. Yo la apretaba cada vez más. Una luz comenzó a generarse de en medio de nuestros pechos, una luz fuerte, blanca, acaso poderosa. Fue creciendo y creciendo hasta rodearnos por completo. Sentí cómo nuestros cuerpos se iban haciendo uno. Yo rebosaba de alegría, aquello era mi sueño, lo que más anhelaba, esa sensación de ser uno con aquel a quien se ama. La vi. Vi su rostro, su sonrisa, toda ella envuelta en aquella luz. Alce mi vista y vi cómo nos acercábamos hacia aquel final que nos daría entrada a una nueva realidad. Y de pronto… todo fue luz, solo luz.

Ya no tengo conciencia del tiempo. Solo veo una luz blanca, brillante, intensa y nada más. No sé si escapamos, si logramos salir o si morimos, pero este estado me ha permitido crear algunas conjeturas.

A lo mejor estoy muerto y la muerte transcurre con conciencia, pero lo dudo. Lo dudo porque pienso que aquellos científicos no estaban interesados en eso de la capacidad de volar —ahora se ve un objetivo simplista y con unos cuántos presos tenían suficiente para sus estudios—, sino en lo que nos pasó con Camila.

Creo que al final nuestros cuerpos terminaron por fundirse en uno solo. Lo creo porque en mi conciencia ya no tengo solo mis recuerdos y mis sentires, tengo en mi mente todos los recuerdos de ella, sus vivencias, sus memorias. Tengo conmigo sus momentos de alegría, sus momentos álgidos, sus primeras veces, sus amores y sus desamores. Tengo conmigo sus dolores y sus triunfos. Tengo conmigo todas las veces que le hicieron daño y la repugnancia por todo ese daño. Tengo conmigo el pesar por la vida que terminó por llevar.

Malditos científicos, deben estar manteniéndonos vivos y haciendo miles de estudios con nosotros.

Por mientras yo cargo con el peso de dos vidas y, para mi maldita desgracia, sé, con la certeza con la que sé cuánto la amo, que ella nunca me amó.

Rutina

Dejé mi juventud perdida en alguno de los años recientes que pasaron. No sé decir en cuál. Quizá porque toda la vida he sido un descuidado o porque tengo la tendencia a aferrarme a la idea de que todo está bien siempre, que nada cambia y que si uno no dice las cosas en voz alta, todo sigue igual.

Vivimos al fondo de un largo callejón olvidado del tiempo, en casas que te dan de la puerta de entrada a la libertad de la calle. Acá no hay jardines, ni lugares para estacionar autos. Nadie pensó que aquellas cosas fueran necesarias cuando se ordenaron estas construcciones o consideraron que la economía no alcanzaría a los inquilinos para tales lujos.

De un tiempo para acá, mientras Gertrudis hace saber qué cosas en la habitación, yo me siento en una desgastada y maltrecha silla de madera a la que coloco viendo hacia la puerta. Podría ver por la ventana, pero por acá no pasan autos ni personas, pasa solo el viento, muy a pesar suyo. Me acostumbré a la frialdad de la puerta y la prefieren sobre la indiferencia del sombrío paisaje de fuera.

¡Cuántas veces caminamos con ella abrazados por este callejón! ¡Cuántas veces cruzamos esta misma puerta, a veces a las risas, y tantas otras con prisa por llegar a la habitación! ¡Cuántas veces estas mismas paredes fueron testigos de nuestra algarabía, de nuestra respiración acelerada, de nuestra desnudez y de la paz que llenaba nuestras horas de reposo!

Ahora el callejón es siempre una caminata solitaria, la puerta no es más que un símbolo de la presencia del otro y las paredes se convirtieron en observadores de cómo aquella paz cambió por silencio.

Hace quince años, cuando nuestra relación aún se sostenía por una buena cantidad de amor y por la esperanza de que lograríamos que todo funcionara, Gertrudis propuso un juego, sacado, creo yo, del miedo y de la desesperación, porque alcanzaba a ver, mejor que yo, que íbamos en picada.

Su idea fue simple y a la vez aterradora, pero entonces solo fue eso: un juego.

Como estábamos en marzo, propuso que el primer sábado de cada abril, un mes simple, llano, carente de la algarabía de sus hermanos, uno de nosotros, mientras terminaba el atardecer, tomara sus cosas y se marchara de casa, caminando por el callejón. El otro, desde la puerta, le vería irse sin decir nada y si quien se marchaba no volvía más, aquella relación se daba por terminada.

Empezó ella.

Se puso un vestido rojo de satén, que le llegaba a la rodilla, al que yo tantas veces había alabado, zapatos altos, una bufanda que, junto a su maquillaje, le añadió un toque de nostalgia. Pasadas las seis, cuando la noche comenzaba a despertar, tomó una pequeña maleta con algunas cosas que había guardado y salió a la calle.

Yo me paré debajo del dintel de la puerta y vi cómo ella, con paso lento, se alejaba.

Al principio hubieron risas de mi parte, pero en algún momento entré en pánico. Gertrudis no se detenía.

Se detuvo a medio callejón, que como advertí antes, era largo. Hizo una pausa para luego girar y volver con paso presuroso.

Yo anhelaba su regreso y ella quizo volver a mí. Aquella noche se llenó de júbilo, celebrando con nosotros. Nuestras caricias tuvieron el calor de la certeza del amor y del deseo y nuestro deseo se fundió en un abrazo ardiente, que por unos días nos hizo creer que seríamos para siempre.

Al año siguiente fue mi turno. Me sentí estúpido saliendo de casa bien arreglado y con maleta en mano, dispuesto a interpretar un papel detestable. Creo que no avancé ni veinte metros y volví aprisa. La escena de un año atrás se repitió.

Fuimos felices.

Un año después Gertrudis regresó desde el mismo punto al que llegara dos años atrás, pero entonces lo hizo sin prisa. Aquel día no hubo fiesta, la noche no nos volteó a ver y las caricias faltaron a la cita, apenas intercambiamos unas sonrisas que sabían a resignación. A lo mejor ese día nos rompimos y no me di cuenta, porque nunca lo mencionamos.

A lo largo de estos años han habido caminatas cortas, otras largas, unas con prisa, otras que han llegado a doblar la esquina, como cuando terminé en un bar, mojado porque llovía, con una maleta a mi costado, bebiendo solo y regresé pasadas las once de la noche. Para entonces peleábamos por todo y quizá a ella le dolió más que regresara, que el ver cuando me marchaba. Deberías darte un baño caliente, fue todo lo que dijo.

El tiempo ha pasado y sigue siendo hermosa. Ayer, recostado en la cama, fui testigo de cómo, poco a poco, adornaba su figura, carente de la efímera belleza de lo firme, pero desbordada de la eterna belleza de mujer. Se veía esplendorosa.

Se sentó en la orilla de la cama a esperar la hora. Cuando se puso de pie supe que era el momento y me puse de pie también. Fui detrás de ella, admirando hasta su forma de caminar. Cruzó la puerta y comenzó a andar.

Cada paso que daba era un golpe en la herida que habíamos abierto entre nosotros. No sé si caminaba muy lento o obscurecía aprisa y la perdía de vista. Llegó a la esquina y no dobló. Alcance a ver que cruzó la calle y siguió. Con esfuerzo la veía cada vez más pequeña, más inalcanzable, más desaparecida. Quería correr a ella y abrazarla y a la vez quería que no volviera más. Anhelaba que tuviera el coraje de marcharse y deseaba verla a los ojos por última vez.

Entré y me tumbé en el sofá.

Una hora después regresó con lágrimas en los ojos. Me miró sin decir nada. Entró a la habitación y dejó la puerta de la habitación abierta. Desde el sofá contemplé cómo se desvistió para luego meterse en la cama, como un roedor entrando a su refugio.

Hoy he vuelto a mi rutina de sentarme y ver la puerta. Quizá el año entrante tenga el suficiente valor y camine para no volver nunca más a esta silla.

Discurso de despedida

Hoy se despidió Carol con su discurso, mañana le toca morir.

Vivir en una isla tan pequeña tiene sus ventajas. Hay muy poca oportunidad de estar en contra de la forma en que se vive. Ha de ser lo que les ocurre a las pocas tribus que siguen existiendo, siendo pocos y enseñados a obedecer, nadie disiente de los dirigentes.

Desde pequeños nos enseñan que moriremos a los cincuenta años y nos explican las ventajas que esto tiene. Nunca seremos viejos, moriremos aún con fuerza, no nos tendremos que afanar mucho por el futuro tardío, ni por la incertidumbre de la muerte. Cierto es que a algunos la muerte les alcanza antes, pero son los menos y se las considera verdaderas tragedias, que entre nosotros hay pocas.

Tan trascendente es esto de morir a los cincuenta, que diría que es el eje alrededor del cual se construye nuestra sociedad. Todos sabemos, porque también nos enseñan desde chicos, que una semana antes hemos de abandonar todo y dedicarnos a la gente que nos importa y que un día antes hemos de despedirnos con un discurso que preparamos durante toda nuestra vida: un adiós al mundo. Al día siguiente uno muere. En realidad a uno lo matan, pero acá no se considera así. Uno se presenta a la oficina de decesos a encontrarse con su muerte, solo eso.

Con Carol fuimos felices los veintitreses años que compartimos juntos. Nunca tuvimos hijos, porque lo pospusimos, en medio del disfrute del día a día, hasta que fue tarde para ello. Nos dedicamos al trabajo y a amarnos de maneras simples, pero constantes, que es como el amor persiste con el tiempo.

Ambos éramos conscientes de que ella se iría primero. Aunque los dos entendimos siempre que este es el destino de todos, creo que en el fondo ella se alegraba de irse primero. Es a mí a quien le quedan dos años de ausencia por delante, pero acá no lloramos. Extrañamos y recordamos, pero el dolor se reserva para otras cosas.

No recuerdo bien la edad que tenía cuando empecé a preocuparme por mi discurso de despedida, pero recuerdo el momento. Tomé un cuaderno, el mismo sobre el que ahora escribo y comencé a escribir algunas frases sueltas, sin correlación alguna, mismas que terminaron por ser el punto de partida de mi texto.

Vale aclarar que nunca nadie lo leyó. No está bien visto que alguien sea ayudado con el discurso o que lo comparta. Las ideas, los pensamientos, los porqués y las formas de entender la vida son cosas personales y privadas. Se considera una deshonra no desarrollarlo por uno mismo, así que nadie lo hace. Yo nunca vi el de Carol y nunca le compartí el mío.

Hoy, Carol destruyó mi discurso, al menos lo que llevaba de él. Ya no me gusta. Lo odio. Es tan fatuo, tan vacío, tan pobre en esencia, tan carente de brillo:

“La vida es una colección de tropiezos, unos leves, otros que te hacen caer y parten por dentro, y entonces la vida es cargar acuestas cicatrices y heridas con las que uno aprende a andar.

La vida es dormir y despertar. Soñando en lo profundo de la noche e ilusionándose a la luz del día, aunque los sueños no se cumplan y las ilusiones marchen siempre distantes.

La vida es cada una de las lágrimas derramadas y las sonrisas que son inevitables, porque el dolor es nuestra esencia y nuestra sonrisa la forma de lidiar con ella.

La vida son todos esos momentos de soledad, en los que no queda nada y no hay nadie. En donde nos vemos solo a nosotros mismos, desnudos, encerrados dentro de la grandeza del universo y también aquellos en los que vemos al tiempo partido en instantes y nos reconocemos dueños de él y de la voluntad, aunque esta última sea contraria a todo cuanto acontece a nuestro alrededor.

La vida es la incertidumbre y el miedo por el mañana, ese que se desfigura ante nuestras dudas y nuestra falta de fe en nosotros mismos.
La vida es el desprecio de unos, que pone peso sobre los hombros y el valor que nos dan otros, que nos aligera el respirar.

La vida es la música que no podemos dejar de bailar y el suspiro que no podemos contener.

La vida es esa pequeña pepita de oro que sacamos de entre toda la inmundicia. La vida son los momentos gratos que conseguimos en medio de tanto pesar. La vida no es lo que hacemos de ella, la vida es lo que aprendimos a ver en ella y en ese detalle y en esas pequeñas victorias, radica nuestra grandeza.”

Carol se subió al estrado, se acercó al micrófono y dijo: “Viví bien.” y bajó.

Los periodistas del Pasaje Aycinena

Siempre he tenido por buen recuerdo las vivencias con el abuelo. Un hombre recto, fiel a sus principios a la honestidad a todo aquello que merezca respeto. Con su seriedad perfeccionada por los años y su humor peculiar y relajado me hizo sentir y reír. Con su sabiduría y rectitud me enseñó que lo bueno es primero, que la ética es la clave de una vida satisfactoria y que la moral se cultiva día a día, para que al final de la vida uno no se atiborre de culpas y remordimientos. 

Todo lo que fue como persona lo fue como periodista. Lamentablemente aquello le hizo víctima de un asesino que acabó con la vida de doce que compartían profesión. Una historia popular en la ciudad por la forma en que se dio, por lo que representó y por la publicación de un libro en donde el criminal confesó lo que hizo y todo lo que lo motivó a hacerlo.

Hace dos semanas vino a visitarme a mi oficina un señor, ya mayor, de apellido Carranza, quien se identificó como el hijo de aquel asesino. Supuse que querría expresar una disculpa por lo hecho por su padre, a lo que no encontré sentido, pero insistió en que era importante y lo atendí. 

Me entregó una carta. Dijo que ya suficiente tenía con ser un Carranza, el hijo de aquel asesino, y que ese documento le atormentaba, que se lo habían hecho llegar y tras investigar cuanto pudo entre lo publicado por mi abuelo, no tenía duda de su veracidad. La depositaba en mis manos para que yo hiciera lo que quisiera con ella, porque era lo justo, pues los Carranza ya habían hecho demasiado daño a mi familia. Puso un sobre sobre mi escritorio y se marchó sin que yo pudiera argumentar nada. 

Sin perder tiempo, leí la carta. 
 
A QUIEN INTERESE
 
Un escrito puede ser, como lo es para tantos, una salida, un escape o una disculpa. Yo pretendo que este texto me libre de la culpa, al menos la que cargaré en mis últimas horas. 
Como todos saben, el caso de los asesinatos del Pasaje Aycinena gozó de gran popularidad y prensa, sobre todo al principio, cuando no nos habíamos percatado de que los ataques se dirigían de forma exclusiva contra periodistas. Recordarán que, sin falta, un cuerpo hecho añicos aparecía los primeros días de cada mes del año, tirado en aquel callejón. Para ahora, a finales de junio, van seis. 
Hace unas semanas un tal señor Carranza se presentó a mi cubículo de trabajo y dijo tener información importante sobre el caso. Yo a todo el asunto aquel lo había visto de reojo, pues, con tanta popularidad, estaba seguro, habrían periodistas de renombre tras las pistas de aquel despiadado falto de alma. 
Lo cierto es que, muy a mi pesar, me intrigó lo suficiente como para acompañarle a una cafetería a un par de cuadras del periódico para el que he trabajado por más de treinta años. 
Inició su discurso con las siguientes palabras: “No salgás corriendo, soy el asesino del Pasaje Aycinena y quiero que seás mi siguiente víctima”.
No se si fue su tono calmo o lo directo de su mensaje, pero no salí corriendo, aunque confieso que asustado sí estaba. 
De su maleta sacó un libro al que titulaba “El caso Carranza”. Me contó que aquella era una obra en la que había trabajado casi por seis años. Era el testimonio de un asesino que había decidido acabar con la vida de doce periodistas. Estás en el libro, sos la víctima número siete, fueron sus palabras. 
Verás — me dijo — , sé de tu vida, lo que has querido y lo que has luchado, lo que has trabajado y de lo poco que has logrado. Sé, tan bien como lo sabés vos, que el mundo te olvidará, más bien que ya te ha olvidado. No hay un solo trabajo tuyo que vaya a ser recordado. No recibirás un reconocimiento póstumo. Pasarás por la vida como uno más, como un número, solo eso. 
Hace ya un tiempo que te rendiste —continuó—. Decidiste que ser una buena persona estaba bien y que con eso alcanzaba. Aceptaste que, como para tantos, no ser un fracaso ya es un éxito y te refugiaste en ese pequeño cubículo tuyo, atiborrado de papeles y sin calor humano, esperando el día en que finalmente te desechen, aguardando el olvido de todos, hasta alcanzar el tuyo propio.
Sus palabras penetraban en lo más profundo de mi dolor. Yo lo pensaba igual, solo que con otras palabras. 
El libro trata de mi, un asesino que decide tomar venganza de los periodistas porque uno me descubrió un secreto importante que arruinó mi familia, mi reputación y mi vida. En él, vos y otros son descritos como periodistas incorruptibles, que van hasta el fondo de los asuntos sin importar las consecuencias. Cada uno de ustedes, gracias a su talento y lo obstinados que son, se van acercando más y más a descubrirme, hasta que están tan cerca que decido entregarme a la justicia con tal de no darle una victoria al último periodista de la lista. 
Cuando le cuestioné por su verdadero motivo para hacer todo aquello me contó que toda la vida había sido un escritor frustrado, que las editoriales habían decidido condenarle al fracaso y que con todo aquello se jugaba su última carta, su última oportunidad de hacer un libro que se popularizara. Siempre soñó con un Best Seller y estaba convencido de que aquel lo sería. Entiendo —insistió — que no acepten mi ficción, pero tendrán que publicar un testimonial tan cruento y macabro como este. 
El trato fue que yo tenía dos días para leer el libro — lo leí aquella misma noche, incapaz de cerrar los ojos para dormir — . Luego nos juntaríamos en ese mismo lugar a terminar la charla. No me amenazó, pero estaba claro que me vigilaría y que tenía los medios para reaccionar si yo corría a la policía. Además, se había esmerado en conocerme. De lo que dijo nada era mentira y mi curiosidad e intriga, me harían regresar, ambos lo sabíamos. 
El libro me describía como todo aquello que siempre quise ser y no logré. Acaso como todo aquello que creí merecer y no obtuve. Era una delicia saber que tanta gente podría enterarse de quién era yo, de cómo era y de lo mucho que contribuí a atrapar a aquel maldito que había decidido tomar la vida de otros. 
Me presenté en la cafetería unos minutos tarde, como para que pensara que dudaba. Pidió mi opinión y le dije que el libro me parecía bien escrito y que era una historia bien contada y bien justificada. 
Sonrió.
Todos los periodistas que he escogido, me dijo, son como vos, pero todos por distintas razones. Unos por una imagen social que no tomó vuelo nunca, otros por secretos morales con los que no pueden lidiar, algún otro porque el miedo le paraliza cuando ha de hacer cosas importantes. En tu caso es porque el tiempo se te venció, te sentís viejo y la edad es una carga muy fuerte cuando no existe una buena justificación para los años que pasaron. Todos a quienes he escogido trascenderán y terminarán recibiendo un reconocimiento que estoy seguro, merecen. Aparte serán mártires por lo cruel de la muerte que describo de ustedes. Sus nombres no serán olvidados.
Le pregunté sobre el proceso e insistió en que era de lo más sencillo. Tenía el método para que aquello fuera indoloro, fácil y sin ninguna clase de sufrimiento. Yo tomaría una droga que me haría dormir y en efecto, dormiría para siempre. Él se encargaría del espectáculo, de despedazar mi cuerpo, de hacer aparecer todos los rasgos de sadismo y tortura que habíamos visto en los otros cuerpos. Me iría a tirar al Pasaje Aycinena y lo demás sería quedar inmortalizado en las páginas de un gran libro. 
Desconozco los motivos de los otros seis y no se si el resto terminará por aceptar, pero a mí me quedó claro que entre eso y aguantar unos años más en los que no alcanzaría nada, tenía más por ganar siendo alguien dentro de aquellas hojas. 
Le di mi palabra de que mañana, a las seis de la tarde, me presentaría en la dirección que me dejó y nunca he faltado a mi palabra. 
Dejo esta carta en medio de un libro viejo, uno de mis favoritos, a ver si alguien la encuentra algún día y deciden hacer uso de ella. La culpa no se ha ido ahora que termino de escribirla, pero un poco de honestidad en medio de la trampa y la suciedad, siempre estará bien.

El abuelo termina de despedirse con su firma y un adiós. 

¡Cómo lloramos al abuelo cuando supimos de su muerte trágica!

Carranza fue condenado a muerte y ejecutado un año después de entregarse. El libro, como lo anticipó, fue un éxito de ventas.

Pensé en mandar la carta a la policía, pero seguro no pasaría nada. Nadie estaría dispuesto a confesar que fue presa de un engaño ejecutado sin fallas, y que se convirtieron en víctimas de la burla de una mente enferma que se salió con la suya. 

Hoy por la mañana envié la carta al periódico donde trabajó el abuelo, será una gran nota. La envié convencido de que era lo que el abuelo quería, después de todo por algo la escribió y por algo me enseñó a hacer siempre lo correcto. 

Recién regresé a casa y al entrar encontré una nota en el suelo que dice: “¿Cómo obtuvo la carta el hijo de Carranza?”.

Juguetes de madera

De lo que fuera su casa, un lugar no muy grande, pero bastante acogedor, que había conseguido a fuerza de trabajo y dedicación, quedaba una imagen de colores opacos, en donde el abandono era su principal protagonista. Hace ya muchos años se refugió en el sótano, lugar del que sale lo menos posible. Si uno tiene el valor y, por sobre todo, la agallas de un corazón duro, se le puede observar desde una pequeña ventana a nivel de suelo que, se dice, nunca voltea a ver.

Se casó como todos, con la ilusión de la felicidad eterna y de la dicha que agrega color a los caminos obscuros de la incertidumbre. Venía de luchar por hacer crecer un negocio que tenía en el centro de la ciudad, en donde su producto contrastaba con la modernidad que los tiempos ofrecían. Heredado el don de su papá, se dedicaba a trabajar la madera, específicamente juguetes que hacía a mano, con la paciencia del artista.

Nunca quiso invertir en maquinaria, su excusa era que en lo que recuperaba la inversión los juguetes de madera dejarían de tener mercado y terminaría con menos de lo que actualmente tenía y con máquinas viejas arrinconadas en casa.

Los juguetes ya no se vendían para niños, porque ahora los padres creen que un trozo de madera tallado ya no da la felicidad que antaño disfrutaban los pequeños. Se vendían sobre todo como curiosidades y adornos para aquellos nostálgicos que tuvieron padres con mejores creencias que los actuales.

Acordaron que pasarían los primeros cinco años de matrimonio dedicados al trabajo y al ahorro, para poder dar los primeros pagos de lo que convertirían en su hogar permanente. Lo que no acordaron fue que Regina, su esposa, muriera nueve meses después, en una sala de hospital, al momento de dar a luz.

La vida que se le fue en aquel instante, le volvió cuando tuvo en sus manos a la pequeña Regina, su hija, a quien no pudo nombrar de otra forma. Se aferró a ella con todas las fuerzas que le quedaron, convirtiéndola en el centro de su universo.

Se empeñó, como tantos, en hacer de aquel hogar de dos integrantes, un sitio acogedor e impecable, en el que reinara la alegría. Regina, como tantos, estaba convencida, a sus pocos años, que tenía el mejor papá del mundo.

Días después de celebrar su cumpleaños número diez, Regina enfermó.

La enfermedad fue fulminante, tanto que a él no le dio tiempo de quedar en bancarrota. Los doctores no supieron qué tenía. A las fiebres y dolores de cabeza, le sucedieron períodos de falta de lucidez. Regina balbuceaba sobre sus altas notas en el colegio, sobre su madre, sobre la casa de la pradera y sobre su mascota. Nunca tuvo ninguna de esas cosas.

Él solo se retiraba de su lado para buscar algo de ropa en casa, darse un baño apurado y bajaba aprisa al taller en su sótano, donde tomaba algún juguete y lo llevaba consigo, para regalarlo a su hija.

Al sexto día, recostado en la cama del hospital junto a Regina, sintió cómo esta le apretó la mano y sin abrir los ojos le dijo: “Papá, nunca dejes de hacer juguetes”.

Una lágrima recorrió su mejía mientras era testigo de cómo su hija exhalaba por última vez.

El juguetero del sótano, a quien ya solo se le conoce de esa forma, no tuvo a quién aferrarse en esta ocasión, así que se aferró a una promesa que nunca realizó.

Se encerró en el sótano de la casa, que ahora es del banco, porque dejó de pagarla, pero que por alguna razón no ha sido reclamada. Dedica casi todas sus horas a hacer juguetes de madera de buena calidad.

Él mismo sale en largas caminatas, hacha en mano, y regresa con madera, para encerrarse y trabajar. Cuando ha hecho una cantidad importante pone los juguetes en una caja y la deja enfrente de la casa, con un rótulo escrito en letra pequeña: “Son tuyos a cambio del dinero que quieras dejarme”.

Mi historia no es interesante como para que la relate, basta decir que terminé viviendo en la calle por malas decisiones y mi mal carácter. El hambre me enseñó a pedir dinero sin reparar en la vergüenza y el frío a preocuparme poco por el atuendo, despreocupándome por mi higiene.

Cuando junto unos pocos billetes y monedas llego a su casa a buscar alguna caja. Si la encuentro le dejo lo que tenga, que nunca es mucho. Luego vendo los juguetes en almacenes, tiendas de coleccionistas o jugueterías que insisten en abrir al público. Soy consciente de que saco bastante más de lo que pago por cada pieza.

Somos pocos quienes conocemos del juguetero del sótano, quien no tiene idea de lo mucho que dependemos de él.

En ocasiones, cuando no tengo dinero, vengo de noche y me quedo observando la tenue luz que sale del sótano de su vivienda, aterrado por pensar lo que pasaría conmigo si un día se va, si el banco le reclama la casa, si deja de dar casi regaladas sus creaciones o si de la nada olvidara la promesa que no hizo.

Debo decir que, con todo y lo fuerte que lo ha golpeado la vida, es un artista. Sus creaciones han mejorado de forma sustancial y no sé si esté planeando algo.

Todo lo que tengo son sus juguetes de madera y si el juguetero del sótano se va, no sabré a qué aferrarme para sobrevivir.

La casa del abuelo

No tengo muchos recuerdos de él porque le gustaba vivir aislado. Según la abuela no siempre fue así, pero el abuelo, decía ella, se metió en unas cosas raras, convencido por sus lecturas, y se fue apartando de todos o más bien logró hacer que todos se fueran apartando de él.

Falleció la abuela, papá nunca quiso saber más de él y lo mismo con mis tíos y primos. Al abuelo le quedé yo porque soy curioso y siempre quise saber en qué andaba y entender su comportamiento.

La vida y las obligaciones que esta impone me alejaron bastante de él, pero me mantuve a cierta distancia. En los últimos años le he visto cada uno o dos meses, por un par de horas, que es lo que considero que un solitario entiende como su espacio. Además, digo ver porque hablar, hablábamos poco, casi solo de la noticia del día.

Su paso aún era firme, pero su mirada era una mezcla entre cansancio y ausencia. Mantenía el porte altivo, pienso que porque se obligaba a ver hacia arriba como si estuviese en la búsqueda de algo, a lo mejor de una salida.

Quiero creer que no le molestaba mi presencia, pero sospecho que me dio copia de las llaves de su casa y me dejaba entrar sin llamar a la puerta para que lo encontrase en caso de que muriera ahí, amarrado a su soledad.

Hace dos años el abuelo desapareció. Lo reporté a las autoridades y se lo mencioné a algunos familiares, pero nadie hizo mucho por encontrarle. Para el mundo era como si el abuelo hubiese dejado de existir hacía mucho.

En su casa no había indicios de que se hubiese marchado a voluntad, más allá de que todo estaba bien ordenado. En esa casa no había un objeto fuera de lugar, una prenda de ropa por lavar o algo que diese la sensación de abandono.

Yo seguí yendo a hacer las visitas de siempre, quizá movido por la costumbre, hasta que me llegó a agradar la sensación de soledad. Me gustaba ese momento para mí, rodeado de todo aquello tan ordenado, tan quedo, tan ajeno. Limpiaba un poco y hurgaba entre sus posesiones. Casi siempre tomaba libros que no leía, fotografías que poco me revelaban y cuadernos de notas de los que entendía poco más allá de frases cargadas de angustia y su deseo de escapar de esta vida, acaso por lo que él entendería como un camino espiritual.

No encontré un solo indicio de que el suicidio le pasase por la cabeza.

Hace unos meses encontré una extraña foto cuya imagen me pareció conocida. Era un pedazo de pared que se me hacía muy familiar. No tardé mucho tiempo en dar con el porqué de la familiaridad. Era de la misma casa del abuelo. La foto era como si estuviera tomada desde el ángulo de una cámara de vigilancia, en tono sepia.

Llamó mi atención por ser una foto que aportaba tan poco. La dejé sobre la mesa de centro de la sala de estar antes de marcharme.

Para la siguiente visita tomé de nuevo la foto en mis manos, pero la imagen había cambiado, ahora tomaba la imagen de uno de los pasillos. Era la misma foto, o al menos eso parecía. Fue hasta entonces que me percaté de que tenía una fecha posterior a la desaparición del abuelo.

Un error al fecharla y una mala jugada de mi mente fue la única conclusión a la que pude llegar, o la que quise creer, pues nadie más, según yo, tenía llave de aquel lugar. Creo que incluso nadie más lo conocía.

Anoté mi nombre en la parte posterior de la fotografía y la volví a dejar sobre la misma mesa, “por si acaso”.

Sé que no les será difícil deducir lo que pasó al día siguiente, porque mi intriga me obligó a llegar tan pronto como pude.

La fotografía en sepia estaba distinta y mi nombre seguía en ella.

Esa noche, aprovechando que era viernes, decidí quedarme en la casa del abuelo a dormir, con la foto a mi lado. Al amanecer había cambiado.

Días después me di cuenta de que la fotografía solo cambiaba si estaba en esa casa, luego de que la llevara conmigo para no tener que estar yendo cada poco a aquel inmueble.

Sé que pueden deducir cómo aquel objeto extraño se apoderó de mis pensamientos y de mis horas. Y sé que sabrán comprender que a las intrigas se las guarda por un tiempo, no se habla de ellas al instante ni con cualquiera, así que guardé todo aquello para mí.

Dediqué los días a buscar entre sus libros y sus notas tratando de encontrar entre todas sus rarezas alguna explicación. Aprovechaba cada oportunidad que tenía para ir ahí.

Todo aquello me abrumó hasta la semana pasada.

El martes pasado alcancé a ver una parte del abuelo en la fotografía, estaba de espaldas.

El miércoles pude completar su rostro por completo. Era una imagen del comedor. Él iba caminando, erguido como siempre, pero con el rostro taciturno.

Al día siguiente no estuvo, sin embargo el viernes estaba sentado en el sofá de la mesa de estar, viendo una fotografía. No estoy seguro, pero creo que alcancé a ver mi nombre escrito en ella.

Apareció después en otra habitación. Su rostro no es el de siempre. Yo le veo cansado, cargado, quizá harto. No logro estar seguro.

Unos días aparece, otros no. No siempre veo su rostro. Cuando lo logro me genera angustia. Un deseo desesperante por ayudarle.

La fotografía que hoy tengo en mis manos tiene el rostro de mi abuelo viendo directo a la cámara — o lo que sea que toma la imagen — . Yo lo veo mal. Quisiera poder hacer algo por él.

No obstante, sé que la soledad era lo que pregonaba, que estar aislado de todo era su más grande anhelo y que por todo esto fue por lo que tanto trabajó. No sé si necesita ayuda o alcanzó lo que tanto quería.

Llevo horas sin soltar la fotografía, no quiero que cambie.

No sé si debo romperla y quizá acabar con su sufrimiento o si debo olvidarme de todo esto y dejarle disfrutar su éxito.

Luisiano

Desde que conocí a Luisiano supe, por sus gestos y ademanes, que era de estas personas sin ínfulas de grandeza, que en la cara se les ve como a alguien incapaz de ser interesante, pero que si se la llegaba a conocer igual podría dar preciadas lecciones. 

Luisiano, era el conserje del edificio donde hace años instalé mi oficina. Fue fumando en las gradas que daba a la salida trasera del inmueble, que intercambiamos las primeras palabras. Hice un pequeño chiste de lo mal que se veía que un par de hombres de nuestra edad estuvieran ahí, frente a un estacionamiento solitario, un viernes por la noche. En seguida me dijo que le diera un minuto, sacó de su overol una libreta roja, un lapicero y se puso a escribir. Luego continuamos la pequeña charla que dio inicio una peculiar amistad. 

Nuestras charlas se hicieron frecuentes y verle escribir se convirtió en una rutina que me parecía fascinante. 

Cuando ya le tuve confianza le pregunté qué era lo que escribía y me contó que de todo, desde chistes hasta proyectos, desde anécdotas hasta los secretos que iba juntando en su día a día. 

Apuntaba en ella sus sueños, sus metas y hasta sus miedos. 

Apuntaba sus ideas y todo lo nuevo que iba aprendiendo. 

Lo apuntaba todo, porque uno no sabe lo importante de una nota, hasta que llega a necesitarla, decía. 

Luisiano fue el amigo apreciado del que no me acordaba que existía, hasta que lo tenía enfrente. Algo como la sombra, que solo hasta que se la contempla uno piensa en ella. 

No obstante lo consideré siempre un amigo de verdad. 

Fueron muchos los años que compartimos. Yo nunca me moví de aquella oficina y Luisiano, pese a tanto proyecto e idea, nunca dejó de ser el conserje del edificio. 

Cuando me enteré de que había enfermado de gravedad, estuve mucho tiempo haciéndole compañía. No le iba a visitar todos los días, pero casi. 

No duró mucho. Fueron tres semanas y unos días los que lucharon por arrancarle la vida a Luisiano, quien creo que no puso mucha resistencia. 

En nuestra última charla, porque después quedó inconsciente, me dijo que tenía algo para mí. Sacó de entre sus sábanas su libreta roja y la puso en mis manos. 

Yo quedé conmovido. Me estaba entregando su vida completa, pensé. 

Cuando la hojeé me di cuenta que estaba vacía. Todas las hojas estaban en blanco excepto la primera, que decía: “No vivas la vida de Luisiano”. 

Le pedí que me explicara la frase y por qué me daba una libreta en blanco. También le pregunté que qué había sido de sus libretas. Me salieron todas las preguntas en un exabrupto.

— En realidad no es una libreta en blanco, es mi libreta, me dijo, porque siempre fueron así. Por las noches, cuando llegaba a casa, revisaba lo que había anotado. Claro que me reía con algún chiste o me agradaba alguna anécdota anotada, pero cuando me tocaba evaluar mis ideas, mis proyectos, mis metas y mis sueños, siempre encontré todo como insípido. Todo era tan falto de valor o tan soñador o tan inalcanzable o tan tonto, así que todas las noches me convencía de que aquello no valía la pena y la tiraba. 

»A la mañana siguiente, con la esperanza de que fuera un mejor día, tomaba una nueva libreta en blanco para llevarla conmigo y anotar todo.«

Nunca llegué a guardar una. Las tiré todas y le confieso que también iba a tirar esta, pero pensé que usted seguro podría darle un mejor uso, ahora que estoy por irme.

En su entierro estuve a punto de tirar su libreta dentro de su ataúd, pero pensé que al menos un apunte y una libreta de Luisiano tendría que trascenderle. 

Han pasado poco más de tres años desde que falleció y no he podido encontrar algo de mí mismo que me parezca que valga la pena anotar en su libreta.

Esa libreta que permanece en mi escritorio, cada vez pesa más.

Charla de madrugada

Papá se acercó sin hacer ruido, se sentó en el sillón que tenía al frente y ambos nos dispusimos a charlar. El amanecer no tardaría en aparecer.

La última vez que conversamos fue hace tres años, aunque en realidad en esa ocasión él no dijo nada. Recién había fallecido y se dedicó solo a escuchar. Me despedí de él dándole las gracias por haber sido el padre que fue, por sus enseñanzas y por su esfuerzo. Aquella fue una buena conversación colmada de recuerdos, nostalgia y minutos estancados en el tiempo.

Por el contrario, en esta ocasión se le veía fuerte. Su piel parecía haber rejuvenecido aunque no tenía brillo, estaba más bien opaca. Su mirar no era aquel ver cálido de antaño, que invitaba a bajar la guardia. Era una mirada como extraviada.

Inició la plática sin formalismos, como hicimos siempre:

— Vine porque estoy seguro de que hallarás interesante lo que pasa después de la muerte.

— ¿Para quién podría no ser interesante? — le cuestioné.

— A la mayoría de las personas no les interesa más que sus propias versiones de lo que pasa — respondió, y comenzó a hablar mientras yo me ponía en posición de atento — Lo peor que le puede pasar a un individuo es afanarse por su legado. La post vida, a la que no sé de qué otra forma llamar, se cobra caro la altanería de querer trascender la muerte.

Por supuesto no entendí nada, pero no quise interrumpir. Él continuó:

— Estoy en un lugar acompañado de muchísimos otros que no pueden irse de ese sitio o que son incapaces, como yo, de terminar de morir. No lo tengo del todo claro, pero resulta ser que se sigue ahí mientras se es recordado de este lado.

— ¿De qué lado?

— Este. Del tuyo. El de la humanidad. El de la vida.

— Como en la película animada.

— Igual, pero a diferencia de aquella, uno no quiere estar.

— ¿Por qué?

— Porque no se siente bien, no hay placer, no hay nada que haga sentir bien. Es como si al llegar a uno le apagaran los sentires y las ilusiones. Solo hay pesadez, aburrimiento, desdén por todo, así que en general uno lo que quisiera es no estar. Se equivocaron los estoicos. Uno lo que quiere es dejar de ser. Acaso humanidad es ese chispazo de deseo e ilusión que hace a los seres humanos perseverar para alcanzar algo que ninguno tiene realmente claro. La gente vive como para lograr algo, aunque no tenga nada por lograr. Sí, apuesto que a uno lo que se le muere es la humanidad.

— Lo del castigo eterno, entonces, no era mentira.

— No es eterno, constantemente desaparecen muchos. Como te digo, pasa cuando ya nadie les recuerda.

— Eso tomará una o dos generaciones ¿no?

— No si sos Hitler, Stalin o Churchill. No si sos Borges, a quien dicho sea de paso, es curioso verlo callado. La imagen que tuve siempre de él es que siempre tenía algo que decir sobre todo.

— ¿Has conversado con Borges? ¿Con todos ellos? ¿Con famosos?

— A nadie le gusta hablar, la interacción es muy poca, pero sí, en ocasiones se habla de uno o de otro o alguien alza la voz porque sí.

— Hitler la ha de tener difícil — comenté.

— En efecto. Se cree que Stalin se irá primero. Irónico ¿no?

— Curioso al menos.

Guardamos silencio. Yo intentaba hacerme una idea realista de aquello que papá contaba. Al final él rompió la pausa:

— ¿Qué estás pensando?

— En quién será aquel que está peor en su condena.

— ¿Quién creés que sea?

— Jesús. Eso, si acaso existió.

— Existió, pero puesto que está ahí con el resto de nosotros, resultó ser solo un mortal más.

— Solo un mortal ¡Lo sabía! — dije, sin tener claro qué quise expresar.

— Un mortal al que hicieron dios. Cuentan que alguna vez confesó que se creyó todo eso de ser dios mismo, por eso aceptó de buena gana el castigo y las humillaciones, para luego dejarse matar. Sin duda lo tiene complicado. Mientras exista cristianismo no podrá salir de todo esto.

— Ha de ser el más desdichado de todos.

— No, hay alguien que está peor.

— ¿Cómo? ¿Alguien trascendió más que aquel sobre el que se fundaron religiones, mitos, leyendas y por quien se han aniquilado vidas?

— Varios, de hecho.

Era mucho para procesar. Yo quería sacarle toda la información que pudiera, pero solo dejé que me contara:

— ¿Y de quién hablás? — le cuestioné.

— De uno al que llaman Adán.

— ¿Qué Adán? ¿¡El de la Biblia!? — pregunté sorprendido e intrigado.

— No sé si es el de la Biblia, pero dicen que fue el primer hombre y que nunca ha contado cómo apareció en la tierra.

— ¿Lo has visto?

— Lo vi una vez. Si el cansancio tiene ojos, son aquellos. La desdicha está dibujada en su rostro. Pareciera que sobre sus hombros carga el peso de la rabia. No sé bien si se puede estar enojado, pero esa impresión da.

— Como famoso es famoso — comenté.

— Claro, todos en algún momento de la existencia pensaremos en aquel que fue el primero. El desdichado carga con la tortura del recuerdo eterno, o más bien del recuerdo innato. De la pesadez de la inquietud y la curiosidad. Ningún ser humano escapa a la duda sobre el origen de todo cuanto ve.

— Pero… la evolución… el creacionismo. Ahí está la respuesta a todo. ¿Fuimos creados entonces?

— ¡Qué va! Seguiremos con la duda. Pensá que en todo caso tendríamos solo la versión de Adán, a la cual tendríamos que creer sin miramiento, y que él hablaría solo de aquello que haya podido ver o creer que vio. Que yo sepa no mencionó nunca a un dios o a una creación, solo ha dicho que fue el primero. Después de todo alguien tuvo que serlo ¿no?

— Cierto.

— En fin. Creí que te gustaría saber de todo esto.

— Por supuesto, y tengo más preguntas.

— Y yo no muchas ganas de contestar.

— Vamos, solo decíme…

— Te diré esto: la esperanza de aquel lugar es que la humanidad se extinga. Si no están ustedes no estamos nosotros y la nada reinaría.

— Y en cambio acá nos aferramos tanto a existir para siempre.

— Ya no recuerdo cómo era esa sensación, la de sentirnos protagonistas tan importantes en la historia de la humanidad. Creímos en trascender, en hacer algo para los tiempos de los tiempos. En cambiar el rumbo de todo aquello con lo que no estábamos de acuerdo.

Papá quedo como con la vista hacia arriba, totalmente perdida. Yo esperé.

— En fin, debo irme — dijo, volviendo a la conversación.

— ¿Te volveré a ver?

— Lo dudo. Creo que cada vez encontraré menos sentido a las cosas. No querré nada y me esconderé en el sinsabor de una existencia sin un porqué y sin un hasta cuándo.

Me dolieron sus palabras, no por la idea de no volver a verle, sino por lo trágico de su desdicha.

— Sabés que si yo pudiera te olvidaría ¿cierto? Pero me es imposible. Tantos recuerdos, tantos momentos, tant…

— Lo sé — me interrumpió — lo sé.

Se puso de pie y caminó con paso firme hacia la salida de la sala de estar. Se perdió en la obscuridad, creo que ahora sí para siempre.

Veinticinco

A Ernesto se le podía encontrar en dos lugares. En una mesa de madera rústica sobre la cual descansaba una vieja máquina de escribir, en la que se pasaba las horas creando historias, o parado junto a la ventana, desde donde veía el mundo de fuera, ese al que quería conquistar con sus letras, pero del que huía y renegaba.

La casa era una pequeña, abandonada y pobre construcción de dos ambientes, que apenas daba para su cama, la mesa donde escribía y comía y algunas cosas que hacían las veces de cocina. Según Ernesto, que ya ronda los 59 años, no necesita más.

Fue a los veinte años, la edad de la ilusión, en la que decidió que se dedicaría a las letras. Luego de muchos intentos terminó un manuscrito y lo envió a varias editoriales. Ninguna decidió publicarle y solo una tuvo la gentileza de escribir y enviarle su rechazo.

La carta corta, amable y de buen gusto, le invitaba a seguir trabajando y mejorando, tras notificarle que no le consideraban listo para convertirse en autor.

El rechazo le destrozó, sobre todo porque a esa edad las cosas siempre duelen más.

Su hermana, siete años mayor, era quien se hacía cargo de él, luego de que el padre de familia les abandonara y desapareciera y la madre muriera sobre la cama de un quirófano.

Fue como a las dos semanas, cansada de verle sufrir, que le sentó y hablaron con seriedad de la escritura y de lo que implicaba dedicarse a ella.

Aquello se convirtió en un toma y daca interesante, en donde ambas partes estaban convencidas de tener la razón, pero a la vez querían condescender con el otro. Marián entendía la ilusión y el deseo de su hermano, pero le preocupaba su futuro, en especial el financiero. Ernesto, por su lado, quería dedicarse a aquello que tanto amaba, pero no quería ser una carga para su hermana.

— Tengo una idea — dijo finalmente Ernesto— Que sean los rechazos editoriales los que determinen mi futuro.

— ¿A qué te refieres?

— Has visto la carta que he recibido de la editorial.

— La del rechazo, sí.

— Pues que sean veinticinco.

— ¿Veinticinco qué?

— Veinticinco rechazos. Si no me han publicado, en el momento en que reciba mi carta de rechazo número veinticinco, abandono la escritura y me dedico a trabajar en lo que sea, para ayudarte al menos con mis gastos, hasta que pueda vivir por mi cuenta.

Marián sonrió.

— Lo digo en serio. Creo que es justo — insistió Ernesto.

— De acuerdo, pero… ¿veinticinco? Es mucho.

— Es lo justo. Por cada intento que realice puedo recibir entre una y cinco cartas. Podría terminar mi carrera casi al comenzarla.

— Está bien, pero… tienes que prometer que no lo dejarás de intentar.

— ¡Lo prometo! Y tú promete que serás leal a tu palabra.

— Veinticinco ¡Lo prometo!

Así quedó sellado su futuro.

Los años pasaron y la producción de Ernesto era inmensa, pero las cartas de rechazo aparecían muy poco. Atrás habían quedado los tiempos en que, con alarde de buenos modales, las editoriales se daban a la tarea de opinar y comentar sobre los trabajos que no estaban dispuestos a publicar.

Marián, que había seguido un camino más tradicional en su vida, ya contaba con esposo e hijos y se vio obligada a buscar un lugar para Ernesto, luego de que su esposo le diera un ultimátum, cuando el escritor cumplió los treinta.

Tras unas semanas de búsqueda, consiguió en alquiler la vivienda sencilla de dos ambientes, que fue lo que le alcanzó a pagar.

Desde entonces ella llega todos los viernes a visitar a Ernesto, a quien suele encontrar en la mesa, escribiendo, sin importar la hora a la que llegue. Le lleva víveres, productos de higiene, hojas en blanco y suministros para su máquina de escribir. Ordena un poco la cocina, que nunca está tan mal y le prepara una buena comida a su hermano. La única buena comida que tiene a la semana. Ernesto es muy práctico y solo piensa en escribir, para él lo de comer y dormir es más bien una pérdida de tiempo.

En cada visita conversan, sobre todo, de lo que Ernesto ha escrito, del papel de las editoriales y de la esperanza que tiene en el nuevo trabajo que está desarrollando. Cuando éste trata de tocar el tema de lo injusto que ha sido todo para Marián, ella la interrumpe y le dice que un trato es un trato y cambia la conversación.

De tanto en tanto Ernesto le entrega un sobre con un manuscrito dentro y con la dirección de su casa muy clara, por si la editorial decide escribirle un rechazo. Marián se lo lleva y se encarga de enviarla a las editoriales.

Hace siete años Ernesto, con lágrimas en los ojos, le mostró una carta de rechazo que llegó de una pequeña editorial que apenas tiene publicaciones. Con decoro le decían que no tenía el talento necesario para ser tomado en cuenta. Al escritor no le dolieron las palabras, sino el hecho de que aquella fuera la carta número veinticuatro que recibía. Esa misma tarde, sin poder evitar que le temblaran las manos, ni borrar la cara de miedo, entregó otro manuscrito a su hermana. Quizá es el rechazo veinticinco, le dijo, intentando una broma que a ninguno hizo reír.

Marián, como siempre, lavó los platos y cuando terminaron de compartir un café, se puso de pie y se despidió de su hermano, por quien sentía tanto amor como pena.

Contrario a lo que hacía siempre, quizá movido por la tristeza o el miedo, se dirigió a la ventana y vio a su hermana alejarse. Sobre la banqueta de la calle contraria vio cómo su hermana, pensando que no era observada, arrojaba el sobre con el manuscrito a la basura.

A Ernesto se le derrumbó el mundo pequeño que tenía para sí, al ver cómo su hermana se rendía con él. Tras la tristeza vino el desconsuelo y luego la ira. Fueron días duros, pero para la siguiente visita había comprendido que lo que Marián procuraba era mantener viva la ilusión de su hermano para siempre.

Desde entonces ambos mantienen la misma rutina y conversan sobre la falta de ética de las editoriales, de no poder mandar una carta de rechazo, que mucho trabajo no ha de dar.

Ernesto no ha dejado de escribir. Sigue creando historias, cuentos y novelas que ahora guarda para sí. En el sobre que entrega mete cualquier escrito viejo, hojas con palabras escritas porque sí y sin sentido o incluso hojas en blanco.

El escritor, a pesar de entender la buena intención de su hermana, sigue muriendo un poco más, cada que se asoma a la ventana y ve a Marián arrojar el nuevo sobre, siempre en el mismo bote de basura.

Una hora al día

Sostenía mi padre que uno va muriendo una hora cada día. No lo decía como ocurrencia sino más bien con cierta insistencia. Siendo que era un hombre dado a la formalidad y a lo tradicional, a todos parecía bien dejarle pasar una excentricidad como esa, sin indagar mucho en sus motivos.

Cada que mencionaba la frase yo, por compasión o por curiosidad, le preguntaba a qué se refería. El rostro se le descomponía, hablaba lento y no decía casi nada. Era como si en el momento que quisiera explicar, se le perdieran las palabras. Entendiendo que sufría dejé de preguntarle y fui testigo de cómo a papá lo iba envolviendo la soledad… o la ausencia, no lo tuve claro.

Cuando su estado físico empeoró le llevamos con médicos. El único que se atrevió a decir algo fue un doctor entrado en edad, que se ufanaba de saber más por la experiencia que por los libros. “Diría que su papá está muriendo de miedo”, fue su diagnóstico.

Terminó por encerrarse en su habitación. Tenía la fuerza necesaria para moverse, pero fue como si renunciara a ello. No se movía más de lo necesario y pasaba sus horas sentado en una silla o acostado en cama, siempre con la vista perdida.

Le visitaba unas dos o tres veces por semana. Entraba a su habitación, me sentaba y le veía. Algunas veces le contaba algo, pero él no escuchaba o no quería escuchar. Otras pocas veces era él quien hablaba, sin decir más de una o dos frases que no hacían sentido: “Será pronto”, “Ya llegó”, “Es detestable y huele mal”, “Es muy, muy lento”, “Es una cosa horrible”, “Son siete días”.

Un día antes de que muriera le visité. “Me dejará sin respirar”, me dijo y agregó: “Tú serás el siguiente. Es un proceso lento y desesperante. Lamento que te tocara, no fue mi culpa. Sé más fuerte que yo. Se muere una hora por día, todos los días”.

Papá murió con pánico en su rostro. Quizá coincidencia con el doctor.

Comenté con la familia lo último que me había dicho y todos acordamos que había perdido la razón.

Más allá de su ausencia, su muerte relajó a la familia. Le sabíamos sufriendo y la idea de su descanso nos hizo bien.

Mis siguientes días pasaron sin más novedad que tener que contar a una que otra persona que papá había muerto y recibir de otros el pésame que nace de la obligación.

Una tarde, siete días después de que murió papá, me encontraba en un restaurante con unos amigos. Celebrábamos un proyecto que habíamos cerrado por la mañana y entre risas y bebidas, se nos pasaron los minutos.

Fue en punto de las cuatro y cincuenta y siete minutos. En un instante me encontraba en un cuarto de paredes blancas, muy iluminado, sentado en un sofá, con los brazos sobre los descansabrazos sin poder mover más que el cuello para ver en distintos ángulos. Tampoco podía hablar. Frente a mí, hacia la derecha, estaba una puerta abierta tras la que solo alcanzaba a ver y a adivinar obscuridad total. Justo frente a mí, colgado de la pared, un reloj que marcaba la hora y que avanzaba a velocidad normal, por eso supe la hora. No había nada más.

Silencio, mucho silencio. Silencio y el andar del reloj.

Cuando el reloj marco las cinco y cincuenta y siete, estuve de vuelta en la mesa, en el restaurante, con mis amigos, en la misma charla. No perdí nada. Era justo la hora en que había desaparecido. Fue como si nunca me hubiera ido.

Por supuesto, mi primera reacción, fue creer que aquello lo había imaginado, que mi mente jugaba conmigo, que acaso el recuerdo de las palabras de mi padre me afectaba de alguna manera. Incluso a la noche, cuando estuve solo, me afligí pensando que quizá terminaría enfermo como él.

Al día siguiente para las cuatro y cincuenta y siente, estaba en la oficina, y de nuevo me fui por una hora. Regresé y todo estaba igual.

Así pasaron semanas. Terminé por aceptar que mis días en realidad eran de veinticinco horas y que una de ellas era de ausencia y silencio.

Claro que me asustaba, me asustaban las tardes, me asustaba la hora, me asustaba no regresar más, pero de a poco fui aprendiendo a vivir con aquello.

Otra tarde, la misma hora y de vuelta al cuarto que no me permite moverme. Hubo silencio, pero fue interrumpido. Escuché algo. Algo que se movía, pero no supe qué era. Fue un ruido largo, muy largo. Terminó la hora y regresé.

Al día siguiente, cuando volví a la habitación iluminada, continuó el ruido y así por varios días… semanas. Mi cerebro estaba que explotaba, necesitaba entender, interpretar. Hasta que como en una revelación repentina lo entendí. Junté los sonidos de todo lo que había escuchado y creí identificar lo que pasaba. El ruido pertenecía a alguien que se estuviera poniendo de pie. Alguien que cargara con muchas cosas encima. Alguien que yaciera en la obscuridad aletargado. Era eso. Tenía que ser eso o un juego muy maldito de mi mente que me hacía entender todo aquello con tanta claridad.

Para entonces la hora diaria que tenía que pasar en aquella habitación me daba miedo. Entendí que no estaba solo.

Tiempo después alcancé a deducir un bostezo. Tardó semanas en terminar, pero estaba claro. Algo dormía y despertó. Algo que se movía lento, muy lento.

Mi día a día se fue alterando. Los nervios los tenía a flor de piel. Me fui alejando de la gente. Procuraba estar siempre solo para las cuatro y cincuenta y siete de la tarde.

Lo siguiente que deduje de los ruidos es que aquello daba pasos. Un solo paso duraba días y días, pero estaba claro para mí, era un paso, un paso de algo que arrastraba cosas. También entendí que respiraba. Su respiración era fuerte, como la respiración de alguien que hace mucho esfuerzo o de alguien que está entusiasmado.

Terminé por perder mi trabajo. Comencé a vivir de lo que tenía ahorrado y eventualmente me mudé a casa de mamá. Ahora duermo y me mantengo en el cuarto que ocupaba mi papá. Paso los días a media luz, sin hacer la cama, esperando la hora deseando que no llegue. No me lo dicen pero todos creen que tengo la misma enfermedad que él. Mamá llora mucho.

Ya han pasado años. Quiero explicarles lo que me pasa, pero no sé cómo.

No sé explicarles que cada tarde, en punto de las cuatro y cincuenta y siete, me transporto a un sofá en una habitación iluminada, en donde no puedo mover más que el cuello. Una habitación en donde todo pasa lento, muy lento y que en la puerta que está enfrente ahora alcanzo a ver los dedos de una mano arrugada que se asoma, la piel es verde y las uñas largas, como toda mano presta a hacer daño. No sé decirles que por encima de ella ha aparecido ladeada la mitad de la cabeza de un ser horrible y despreciable, cuyo único ojo que alcanzo a ver me ve con odio, con burla y con deseo de causarme dolor. No sé cómo decirles que es como si todos los días tuviera que contemplar una horrible fotografía que me da pánico y qué tal foto cambia muy poco a poco, que pasan días para que lo note, pero que cambia con mi destino en sus manos. Cómo decirles que sé que vendrá por mí, que acabará con mi vida y que me ha estado matando de miedo todos los días, por una hora en cada uno de ellos.

Detesto su olor nauseabundo y odio su lento mover. Paso el día imaginando el momento en que me ponga una mano encima. Pienso en todo el tiempo que pasará para que use su fuerza o lo que sea que vaya a hacer conmigo. A papá le cortó la respiración, pero no me dijo de qué forma.

Ya son las cuatro y cincuenta. En unos minutos me toca ir a morir otra hora, pero hay algo que me inquieta: ¿cómo supo papá que yo era el siguiente?

La cueva

Fue en mi cumpleaños número diecisiete. Mis papás habían organizado la celebración en casa y a regañadientes invité a mis amigos, no sin dejar de ser objeto de la burla de todos ellos que, lo acepto, merecía.

Familiares, amigos y conocidos almorzamos, comimos pastel luego de que soplara las velas, abrí los regalos, de los que ninguno me emocionó y, con molestia de mis padres, les abandoné, seguido por mis amigos. En el grupo éramos siete hombres de toda la vida y más adelante se nos habían sumado Marcela y Carolina.

Los nueve salimos sin un rumbo fijado.

Tras unas cuadras caminadas, Manuel hizo memoria de cuando solíamos bajar al barranco en nuestras expediciones hacia lo desconocido. Marcela, que igual que Carolina, nunca fueron, insistió en que hiciéramos una en ese mismo momento. Como no encontramos un buen argumento en contra, aceptamos.

Seguro que la imagen resultaba graciosa: nueve jovencitos, vestidos para fiesta, caminando entre matorrales, árboles, tierra, lodo y precipitaciones. Aquel no era un lugar particularmente peligroso, pero su riesgo sí que tenía.

No anduvimos por caminos hechos. Intentamos senderos propios. Era como si todos hubiéramos acordado, sin hacerlo, que una buena aventura tenía como requisito que nos perdiéramos.

Cuando la tarde estaba por ocultarse, decidimos descansar. Manuel andaba cigarros y a los nueve se nos hizo el momento ideal para inhalar humo, incluso a Rafael, que no perdía oportunidad para echarnos en cara lo estúpidos que éramos al hacernos daño porque sí.

Fue un momento maravilloso, casi épico en nuestras cortas vidas. Yo pensaba en la amistad que nos llevaba hasta ese lugar, hasta ese momento, en donde ni siquiera era necesario decir palabra.

El silencio fue interrumpido por los gritos de Gabriel, quien nos llamaba con prisa.

Corrimos todos guiados por el sonido de su voz. Lo encontramos frente a la entrada de una cueva que se plantaba delante de nosotros, firme, retadora y obscura.

No tuvimos que decir nada, todos supimos que teníamos que entrar.

Ya a los pocos metros la obscuridad nos abrazó. Fue como si nos abrazara por la espalda, respirando en nuestro cuello el miedo que terminaría por invadirnos. Caminábamos a tientas, aferrados a las paredes hasta que fue imposible distinguir nada. Manuel sacó su encendedor para alumbrar. Por unos segundos pudimos ver hacia dónde íbamos y luego de nuevo obscuridad. El encendedor se calentaba y Manuel tenía que apagarlo.

Así seguimos caminando sin encontrar nada más que la sensación de estar en donde no teníamos que estar. Igual seguimos hasta que Manuel encendió su encendedor una vez más y Julián notó algo sobre la pared. Nos acercamos y era una vieja antorcha, colgada a propósito en su base de hierro. Parecía que aún podía prenderse y Manuel lo intentó. En efecto el lugar quedó iluminado y pudimos ver la nada que nos rodeaba.

Nada.

Nada y nada más.

Solo estaba la antorcha que iluminaba el recinto.

Ahora veíamos claro el sendero por donde veníamos y uno hacia donde podíamos continuar.

Era necesario decidir.

Rafael sugirió que siguiéramos, que aquel no podía ser un lugar tan grande y que debíamos terminar lo que habíamos empezado.

Raúl dijo que aquello era suficiente como aventura y que más valía regresar por un camino que ya sabíamos seguro, a sabiendas de que afuera era la noche la que nos esperaba y aún teníamos un buen trayecto por caminar.

Raúl ganó por siete votos a dos.

Antes de salir Marcela insistió en que aquello no podía ser una caminata y ya. Que debíamos hacer algo que hiciera de ese día una experiencia para toda la vida. Sugirió que todos los años, por la misma fecha, regresáramos los nueve a encender la antorchar. Aquel simbolismo se ganó el aplauso de todos y quedó hecho el trato. Todos los años regresaríamos.

Dos semanas después Manuel murió de insuficiencia pulmonar.

Todos lo resentimos, pero decidimos que aquello no podía alejarnos y que más bien nos tenía que mantener unidos.

En todo el año nadie mencionó la cueva, hasta que Marcela habló con todos. Acordamos que iríamos el fin de semana luego de mi cumpleaños, y que lo haríamos en honor a Manuel.

El camino ya no fue difícil, se nos hizo familiar, e íbamos preparados con linternas y bebidas. Llegamos pronto hasta la antorcha que seguía ahí, apagada, pero como esperando por nosotros.

El momento fue emotivo. Guardamos silencio y fue Oscar, quien era el más cercano a Manuel, el que se puso al frente y encendió la antorcha.

La solemnidad, que nos salió de forma natural, nos conmovió a todos. Casi todos lloramos.

Alrededor de un mes y medio después, un automovilista perdió el control de su vehículo y pasó encima de Oscar y de su bicicleta. Su muerde fue inmediata, dijeron los paramédicos.

Dolidos y estupefactos, no dábamos crédito a aquellas dos tragedias y en tan poco tiempo. Estábamos de acuerdo en que no era algo común en un grupo de amigos de nuestra edad.

Para el siguiente año ya solo fuimos siete a la cueva. Llevamos fotos de Manuel y de Oscar, que dejamos al pie de la antorcha. Hicimos silencio, lloramos y ahora fue Raúl quien quiso encender el fuego.

Los siete que estábamos nos sentimos más unidos que nunca.

De Raúl nos despedimos tres semanas después, luego de que quisiera intervenir en un asalto que presenció. El asaltante soltó un tiro y le atravesó el hígado.

Hasta entonces lo vimos. Todos lo vimos con claridad.

Hablamos en el funeral de Raúl. No había duda de que quien encendiera la antorcha sería el próximo. Estaba claro para todos menos para Rafael, quien dijo que él sería el siguiente, si le acompañábamos. Solo Julián y yo aceptamos.

Al año siguiente fuimos solo los tres. No hubo ceremonia, pero sí dejamos la foto de Raúl junto a las otras, que se conservaban bien para estar en aquel ambiente.

Rafael encendió la antorcha y salimos de ahí.

Tres días enteros vomitando por lo que parecía una infección severa. Los doctores no llegaron a determinar la causa. Treinta y tres días fue todo lo que duró Rafael.

Por la circunstancia extraña y el miedo, los cinco comenzamos a separarnos. Para entonces ya teníamos como pretexto el estudio o el trabajo. Sin embargo mantenía comunicación constante con Marcela, quien procuraba hablar con todos, empecinada en que el grupo no terminara por disolverse.

Carolina y Julián se casaron. Nos vimos en la boda. Resulta que ya eramos adultos. Creo que fue la última vez que estuvimos juntos.

Años después Carolina moría en un accidente de tránsito al filo de la medianoche. Venía de una fiesta con sus amigas. Semanas antes le contó a Marcela que las cosas con Julián no funcionaban, que quizá la falta de un hijo les hacía sentir incompletos. Cansada de aquello, fue a la cueva sola, encendió la antorcha, dejó una foto de Rafael y se dedicó a rumbear sin descanso.

A Marcela le pesaba cada vez más la culpa. Si no hubiera sugerido que regresáramos cada año, se decía, todo aquello no hubiera pasado. Quizá por la misma culpa le contó a Julián la confesión de Carolina, quien, enamorado como estaba, fue a encender la antorcha y a dejar la foto de ella. Pensamos que quizá como no había pasado el año la cadena se rompería… pero no.

Julián nos contó que en la cueva había encontrado cinco fotografías. La foto de Gabriel también estaba ahí.

Averiguamos y la familia nos contó que hacía más de dos años que no sabían nada de él. Que se habían cansado de buscar y que le habían dado por muerto. Incluso Marcela le había perdido la pista, pero como no era una muerte, no le dio importancia. Hicimos un paupérrimo intento por encontrarle en Internet y por redes sociales, sabiendo que había decidido quitarse la vida y que dejar su foto en la cueva era la manera de contarnos que había sido su decisión.

Julián murió en su cama. Un paro cardíaco por una afección que padecía desde pequeño, que no fue detectada, dijeron los doctores.

Marcela terminó destruida. Se convenció de que todas aquellas tragedias habían sido culpa suya. Los siguientes meses se comieron sus deseos por vivir. La vi envejecer en un santiamén. Aquella alma amargada me dejó una nota:

Me voy. Me voy para librar la culpa. Me voy como pago de una deuda. Ojalá mi muerte recuperara la vida de los otros. Me voy porque es mi turno. Así lo veo. Así lo creo. Me voy de la forma en que debo irme. Me falta valor para arrebatarme la vida por mí misma y romper el ciclo. Voy a la cueva a encender la antorcha y ya no sabrás de mí. Quizá tome algunas semanas, pero no te quiero a mi lado mientras esté condenada a morir. Quiero cargar con este dolor por los días que me queden. Quiero que ese dolor me dañe, que me carcoma, quiero pagar lo que es justo.

Al día siguiente de recibir la nota, encontraron un cuerpo al fondo del río. Marcela se había arrojado.

Ha pasado justo un año desde que Marcela se quitó la vida. Hoy día me pregunto cómo se consigue tanto deseo por abandonar la vida a los 31 años. De dónde se saca la prisa porque todo termine. Cómo es que siendo tan joven alguien se puede sentir tan viejo, tan cansado. Cómo se hace para alcanzar a tan corta edad la idea de que la vida no vale la pena.

Estoy de pie en aquel lugar donde los nueve fumamos juntos, sin decir palabra. Acabo de salir de la cueva. Tuve que venir porque Marcela no mencionó en la nota si había dejado su fotografía. Encendí la antorcha y comprobé que, en efecto, faltaba.

Ahora estamos los nueve. He dejado la mía junto a la de ella.

Cariño

A García me lo topaba frecuentemente en la cafetería de la oficina, a la hora de la refacción. Si tuviera que describirlo diría que era una persona apagada, alguien quien respira porque no tenía más opción. No se relacionaba con nadie, pero de a poco me comenzó a hacer gestos de saludo y sin darnos cuenta un día estábamos hablando del clima y del trabajo, que siempre abunda. Pura verborrea sin sentido.

Hace unas semanas le noté inquieto, y es que a García se le notaba fácil, porque nunca se le movía un pelo. Era como si nadie le hubiese presentado las emociones, como si le fueran ajenas.

Su notoria inquietud era algo que no me importaba, pero igual le pregunté y me contó una historia:

“Desde hace seis semanas me pasa algo extraño. Los viernes por la mañana siempre hay un sobre en mi buzón. Antes de salir para el trabajo paso por él. Todo lo que hay dentro es una hoja pequeña con una palabra. La primera decía “Compañerismo”. Aparte de lo curioso de una carta así, no le presté mayor importancia, creyendo que se habrían equivocado de dirección. Hasta ahí nada extraño, pero hay un pero enorme.

Ese día, contrario a como ha sido toda mi vida, la gente fue compañera conmigo, es decir, alguien detuvo la puerta para que pasara, me saludaron, en una reunión me ofrecieron café y hasta me preguntaron cuánto de azúcar. Alguien me dijo que me veía cansado, que seguro no estaba descansando bien. Sé que no es cosa de otro mundo, pero a mí eso nunca me pasa, así que fue un día particular.

Claro, no vi la relación entre la carta y mi día sino hasta el viernes siguiente. Recibí otra carta. Esta tenía escrita la palabra “Educación” y, en efecto, como habrás deducido ya, ese día todos fueron educados conmigo. Me dejaban pasar primero, me trataban de forma amable. Hasta los correos electrónicos que recibía iban con un formalismo más allá de lo normal.

Eso se ha repetido una y otra vez, cada viernes desde entonces. Aparte de las que te mencioné he recibido las palabras cuidado, ameno y hoy recibí la palabra atención, y acá estás vos, diciendo que me ves inquieto y queriendo saber qué me pasa. ¿Ves? Estás siendo atento.”

No le tenía la confianza para decirle que no le creía o que exageraba, así que solo asentí y puse rostro de consternado.

— ¿Qué o quién crees que sea? —le pregunté.

—No lo sé, ni me importa. Pensé quedarme a velar para ver llegar el sobre, pero todo esto tiene su encanto y me da curiosidad. ¿Por qué iba a querer arruinarlo?

Cuando dejó de hablar entró Gertrudis a la cafetería, se dirigió a García y le dijo: “Que maravilla de correo la que enviaste a producción, me fijé en cada punto y cada coma que utilizaste. El énfasis quedó perfecto. ¡Buen trabajo!”. Y se marchó.

García me volteó a ver con ojos de: ¿Ves?

En efecto, nunca había visto a nadie siquiera hablar con él.

—Ya me pasó temprano y si me siguieras te darías cuenta de que todo el día será así. La gente será atenta —me dijo.

No dije nada.

—¿Te confieso algo? —insistió— Cansa. No estoy acostumbrado al buen trato de la gente. Sigo esperando que en el sobre aparezca alguna palabra menos exhausta, tipo enojo, indiferencia, rencor, pero nada. Con ellas podría lidiar mejor.

Los siguientes días transcurrieron como si nada. Nuestra dinámica fue la de siempre. Aunque en realidad yo disimulaba mi ansia porque llegara el viernes y averiguar con qué salía para entonces.

Ese día, al llegar a mi escritorio, me puse a revisar los correos. Había uno de García que decía:

Nunca recibí afectos y me acostumbré a ello. Nunca nadie tuvo muestras de amor o de interés por mí y así mis días transcurrían tranquilos, sin altibajos que me alteraran. Nunca nadie tuvo un gesto más allá de la cordialidad de la que el ser humano debe vivir rodeado y eso funcionaba para mí. Hoy recibí una carta y la palabra escrita es “Cariño”, y no, yo no puedo con eso, no sé reaccionar a eso, no sé tratarlo, no sé cargarlo. No lo quiero, no lo pedí. No quiero una sola muestra de amor, en cualquiera de sus variables. Esto no es para mí.

García no se presentó a trabajar y no supimos de él en toda la semana. Pocos se dieron cuenta de su ausencia, de hecho se enteraron porque Recursos Humanos hizo un comunicado hablando de su extraña desaparición, a la que no llamaron así, y decían que se solidarizaba con los compañeros de trabajo y demás palabrería que no hizo mella en nadie.

Averigüé en el sistema su dirección. El jueves por la noche pasé por su casa. Todo estaba apagado y el buzón, vacío.

A la mañana siguiente pasé de nuevo, antes de ir para mi trabajo. Primero llamé a su puerta. No había nadie. Luego abrí el buzón y tomé el sobre.

Antes de salir de mi casa vi en la prensa que habían rescatado un cuerpo del río. Estaba sin identificar, pero yo no tenía duda. García se habría quitado la vida.

Ya en el auto abrí el sobre y ahí estaba la palabra. Decía “Felicidad”.

Mi día fue normal. Nada se alteró y nada me dio felicidad. Ni ese viernes, ni nunca. Seguí buscando cada viernes pero no aparecieron más sobres en el buzón de García.

Hoy día sigo siendo infeliz.

¡Eres un idiota García! ¡Eres un idiota!