Caminata nocturna

Me encontraba caminando a eso de las tres de la mañana por las calles abandonadas de mi barrio. Venía de reunirme y pasarla bien con unos amigos. También venía de perder todo el dinero que me quedaba para terminar el mes. ¡Maldito diez de espadas!

A pesar del alcohol, que se adueñaba de parte de mi funcionar físico, mi mente iba preocupada porque no tenía idea de cómo haría para alcanzar el fin de mes.
Creo que lloraba. No estoy seguro.

Trataba de convencerme de que ya antes había estado en estos apuros y de que ya más bien esto era un hábito, pero es que siempre es humillante tener que recurrir a pedir ayuda a la gente, porque pesa en el “Mi vida va de maravilla” que todos deseamos presumir.

Fue entonces que vi cómo una porción del viento tomaba forma y se apresuraba a correr, pasando frente a mí. Apenas pude verle. La figura desaparecía cuando intentaba seguirla con la vista. Di tres pasos más y de nuevo pasó frente a mí. Su velocidad era vertiginosa, pero alcancé a ver que sí era alguien que corría frente a mí.

Ocurrió una vez más. Esa vez me rodeó, siempre a gran velocidad. Dio tres vueltas a mi alrededor y desapareció hacia mi derecha.

Dejé de caminar, ya no pude, el miedo no me lo permitía. Solo esperaba.

Entonces la forma, a la distancia, se hizo más grande. La vi correr aprisa directo hacia mí. Vi sus ojos, era toda la maldad en una mirada. Venía por mí. Me haría daño. Me atacaría y yo no tendría ninguna oportunidad… pero tropezó.

Le vi trastabillar. Con sus manos intentaba no dar de lleno con el suelo. Sus pasos eran descompuestos, asincrónicos. Ahora sus movimientos eran como en cámara lenta. Escuché el gemido como de quien siente el dolor antes de tiempo. El ser, ahora desarticulado, terminó por caer de bruces, con el rostro enterrado y las articulaciones en una posición nada decorosa.

¡Qué carcajada! No recuerdo la última vez que reí así. Me dolió el estómago. Terminé sentado en el suelo gimoteando de risa.

Se puso de pie y su aspecto era por demás desagradable. Su rostro era como de quien carga un dolor muy grande encima. Me hizo pensar en su mirada de antes, como si se librara de su peso al atacarme. Ahora se veía devastado.

A pesar de su esfuerzo, soltó una risa que creció y creció.

Ahí estábamos los dos, en una calle solitaria, riendo a carcajadas el infortunio de uno de los dos, y no era el mío.

Se incorporó y se acercó con paso lento. Mi miedo había desaparecido. Ha de ser que uno tiene la idea de que no se hace daño a aquel con quien se comparten carcajadas.

Se sentó a la par mía y me vio como sin saber por dónde iniciar la conversación. Yo quería preguntar que qué era él, pero no encontraba la forma. No vale la pena enojar a alguien tan mal encarado, rápido y capaz de aquel papel de malo.

—Ya deberías estar muerto —Fue la primera frase que soltó—. Soy un demonio y vengo por tu alma —agregó con calma.

Tuve problema en articular alguna frase.

—Tranquilízate, ya arruiné el show —insistió.

En realidad intenté tranquilizarme.

—¿Qué show?

—Mi trabajo…

Hizo una pausa.

—… Más bien, mi condena, que es dedicarme a recoger las almas de la gente para llevarlas al infierno. Debo hacerlo con estilo, con clase, respetando ciertas normas, pero lo arruiné.

—¿El show?

—El show. Debo parecer malo. Debo dejar una experiencia desagradable en aquel que se topa conmigo.

—¿Para qué? —pregunté, respirando con más calma.

—No lo tengo claro. Creo que hay quienes logran escapar y luego hacen que se perpetúe esa idea del infierno al que tanto miedo le tiene la humanidad. Ha de ser que así les tienen controlados. ¡Ya sabés! El bien y el mal y todo eso.

—¿Entonces existe el cielo, el infierno, dios, el diablo…?

—No, nada de eso es cierto —rió—. La gente se muere y ya.

—¿Así sin más?

—Así sin más.

—Pero estás acá… ¿Cómo explicás que estés aquí?

—Explicá que vos estés aquí.

No pude.

—Yo soy. Y soy para esto. Asusto y la gente se muere.

—¿Cómo? —Interrumpí.

—Lo verás a su tiempo.

—¿Y cuál es tu recompensa?

—Supongo que ser. Ser lo que soy. No hay más. Tampoco aspiro a más.

—¿Nunca te lo cuestionás?

—Todo el tiempo. Como algunos de ustedes lo hacen.

—¿Y los tuyos?

—No hay. No los veo. No sé si están.

—¿Pero existen?

—Más personas mueren. Han de existir.

—Tu existencia parece triste ¿Cómo es que…

—¿Mi existencia? No tenés para llegar a fin de mes. Lo fuiste a despilfarrar todo en un juego de cartas. No tenés ni a quién pedir ayuda. Andás solo por la calle a esta hora sin que nadie se preocupe por vos ¿y mi existencia es la triste?

Parecía exaltado.

—Se les da tan bien juzgar —continuó—. Tienen tres datos y deducen la historia. Ven un acto de alguien y la tolerancia se les esfuma. No comparten una opinión y ya tienen enemigos. Su especie sí que da tristeza.

—Yo solo…

—No mi amigo, no. Aprendieron tan poco. ¡Qué bueno que su existir se corta de tajo y de ustedes no queda nada!

Guardamos silencio.

—¿Y ahora qué pasará conmigo? —dije, con miedo de la respuesta.

—Por ahora nada. No voy a matarte. Quedarás vivo y seguro hablarás de lo que te pasó, ya porque confíes en alguien o porque bebas de más.

—¿Solo me voy?

—Como lo haré yo. Igual en algún momento vendré por vos.

—¿Pronto?

Me vio con desdén y no contestó.

Se puso de pie y se marchó por donde yo venía. Me puse de pie y encaminé hacia mi casa, apenas creyendo lo que me había pasado.

Al día siguiente me desperté sobresaltado. Quise recordar lo acontecido, incluyendo la cantidad de licor que había ingerido. ¿En realidad había salvado la vida por un tropezón?

Pasaron los días y las semanas y de a poco fui restando importancia a aquella noche, convencido de que había sido exceso de alcohol o un sueño. Incluso lo conté alguna vez en reunión con amigos como eso, como un sueño curioso.

Hoy que desperté, junto a mi almohada había una nota:

«A lo mejor el alma, dios, el diablo, el cielo y el infierno sí existen. Quizá solo quise jugar con vos y con tus creencias. A lo mejor mi caída fue parte del show. Quizá lo que me proponía era crear un ser cínico, que despreciara la vida o al menos que no se afanara por ella, porque vería en su muerte un final sin más consecuencia que el final mismo. Es posible que desaprovecharas esa oportunidad racionalizando todo, culpando a la imaginación o a la bebida. A lo mejor de lo que dije solo la mitad es cierta, pero ¿qué mitad será? Quizá te toque morir pronto y venga por tu alma con otro show».

La firma de la nota dice: Tu demonio.

Carrillo

Podría contar de mi vida, de cómo aprendí a vivirla, de las actividades que siempre me gustaron, y de cómo me dediqué a matar mi tiempo pero, más allá de que le encuentro insignificante, para esta historia carece de relevancia, pues todo comienza una noche de viernes, en una cena que tuve con Carrillo, una amistad que había cultivado desde el instituto.

Nos juntábamos unas pocas ocasiones al año, cosa de no perder el contacto. Nos poníamos al día, bebíamos algunas cervezas y con un abrazo nos deseábamos buena suerte para los días venideros. Tal era la rutina y así debió ser esa que fue la última vez, pero la charla nos llevó a juzgar mi escepticismo y a cuestionar las creencias de Carrillo, quien era muy dado, más que a la religión, al esoterismo y a todo lo que tuviera tinte de raro.

—No existe tal cosa como algo sobrenatural —le insistía— si ocurre, ocurre en la naturaleza misma, por tanto es natural.

—Pasa que ustedes los escépticos lo son en teoría, pero cuando les toca experimentar, solo usan la lógica que aprendieron para huir, y puedo probarlo —refutó.

Intrigado por su prueba le dije que quería escuchar de ella, y me contó de un lugar, no muy lejos de ahí, en el que un brujo realizaba sus trabajos.

—Su especialidad es el intercambio de almas —me dijo.

Yo reí. Reí con gusto. Con ganas. Reí como deberían reírse todas las risas.

—Podemos ir si quieres —intentó interrumpirme con evidente molestia— ¿O te vas a quedar con la teoría?

Sin dejar de reírme le dije que aceptaba, sin siquiera meditarlo. Luego agregué que los gastos correrían por su cuenta.

Acordamos que haría la cita y me confirmaría en un par de días, para luego cambiar de tema y despedirnos con un abrazo, ahora sin miras a un futuro lejano.

La cita quedó hecha para el sábado por la tarde. Llegué a la dirección que me había proporcionado. Una construcción humilde, como abandonada, en un callejón, sin nada que llamara la atención. Una casa más. El hogar de un embuste más.

Entramos y contrario a lo que imaginé, el lugar era iluminado. Un hombre delgado, que estaría en sus cincuentas, se presentó como el brujo —Nunca supe su nombre—. Nos invitó a sentarnos en unos sofás cómodos. Ya sabía a lo que íbamos, así que no hizo preguntas.

Esperé un discurso que creara ambiente y alguna frase que le diera salida. Una salida tipo que si no creíamos, no lograría hacer el cruce de almas. Nada de eso ocurrió. Cerró los ojos, como meditando, juntó sus manos y luego de unos segundos dijo con cierta euforia: “¡Ya está!”.

Yo reí hacia mis adentros.

Nos pusimos de pie. Salimos del lugar y ya en la calle le dije a Carrillo que lamentaba la pérdida de su dinero y que esperaba que no se siguiera burlando de los escépticos teóricos.

—De ellos sí —fue todo lo que dijo, con una amplia sonrisa en su rostro a la que interpreté como un esfuerzo por ocultar la vergüenza que sentía.

Nos abrazamos y nos despedimos.

De camino a casa vi como la tarde se ponía gris y el ambiente se tornaba asfixiante. Sentí mis pasos pesados, como si poco a poco fueran agregando arena dentro de mis zapatos.

Pensé en lo absurdo de aquella sesión. En lo absurdo de la discusión con Carrillo. En lo absurdo de nuestras juntas. En lo absurdo de querer mantener una amistad que poco aportaba a los días.

Llegué a casa y solo tuve fuerza para acostarme y tratar de olvidarme de todo.

Desde aquel día la vida se me volvió cuesta arriba. Los días carecen de sentido. Mi vida no tiene objeto. Ya no hay porqués. Los proyectos en los que creí son un sinsentido. Las ganas me huyen, se esconden, juegan conmigo, como si mi desdén por la existencia les hubiera ofendido y ya no quisieran tener nada que ver con mi persona.

De aquella sesión con el brujo ya pasaron cuatro meses. Hoy he salido de mi tercera sesión con el psicólogo. Hemos discutido, casi peleado. Es que se niega a creer que la depresión habita en el alma.

¡Te odio Carrillo! ¡Te odio!

Mi puerta

Hastiado del insomnio y de la vida, que me tenía en vela cuando debería estar durmiendo, me puse de pie procurando no hacer ni el menor ruido para no despertar a nadie. Tomé un abrigo que tenía a mano, porque aunque la vida no importe el frío se sufre, y fuera estaba helado. Caminé zapatos en mano. Abrí la puerta de la entrada, salí y volví a cerrarla con llave por seguridad, porque mi desajustada vida no tendría que pasarles factura a aquellos que, cómodos, descansaban en sus habitaciones.

Vi la hora hasta que estuve en la calle. Eran casi las tres de la mañana. La noche vestía un manto negro que lo arropaba todo. La luna descansaba. Los faroles apenas alzaban la vista. Las calles habían ahuyentado todo dejo de vida.

Caminé por caminar, sin fijarme mucho hacia dónde, con el rostro bajo, contemplando solo las zancadas que daba. Creo que disfruté el rítmico sonido de las suelas de mis zapatos chocando contra el asfalto, pero hace tanto que no disfruto algo, que no puedo estar seguro.

No sé cuánto tiempo estuve caminando, pero de pronto me inundó el miedo porque me alcanzara la mañana. No quería dar explicaciones. No quería contar mis porqués, o en todo caso, no quería verme en la necesidad de tener que inventar alguno. No quería ver sus rostros de sorpresa o de fingida preocupación. Quería regresar como me fui, solo, sin testigos, sin motivos.

Fui consciente de dónde andaba y aceleré el paso sin ver el reloj. Podía verlo, pero la duda mantenía mi paso apurado.

Cuando llegué a la calle de mi casa tomé la llave y como siempre jugué un poco con ella en mi mano, hasta alcanzar la puerta. Cuando estuve de frente no la reconocí. No era mi puerta.

Retrocedí mis pasos para ubicarme. Pensé que habría confundido la calle o la casa, pero su fachada era muy particular. Nada por los alrededores se parecía a aquella vieja construcción tipo victoriano que daba la impresión de que caería en cualquier momento.

Me acerqué de nuevo.

La puerta de casa era de madera robusta, dañada sí, pero era la parte más robusta del frente de la casa. Era de un café claro, que no quedaba bien con los tonos celestes y blancos de las paredes y ventanas. La nueva puerta era de metal, un metal negro con remaches alrededor. Estaba fría, muy fría.

Me alejé de nuevo. Fui hasta la esquina. Buscaba rótulos o algo que me indicara mi equivocación. La noche seguía obscura. No cambiaba. Me alejé aún más. Todo igual. Todo familiar. Aquella era sin duda mi calle y sin duda esa era mi casa.

Regresé y me senté en la banqueta de enfrente. Decidí que lo mejor era esperar a que llegara la mañana y a que alguno saliera. Tendría que reconocer a alguien o por el contrario, darme cuenta de que estaba en un error. Vi la hora, faltaban quince para las cinco de la mañana. Amanecería en media hora y las calles volverían a tener vida, la noche se esfumaría, los faroles dormirían y los sonidos inundarían el lugar.

Aguardé.

Aguardé una eternidad.

Vi mi reloj y marcaba quince para las cinco. Lo maldije. ¡Vaya momento para arruinarse o quedarse sin batería!

Aguardé más, ahora de pie. Caminaba de un lado a otro.

Seguía la noche.

Seguía el silencio.

Seguía la ausencia de vida.

Desesperé. Estaba seguro de que habían pasado horas desde que me puse a esperar por el amanecer. No era mi reloj el que fallaba.

Corrí hasta la puerta y puse mis manos sobre ella. El frío me llegó profundo y lloré. Lloré de angustia. Lloré de desconsuelo. Lloré, quizá de rabia. Tomé la llave de mi bolsillo y la puse en la puerta y… y la llave entró sin problema.

Sentí cómo un temblor inundó mi cuerpo, comenzando por mi mano derecha, la que sostenía la llave.

Respiré profundo. Quise engañarme. Hacerme creer que mi puerta era de metal, que siempre había sido de metal, pero no, mi puerta siempre fue de madera. Recuerdo hasta el sonido que hacía cuando la somataba, mientras partía encolerizado de casa.

Saqué la llave y la introduje de nuevo. Hice eso varias veces. No recuerdo cuántas.

En una de esas oportunidades me armé de valor y muy despacio intenté girar la llave… y giró. Mi llave abrió la puerta sin problema, ya solo tenía que empujarla… pero… pero no pude… Lento regresé el giro, como esperando que nadie de adentro escuchase. Una vez asegurada, saqué la llave y me alejé unos pasos.

Aún es de noche. No sé cuántas horas habrán pasado ya. Según yo han de ser meses. Me dedico a caminar por estas calles sin vida, por este sitio sin luna, contemplando estos faroles adormitados.

De vez en vez regreso a mi casa, veo la puerta de metal y me acerco decidido a abrirla, pero no logro empujarla. Me aterra lo que pueda haber dentro. Me gana el miedo, así que retiro la llave y sigo caminando.

¡Tengo frío!

He pensado que quizá deba deshacerme de esta llave, aventarla lejos pero… ¿Y si nunca más logro encontrar mi puerta?

Búsqueda

Recibí la llamada y salí tan rápido como pude. Papá había salido de casa a comprar una medicina y ahora yacía en una cama de hospital. Un conductor perdió el control de su auto, se subió a la banqueta, se llevó consigo unos vitrales, algunos rótulos y estaba a punto de llevarse la vida de mi progenitor.

Lo encontré como ausente. No hablaba. Veía como sin enfocar. Solo verlo supe que la vida de papá le había abandonado. Cuando me miró puso cara de angustia, lo que hizo que me acercara con prisa. Con mucho esfuerzo me tomó del brazo y me jaló hacia sí. Me dio la sensación de que había estado esperando por mí. Le llevó un tiempo y luego con esfuerzo logró pronunciar unas pocas frases: “Encuéntralo. En mi otra casa. ¡Encuéntralo!”.

Extendió la última sílaba y exhaló por última vez.

Dar con su otra casa no fue difícil. El inmueble estaba a su nombre en el Registro de Propiedad. Lo complicado fue tomar valor de presentarme a un lugar del que hasta hace poco desconocía su existencia y presentarme a buscar algo sin saber qué debería encontrar. Es algo así como buscar la felicidad cuando no se sabe lo que eso es.

Un jueves por la tarde me salí de la oficina y fui a la dirección. Una casa bien conservada con un jardín cargado de colores y una cerca que no ponía ninguna seguridad. Toqué el timbre y al poco salió una señora, no anciana, tampoco joven, de modos amables. Se acercó hasta la puerta con la frase: “Tú debes ser el hijo de Danilo”.

Recuperado de la impresión, Silvina me invitó a pasar. Dentro el ambiente estaba cargado de luz artificial y con todo, no dejaba de ser un sitio acogedor. Me senté y acepté la taza de café que me ofreció.

Mientras traía el café comenzó a hablar:

— Sé que no lo sabes, así que es más fácil empezar por acá: por muchos años yo fui la amante de tu padre. — No esperó a que reaccionara, solo continuó hablando — Era un buen hombre y nunca quiso hacerle daño a tu madre, quien nunca llegó a enterarse. Con él manteníamos comunicación constante, pero venía poco, cosa de no despertar alarmas en su matrimonio, al que nunca descuidó. Yo no era exigente y él era relajado. Incluso después de la muerte de tu madre no hicimos por formalizar nada. Llevábamos muchos años con nuestra misma dinámica y eso nos sentaba bien.

No supe bien cómo reaccionar. Sentí que debía sentirme ofendido, pero hubiese sido actuado. Así que solo sonreí.

— Mi padre… ¡Quién lo diría! —dije, esbozando una sonrisa.
— Haces bien en no juzgarlo. Y en no juzgar a una desconocida como yo.
— El accidente…
— Sí, el accidente. Me dolió mucho. Me sigue doliendo. En realidad lo quería y… Bueno, hay poco que decir al respecto, no te preocupes.
— Antes de morir me dijo que encontrara algo y que lo buscara acá, en su otra casa.
— Dijo que vendrías. Ven.

Me llevó a una sala más pequeña que estaba al lado. Había un par de sofás, una pequeña librera con varios libros, un equipo de sonido y una lámpara muy particular.

— Compartimos mucho de nuestro tiempo aquí. Las horas se nos iban entre café, música y libros. Casi todos son de él. Tienen su nombre. Si quieres llevártelos…

Insistí en que no, que aquello era algo que había compartido con ella y que aquel era su lugar. Pero sí me permití tomar algunos para ver los títulos y su nombre escrito con su propia letra.

— Creo que lo que buscas es esto — me dijo.

Era un cuaderno. Dentro tenía anécdotas o historias escritas por papá. Leí un par y no me parecieron particularmente buenas. Hubiera querido leerlas todas, pero lo encontré descortés, así que solo hojeé hasta la última página escrita. En ella estaba escrita una frase, con letras grandes: “LA GENTE SE EMPEÑA EN BUSCAR LUGARES Y SE OLVIDA DE BUSCAR TIEMPOS”.

Sonreí y al mismo tiempo sentí cómo una lágrima se situaba en mi ojo. No tuve duda, aquello era lo que papá me dejaba. Una gran verdad. Una frase de sabiduría. Algo que pudiera usar por el resto de mi vida.

Con júbilo y acelerado abracé a Silvina y le di las gracia. Le prometí que volvería para que me contara más de papá, aunque sabía que nunca cumpliría esa promesa. Quiso decir algo, pero no la dejé. Salí de la casa casi corriendo y llegué a la mía entre sonrisas y llanto.

Mi matrimonio atravesaba problemas, la rutina, que no pudimos entender, nos estaba consumiendo. Cuando llegué le pedí a mi esposa el divorcio, empaqué algunas cosas y me fui de casa, dejándola a ella atrás, y con ella a los niños. No me desentendería de ellos, le di mi palabra. Lo que quería era mi libertad a cualquier precio. Lo que quería era buscar mis tiempos y dejar de desperdiciarlos.

Fue hasta el lunes que presenté mi renuncia de aquel trabajo que nunca me satisfizo. Cambié de número de celular y así perdí a casi todos mis amigos y conocidos. Si la vida que llevaba no me gustaba era porque los ingredientes en ella eran defectuosos y tenía que cambiarlos sin perder tiempo, estaba seguro.

Papá murió hace siete años. Ahora vivo en un pequeño y desordenado apartamento, con muy pocas obligaciones.

Hoy por la mañana quise contactar con Silvina, pero fui a su casa a enterarme de que falleció hace un par de años. Y es que… encontré lo que papá me dijo pero, ahora no sé qué hacer con tanto tiempo libre.

“La gente se empeña en buscar lugares y se olvida de buscar tiempos”. Quizá Silvina tenía algo que aportar a eso o yo lo entendí mal… Quizá no era eso lo que papá quería que encontrara.

¡Maldición! ¡Cómo diantres se busca algo que no se sabe lo que es!

¿Por qué escribo ficción y por qué creo que es importante?

La persona que más ha desalentado mi andar literario ha tenido acceso a todos mis libros, ha leído algunos de ellos y ha criticado más por suposición que porque en realidad haya hecho un esfuerzo por sumergirse en mis intenciones e ideas. Sus criticas van de decir que saber qué tengo en la cabeza, que solo yo entiendo lo que escribo, que no es necesario hacer cosas complicadas y que saber por qué dedico mi tiempo a algo tan banal como eso.

Ahora que tuvo acceso a mi última novela ya me ha dicho en dos ocasiones, sin haber leído el texto, que debería dedicarme a escribir algo para la gente, que no sea egoísta, que ayude al crecimiento de las personas, que si se tiene talento ese es el tipo de cosas a las que uno debiera dedicarse.


La ficción, más allá de sus variantes, tiene, por norma general, propósito y función, más allá de la visión simplista que suele ponerse en ella, sobre todo por quienes no se acercan a esas historias.

Aunque la discusión pudiese ser profunda, larga, extenuante y acaso docta, yo divido sus propósitos en tres:

Entretenimiento

Este es, por norma general, el propósito que todos ven: entretenerse con algo. Paisajes, mundos, personajes, circunstancias son creados para deleite y placer del lector.

He escuchado que algunos consideran que la literatura es un escapismo del mundo en el que vivimos. Me opongo rotundamente a tal aseveración. Si la ficción lo fuera, todo lo sería. Trabajar sería un escapismo, hacer deporte lo sería también, el teatro, la música, la cocina, el juego… lo sería todo aquello que fuera más allá de comer y dormir, siempre que estos últimos no fueran en exceso. Total que la vida misma sería un completo escape saber de qué, porque nada sería la vida misma. Leer no es un escape de la vida, es parte de ella, como lo es todo.

Mensaje

La ficción es una excusa para decir algo, un canal para un mensaje, un medio para expresar una idea. Los personajes, los lugares, las circunstancias son creadas porque hay algo que se desea transmitir al lector, ya sea un concepto o la acción misma de meditar en algo.

Ideas filosóficas son discutidas en la ficción. Cosas que juzgan o ponen en aprietos nuestras propias creencias o que las refuerzan.

A través de la historia imaginamos o creamos una situación para que el cerebro del lector piense, analice, reaccione y, con suerte, saque sus propias conclusiones.

Entretenimiento + Mensaje

Cuando un escritor tiene nivel se ocupa de ambos aspectos. Son estas obras que mantienen al lector entusiasmado con la historia y a la vez le están haciendo trabajar la mente, no solo por la circunstancia que los personajes viven, sino porque logran dar un mensaje, muchas veces sin que el mismo lector se de cuenta.

Estas obras no abundan.


Entre sus funciones logro identificar también tres principales:

Sentir

Una obra artística respetable se caracteriza por hacer mover los sentimientos. Una historia contada debería hacer sentir, si es arte. Y no necesariamente debe hacer sentir tristeza. Puede ser enojo, coraje, alegría, euforia y todo aquello que uno logre experimentar en el interior.

Conocer

La ficción arroja datos que aportan al saber del lector, ya porque la historia sea histórica, porque hable de lugares o personas, ya porque arroje información sobre alguna investigación, un hecho o un proceso. La ficción da conocimiento, no como lo pretenden otros libros cuyo objetivo es enseñar como tal. Es conocimiento disfrazado.

Empatía

Siempre he pregonado que la ficción ayuda a hacer mejor a las personas, esto es porque al ser empático con los personajes se analiza o medita, así sea por instantes, lo que se decidiría si se estuviera en lugar de aquel. El lector imagina lo que sentiría, lo que haría, lo que creería y considera las propias reacciones. El lector comprende o está en contra de lo que alguien en la historia hizo. Este suma y suma a su propia experiencia, infinidad de circunstancias que no le tocan vivir en el día a día.

Es aprender de los errores y aciertos de otros.


Para cualquier lector sería fácil no estar de acuerdo con mis listas y modificar o agregar sus propios elementos, después de todo cada lector se inclina más por unas cosas que por otras. Unos sienten más que otros, otros analizan más, otros se afanan por el conocimiento, en fin.

También entiendo que la literatura de ficción puede sorprender, asustar, inquietar, revelar, hace imaginar, desarrolla la creatividad y crear un sinfín de reacciones más, por eso es tan maravillosa y valiosa.

No he tratado de cubrir todos los aspectos positivos de la ficción sino los que a mí me parecen clave.


Como escritor lo tengo claro, a pesar de las críticas que pueda recibir: busco dar un mensaje y crear empatía en el lector. Luego si logro una buena historia, si hago sentir o si aporto conocimiento, son extras que estaré encantado de compartir, pero no parten como mi objetivo cuando escribo el primer párrafo.

Sostengo que todo escritor que se jacte de serlo debería partir de ahí, de tener claro su objetivo.

Quizá algún día escriba un libro que aporte; uno que no me haga ser egoísta; uno que ayude al crecimiento personal del prójimo… O quizá ya lo estoy haciendo.

El cerro

Llevaba catorce años de casado cuando heredó la casa de sus padres, una construcción firme de amplios espacios, rodeada por completo de verdes jardines abundante en plantas y adornados por varios árboles. Un lujo que los de la ciudad no pueden darse, solía comentar Mikael, cuando hablaba de las bondades del lugar en donde vivía y en el que vivió su infancia, y cuando recordaba las muchas veces que escaló el cerro que estaba enfrente de la casa, justo al cruzar la calle. A veces lo hacía por jugar, a veces por estar solo y a veces solo lo hacía por hacerlo, decía.

Acumularon años de matrimonio en esa vivienda, con las vicisitudes propias de la vida en pareja, ni más ni menos que eso. Si se les preguntaba, se definían como un matrimonio solido y feliz, aunque luego ninguno pudiera explicar lo que es la felicidad.

Un día se levantó muy temprano. Se abrigó, salió de casa y subió el cerro hasta la cima. Estuvo arriba unos pocos minutos y descendió a tiempo para alistarse, desayunar y retomar la rutina de su día. Matilde, su esposa, no dijo nada, creyendo que solo había sido un día en el que se levantó con vitalidad.

A la noche, luego de la cena, Mikael se cambió de ropa y volvió a subir el cerro hasta la cima, aguardó unos minutos y luego descendió.

Para Matilde aquello ya era mucho y se vio obligada a cuestionar, más solo alcanzó como respuesta un simple: “Es algo que debo hacer, al menos por un tiempo”.

A Matilde le pareció bien que se ejercitara un poco y se distrajera, así que no se opuso. Con el tiempo fue testigo de cómo aquellas dos actividades y la congoja en la mirada de Mikael, se convirtió en parte habitual de sus días, porque él no dejaba de subir así hubiera mal clima o estuviese enfermo.

Los años siempre pasan y para Mikael no fue distinto. Envejeció y la fuerza le fue abandonando. Insistió en su rutina, hasta que un día ya no pudo subir más. En esa ocasión Matilde le vio llorar como no lo hizo nunca, con dolor honesto, con tristeza real, con llanto que salía de lo más profundo de su impotencia. No le dijo nada, solo le tomó de la mano y con la otra le acariciaba, mientras le dejó desahogar.

A partir de entonces Mikael ya solo se paraba en la puerta a contemplar el cerro una vez por la mañana y una vez por la noche mientras suspiraba, pero su nueva rutina no duró mucho. Unas semanas después cayó enfermo y supo que aquello era el final.

Su despedida de Matilde fue contar lo que le ocurrió años atrás:

Una noche ya entrada en horas, Mikael no podía dormir y se levantó por un vaso de agua, pero nunca llegó a la cocina. Por la ventana contempló el cerro y decidió descansar sobre el marco de la puerta de entrada para apreciarlo aún con más calma, recordando y reviviendo aquellos días de infancia en los que la felicidad también le rodeaba, pero en los que no necesitaba una definición de ella.

Perdido entre recuerdos e ideas alcanzó a ver algo que se movía hacia la cima del cerro. Una sombra, una silueta, un cabello largo ondeando por el viento. Estaba seguro que no era un animal, más bien parecía una mujer. La contempló llegar a la cima y ¿sentarse?

Lo que más mueve al ser humano es la curiosidad, y apoyado en esta Mikael emprendió la escalada hasta la cima, con decisión en el pecho y temor en las piernas.

La subida no fue tan fácil como lo era cuando los años no le pesaban en la espalda. Desde que se había marchado de casa no había vuelto a escalar el lugar, aunque siempre pregonaba que pronto lo haría.

Casi llegando, fatigado y sudado, no supo si hacer ruido para hacerse notar o aparecer con cuidado para no asustar a la mujer que seguía sentada en el suelo viendo hacia la nada que la obscuridad envolvía en la distancia.

—No quiero asustarte, solo me dio curiosidad que alguien subiera a esta hora y…

Guardó silencio esperando alguna reacción, pero no la hubo.

Cuando consideró que había esperado lo suficiente, insistió.

—Perdón, es que, no me explico por qué vienes acá a esta hora yo solo…

De nuevo la pausa y de nuevo no hubo reacción.

La escena se tornó incómoda para Mikael. Pensaba en marcharse cuando la mujer golpeó con la palma de su mano el suelo que estaba a su lado, en clara señal de que le invitaba a sentarse a la par de ella.

Mikael obedeció y hasta ese momento contempló un rostro de mujer de rasgos firmes y no particularmente bellos, pero de unos ojos encendidos, que parecían querer absorber todo cuanto les rodeaba. A Mikael le gustaron tanto que solo la veía ver, sin pronunciar palabra. Luego sintió vergüenza de sí mismo y se obligó a ver hacia donde ella veía.

Así quedaron por muchos minutos hasta que ella volteó su mirada y con un gesto que Mikael no supo interpretar si era de duda, de fastidio o de asombro, le hizo una pregunta:

—¿Por qué escalamos los cerros?

Se puso de pie y descendió corriendo.

Mikael ni siquiera hizo por seguirla.

—Esa noche tu sueño fue profundo —dijo Mikael a Matilde, continuando con su historia— no sentiste cuando me levanté, ni cuando me volví a acostar. Tardé en dormir y antes de hacerlo decidí que tenía que encontrar la respuesta a la pregunta que me hizo.

» A la mañana siguiente me levanté y decidí que subiría una y otra vez el cerro hasta dar con la respuesta… pero no pude Matilde, por más que insistí no encontré una respuesta. ¡No pude! ¡No pude! «

Exclamó esto último elevando la voz.

Tres días después Mikael falleció.

Una noche de viento, luego de cenar sola, como siempre, Matilde se acercó a la puerta y se puso a contemplar el cerro y se dijo a sí misma: “También se puede intentar deducir por que se escalan los cerros, sin tener que escalarlos”.

La casa del pueblo

Aburrido de la vida citadina me di a la tarea de organizar papeles, trabajo y pendientes para dejar la ciudad y dirigirme a un pequeño pueblo, hacia el norte del país, en donde pudiera encontrar reposo.

Allá tengo una casa sencilla y sin comodidades, más allá de la de compartir con la naturaleza en su estado más puro posible. Me la dejó mi abuela, quien con sus últimos esfuerzos hizo los trámites para que me quedara, luego que ella la heredara de mi abuelo muchos años atrás, cuando enviudó.

En realidad nunca fui muy apegado con mis abuelos, pero creo que el que vieran mi nombre en artículos publicados los llenaba de orgullo.

La recibí hace catorce años y recién dos después tuve todos los papeles en orden, para luego olvidarme de ella, hasta el año pasado que fue mi salida de aquella fatigada vida que había logrado.

Desde acá he seguido escribiendo, no con la misma frecuencia, pero con la suficiente para seguir existiendo. Tengo que viajar fuera del pueblo por dinero y por cosas que necesito. También por señal de Internet. Estamos tan apartados que acá no nos encuentra nadie y acaso el aislamiento haga que los pocos que estamos, estemos en paz, cada quien en lo suyo. A eso hay que sumarle que no hay construcciones continuas. Alrededor de cada construcción hay naturaleza y un buen tramo antes de encontrar la siguiente.

Al salir de mi casa, si uno ve hacia el frente, no hay nada más que monte y la vista se pierde al fondo en una montaña. Hacia la izquierda hay un camino de tierra que siguiéndolo da directo a la carretera principal, la que no es visible desde acá. Hacia la derecha hay una casa más o menos como la mía. Quizá más pequeña y más abandonada. De hecho su aspecto es tétrico. En ocasiones me gusta verla cuando el sol se está poniendo y más aún si está lloviendo. Es un escenario perfecto para dejar volar la imaginación. Quizá por eso no solía acercarme. Eso hasta una mañana en la que escuché un ruido.

Salí a tomar el sol al frente de mi casa, en una banca rústica que había colocado para mis tardes de meditación y que no llegó a tanto. Salir y sentarme solo se convirtió en rutina.

El ruido fue seco, corto, como el de un hueso grande que se quebrara. Juraría que luego de escucharlo tendría que haber un grito, pero no lo hubo.

No tenía cómo estar seguro, pero me pareció que el sonido venía de dentro de aquella casa. Podría haber sido algún animal, alguna rama, el viento mismo, pero la curiosidad se había apoderado de mí. Así que me acerqué y quizá por instinto lo hice con cautela, o al menos intentaba que mis pasos fueran silenciosos, pero terminaba parándome sobre tanta hoja seca, que más parecía que estrujaba papel aluminio.

No fui de frente, me acerqué por una ventana lateral intentando ver el interior. Las ventanas estaban cerradas y dentro obscuridad. Me pareció curioso que no hubieran grietas por donde se colara algo de luz.

Intenté ver si cedía, pero nada, firme como si estuviera recién puesta.

Fui al frente, pensando que quizá lo firme de la ventana obedecía a lo vieja de la construcción. Procuré abrir la puerta y nada. La chapa era tanto más fuerte. También parecía nueva. La puerta se veía vieja, pero no podrida. No era una puerta que uno pudiera destruir con golpes sencillos.

Di unos pasos hacia atrás y contemplé la entrada. No había indicios de que nadie hubiese estado ahí recientemente. Acaso lo único eran insectos, porque noté que en la esquina superior izquierda de la puerta, una telaraña se adueñaba del sitio. Era obscura, como si no intentara disimular su presencia.

Convencido de que había perdido mi tiempo regresé a mi hogar, pero ya no a la banca. Me fui adentro, donde no pudiera ver la casa.

Pasaron días, no sé cuántos, y la rutina volvió, hasta una mañana que salí de nuevo, con miras a salir del pueblo a conseguir algo de leña, cuando escuché un grito desgarrador. No uno de miedo, sino uno de sufrimiento, como si a alguien le hubieran arrancado las entrañas de un tajo. El ruido venía de aquella casa. Ahora corrí, pensando que quizá alguien necesitara ayuda.

Intenté abrir la puerta. Nada. Era muy fuerte. Pegué mi oido queriendo escuchar más, queriendo escuchar algo que me diera un motivo para derrumbar la puerta, porque para entonces dudaba de mí, del grito y de lo que escuché. Quizá fuera mi imaginación jugando conmigo. Necesitaba algo más. Aguardé.

Solo silencio.

De regreso quité algo de telaraña que me había quedado en mi oreja y mi cabello. Lo poco que había en la esquina de la puerta se había extendido.

Encendí el auto y abandoné el pueblo para ir por la leña.

A la noche redacté un correo. Le pedí a un amigo, periodista y buen investigador, que averiguara algo de la casa. Se lo enviaría al día siguiente, cuando saliera a conseguir señal de Internet.

De a poco me fui obsesionando con observar la casa. Salía y la veía. Más que verla la examinaba. Buscaba un indicio de que algo pasaba.

Los ruidos se sucedieron. Distintos. Extraños. Como la vez que creí escuchar el sonido de cubiertos que chocan con platos. Ya no corrí ni me acerqué. Quise aguardar por alguna información del lugar.

Cuando la recibí no decía mucho. Ponía que lo sentía, que nada extraordinario ni raro pasaba con aquella propiedad. Estaba a nombre de un tal Ricardo Bianco, único dueño desde la construcción. Padre de familia. En los registros aparecían su esposa y sus dos hijos y luego no había registros de nada, ni información de su paradero. Era como si solo hubieran desaparecido.

La noche siguiente salí al frente de mi casa a ocuparme de mi obsesión. Quería contemplarla. Estaba obscuro, propio de un lugar sin alumbrado público. Escuché un ruido y vi hacia la ventana, la misma por donde había intentado espiar, y vi una sombra. Me pareció ver un brazo que asomaba, como queriendo escapar, estirando a todo lo que daba con los dedos igual de estirados. Solo fue un instante. Pareció que algo tiraba hacia dentro y el brazo desapareció. Luego otro ruido, como el de la ventana cerrando y de nuevo aquel sonido seco, de huesos rompiéndose, que no sacaba de mi mente. No hubo gritos.

Fui a mi auto por una linterna y me acerqué, no recuerdo bien si con prisa o cuidando mis pasos. Solo sé que me acerqué y que el recorrido me pareció eterno.

Fui a la ventana a intentar abrirla. Alumbré hacia adentro y nada, era como si la obscuridad se tragara la luz.

Noté que la telaraña se había seguido extendiendo por las paredes y casi llegaba a la ventana. No quise tocarla, me dio asco. Su color y consistencia no era común.

Me alejé para abandonar de nuevo la búsqueda, pero a medio camino escuché gritos. Esta vez estaba seguro, venían de dentro de la casa. Eran gritos de dolor y escuché claramente que pedían ayuda. Más bien la imploraban. También escuché que alguien decía ¡Ya no! repetidas veces, con dolor, con sufrimiento. Corrí hacia mi auto y lo arranqué. Encaminé hacia la casa dispuesto a dar de lleno con la puerta para traerla abajo, sin pensar que podía hacer daño a alguien. Lo que quería era saber de una vez por todas lo que pasaba dentro. Aceleré. Aceleré lo más que pude en el espacio que tenía. Di de lleno y sentí cómo mi cabeza rebotaba contra el timón para regresarme hacia el asiento.

El golpe me dejó aturdido y apenas alcancé a ver que la pared y la puerta no habían cedido ni un ápice.

Intenté arrancar el auto, pero el motor echaba humo. Asumo que se había partido. Me bajé dispuesto a alejarme, no por miedo sino para conseguir ayuda.

No llegué lejos. Quedé tendido de bruces, apenas alcanzando mi casa, inconsciente. Esto lo supe a la mañana siguiente cuando logré despertar.

Lo primero que sentí fue el intenso dolor de cabeza que apenas me permitió abrir los ojos. De a poco me incorporé y fui recordando. Cuando tuve claro lo que había pasado me volteé y quedé sentado en medio del camino, contemplando la casa.

La telaraña se había apoderado de más de la tercera parte del exterior de esta y casi por completo de mi auto, que seguía quieto ahí, destrozado, contra la pared.

De dentro salían ruidos de golpes, de huesos que se quebraban. Gritos de dolor. Llanto. Lamento. Pedidos de auxilio. Creo que durante las horas que estuve ahí alcancé a reconocer cuatro voces, pero no estoy seguro. Acaso fui yo mismo creyendo que se trataba de los Bianco.

Adolorido, sin poder moverme, me brotaban lágrimas, me daba lástima, sentí coraje, impotencia, pena. Quería ayudar, pero no podía hacer nada. El impacto me había hecho daño.

Estando ahí pude ver cómo la telaraña se iba apropiando de todo, hasta comerse la casa y mi auto por completo. Los gritos y ruidos continuaban, pero se iban silenciando por la telaraña que seguía creciendo, hasta que no fueron más.

Silencio.

En algún momento la telaraña se detuvo. Una amalgama de hilos pegajosos con un líquido espeso era todo lo que tenía enfrente.

Anocheció y a rastras me acerqué hasta mi casa y logré llegar al sofá.

Dormí, no sé si la noche o fueron varias.

Escuchaba ruidos y viento. Ya no escuché gritos.

Cuando desperté, más por necedad que por convicción, creí estar listo para ir a pedir ayuda o al menos para contar a alguien lo que había acontecido. Antes de salir de casa tomé agua y me comí unas galletas que tenía en la alacena, para lograr algo de fuerza, y salí de mi casa esperando toparme con aquella aberración.

La telaraña había desaparecido, como si se la hubiera llevado el viento o se hubiera desintegrado. No quedaba un vestigio de ella ni por el suelo ni en la casa.

Me acerqué a ver qué quedaba. La casa estaba como la primera vez que la vi. A obscuras desde la ventana y bien cerrada. No había señales del golpe con mi auto, ni alguna pieza de él. Había desaparecido todo.

Avancé unos pasos para retirarme y tuve de nuevo curiosidad. Me volví y contemplé la puerta. En efecto, había una pequeña telaraña en la esquina superior de esta, pero ahora del lado derecho. Sobre ella se movía una enorme araña negra, de unos quince centímetros de largo, que me dio la sensación de que no se inmutó al darse cuenta de que la observaba.

Me fui a casa y desde entonces no he vuelto a escuchar ruidos de aquel lugar.

El regalo de la libertad

De chico fui educado como una persona que debía evitar, a toda costa, importunar las casas de otros. Nunca supe bien por qué. Supongo que el riesgo de que rompiera algo era una preocupación constante de mis padres, so pena de tener que pagar el daño causado. Era eso o evitarse la vergüenza de que no pudiese comportarme de forma adecuada y que se tuvieran que tragar las críticas. Nunca lo tuve claro.

De casas de amigos tengo muy pocos recuerdos y casi todos vagos. A excepción de unos vecinos que tuvimos por pocos años —Lo de alquilar y cambiar de vivienda fue una constante en la familia por mucho tiempo, luego solo fue el alquilar—, a los que por una temporada visitaba todos los días para las vacaciones del colegio. Era tanto lo que compartía con ellos que hoy día, por simple matemática, deberían ser de mis mejores amigos, pero no sé nada de ellos.

Para cuando cruzaba el primer año de básico, yo debería haber tenido trece años, pero tenía, porque el sistema de estudios lo permitía entonces, once —Siempre me tocó ser el más chico de la clase, favorablemente solo de edad—. Hice amistad con Olafo, quien no se llamaba así, aquel era su apodo porque algo se parecía al personaje del famoso cómic, y no es que me refiera a él así por burla, pasa que no logro recordar su nombre, porque así de profundas eran mis amistades.

Una semana antes nos habíamos dado a los golpes, con saldo de un labio hinchado para él y un ojo morado para mí. Me explicó que fue amenazado, que si no me pegaba, unos más grandes lo hubieran molido a golpes. Seguro fue tanta la culpa que me invitó a su casa a pasar un fin de semana.

Con el “no” casi asegurado le pregunté a mi papá si podía ir casa de un amigo el fin de semana, el mismo con quien me había dado de golpes. Sonrió, y dijo que sí. Fue raro, no preguntó por la pelea ni puso trabas a la petición. Solo aceptó.

El sábado por la mañana me llevó hasta la casa de Olafo, que no estaba cerca. Cuando estaba por bajar del auto, con una amplia sonrisa imposible de disimular, me preguntó si el plan era ver revistas porno o si habíamos conseguido algunos VHS de porno para pasar viendo toda la noche.

Yo hice lo que cualquier niño de once años hubiera hecho si su papá le preguntaba tal cosa: hacer cara de incomodidad, tirando a «¡Estás loco!» y expresar un alto y sonoro ¡Nooooo!

No se rindió, me dijo que no tenía nada de qué preocuparme, que era normal y que le podía contar sin problema. Entonces le fui honesto, le dije que no sabía, que al menos a mí no me habían anticipado nada.

No agregó más, ni siquiera las recomendaciones de siempre de que me portara bien. Creo que en aquel momento me vio distinto, me vio mayor y con la edad suficiente para poder confiar en mí. Aquel día crecí ante sus ojos, y más importante, ante su percepción de mí.

El fin de semana fue un asco. Lo único que recuerdo como agradable fue que Olafo tenía el LP de Kiss y nos pasamos la tarde cantando “Baby, let’s put the X in sex. Love’s like a muscle and you make me wanna flex”. Dormimos temprano, lo que mandó al garete el plan de ver unos VHS que él tenía para la ocasión. Eran de películas de miedo. Aclaro por si están imaginando otra cosa.

Al día siguiente, apenas terminó el desayuno me dirigí a la parada de bus para regresar a casa.

 * * * * *

Entonces no lo entendí, pero mi papá me dio en aquella hora un regalo, una muestra de su afecto y amor por mí. Me estaba dando libertad. Me estaba dejando ser. Estaba aceptando lo que a mí me tocaba ser por mi edad (aunque creo que me veía de 13 y no de 11 años). Me estaba diciendo que podía tomar mis propias decisiones y considerar lo que estaba bien o mal para mí.

La libertad no es el permiso para actuar, hacer o no hacer. No es la habilitación para el accionar desmedido y sin control. La libertad, la que nos acompaña en el día a día, va más de esa sensación de saber que podemos ser. Es esa seguridad de que no se nos va a dar la espalda por ser, hacer o pensar de formas que nosotros mismos pudiésemos considerar distintas o erradas.

No tengo duda que una de las más grandes muestras de amor y afecto que pueden entregarse es la libertad. De nuevo, no el permiso, sino el brindar la tranquilidad al otro de que puede ser por sí mismo, sin riesgo a perder la relación con uno, sin importar el tipo de relación que sea.

 * * * * *

A principio de aquel mismo año, mi papá me había dicho que si ya me consideraba muy grande como para seguir saludándole de beso y quería dejar de hacerlo, estaba bien.

Acepté de inmediato.

Mi papá tenía muy claro el regalo de la libertad.