Caminata nocturna

Me encontraba caminando a eso de las tres de la mañana por las calles abandonadas de mi barrio. Venía de reunirme y pasarla bien con unos amigos. También venía de perder todo el dinero que me quedaba para terminar el mes. ¡Maldito diez de espadas!

A pesar del alcohol, que se adueñaba de parte de mi funcionar físico, mi mente iba preocupada porque no tenía idea de cómo haría para alcanzar el fin de mes.
Creo que lloraba. No estoy seguro.

Trataba de convencerme de que ya antes había estado en estos apuros y de que ya más bien esto era un hábito, pero es que siempre es humillante tener que recurrir a pedir ayuda a la gente, porque pesa en el “Mi vida va de maravilla” que todos deseamos presumir.

Fue entonces que vi cómo una porción del viento tomaba forma y se apresuraba a correr, pasando frente a mí. Apenas pude verle. La figura desaparecía cuando intentaba seguirla con la vista. Di tres pasos más y de nuevo pasó frente a mí. Su velocidad era vertiginosa, pero alcancé a ver que sí era alguien que corría frente a mí.

Ocurrió una vez más. Esa vez me rodeó, siempre a gran velocidad. Dio tres vueltas a mi alrededor y desapareció hacia mi derecha.

Dejé de caminar, ya no pude, el miedo no me lo permitía. Solo esperaba.

Entonces la forma, a la distancia, se hizo más grande. La vi correr aprisa directo hacia mí. Vi sus ojos, era toda la maldad en una mirada. Venía por mí. Me haría daño. Me atacaría y yo no tendría ninguna oportunidad… pero tropezó.

Le vi trastabillar. Con sus manos intentaba no dar de lleno con el suelo. Sus pasos eran descompuestos, asincrónicos. Ahora sus movimientos eran como en cámara lenta. Escuché el gemido como de quien siente el dolor antes de tiempo. El ser, ahora desarticulado, terminó por caer de bruces, con el rostro enterrado y las articulaciones en una posición nada decorosa.

¡Qué carcajada! No recuerdo la última vez que reí así. Me dolió el estómago. Terminé sentado en el suelo gimoteando de risa.

Se puso de pie y su aspecto era por demás desagradable. Su rostro era como de quien carga un dolor muy grande encima. Me hizo pensar en su mirada de antes, como si se librara de su peso al atacarme. Ahora se veía devastado.

A pesar de su esfuerzo, soltó una risa que creció y creció.

Ahí estábamos los dos, en una calle solitaria, riendo a carcajadas el infortunio de uno de los dos, y no era el mío.

Se incorporó y se acercó con paso lento. Mi miedo había desaparecido. Ha de ser que uno tiene la idea de que no se hace daño a aquel con quien se comparten carcajadas.

Se sentó a la par mía y me vio como sin saber por dónde iniciar la conversación. Yo quería preguntar que qué era él, pero no encontraba la forma. No vale la pena enojar a alguien tan mal encarado, rápido y capaz de aquel papel de malo.

—Ya deberías estar muerto —Fue la primera frase que soltó—. Soy un demonio y vengo por tu alma —agregó con calma.

Tuve problema en articular alguna frase.

—Tranquilízate, ya arruiné el show —insistió.

En realidad intenté tranquilizarme.

—¿Qué show?

—Mi trabajo…

Hizo una pausa.

—… Más bien, mi condena, que es dedicarme a recoger las almas de la gente para llevarlas al infierno. Debo hacerlo con estilo, con clase, respetando ciertas normas, pero lo arruiné.

—¿El show?

—El show. Debo parecer malo. Debo dejar una experiencia desagradable en aquel que se topa conmigo.

—¿Para qué? —pregunté, respirando con más calma.

—No lo tengo claro. Creo que hay quienes logran escapar y luego hacen que se perpetúe esa idea del infierno al que tanto miedo le tiene la humanidad. Ha de ser que así les tienen controlados. ¡Ya sabés! El bien y el mal y todo eso.

—¿Entonces existe el cielo, el infierno, dios, el diablo…?

—No, nada de eso es cierto —rió—. La gente se muere y ya.

—¿Así sin más?

—Así sin más.

—Pero estás acá… ¿Cómo explicás que estés aquí?

—Explicá que vos estés aquí.

No pude.

—Yo soy. Y soy para esto. Asusto y la gente se muere.

—¿Cómo? —Interrumpí.

—Lo verás a su tiempo.

—¿Y cuál es tu recompensa?

—Supongo que ser. Ser lo que soy. No hay más. Tampoco aspiro a más.

—¿Nunca te lo cuestionás?

—Todo el tiempo. Como algunos de ustedes lo hacen.

—¿Y los tuyos?

—No hay. No los veo. No sé si están.

—¿Pero existen?

—Más personas mueren. Han de existir.

—Tu existencia parece triste ¿Cómo es que…

—¿Mi existencia? No tenés para llegar a fin de mes. Lo fuiste a despilfarrar todo en un juego de cartas. No tenés ni a quién pedir ayuda. Andás solo por la calle a esta hora sin que nadie se preocupe por vos ¿y mi existencia es la triste?

Parecía exaltado.

—Se les da tan bien juzgar —continuó—. Tienen tres datos y deducen la historia. Ven un acto de alguien y la tolerancia se les esfuma. No comparten una opinión y ya tienen enemigos. Su especie sí que da tristeza.

—Yo solo…

—No mi amigo, no. Aprendieron tan poco. ¡Qué bueno que su existir se corta de tajo y de ustedes no queda nada!

Guardamos silencio.

—¿Y ahora qué pasará conmigo? —dije, con miedo de la respuesta.

—Por ahora nada. No voy a matarte. Quedarás vivo y seguro hablarás de lo que te pasó, ya porque confíes en alguien o porque bebas de más.

—¿Solo me voy?

—Como lo haré yo. Igual en algún momento vendré por vos.

—¿Pronto?

Me vio con desdén y no contestó.

Se puso de pie y se marchó por donde yo venía. Me puse de pie y encaminé hacia mi casa, apenas creyendo lo que me había pasado.

Al día siguiente me desperté sobresaltado. Quise recordar lo acontecido, incluyendo la cantidad de licor que había ingerido. ¿En realidad había salvado la vida por un tropezón?

Pasaron los días y las semanas y de a poco fui restando importancia a aquella noche, convencido de que había sido exceso de alcohol o un sueño. Incluso lo conté alguna vez en reunión con amigos como eso, como un sueño curioso.

Hoy que desperté, junto a mi almohada había una nota:

«A lo mejor el alma, dios, el diablo, el cielo y el infierno sí existen. Quizá solo quise jugar con vos y con tus creencias. A lo mejor mi caída fue parte del show. Quizá lo que me proponía era crear un ser cínico, que despreciara la vida o al menos que no se afanara por ella, porque vería en su muerte un final sin más consecuencia que el final mismo. Es posible que desaprovecharas esa oportunidad racionalizando todo, culpando a la imaginación o a la bebida. A lo mejor de lo que dije solo la mitad es cierta, pero ¿qué mitad será? Quizá te toque morir pronto y venga por tu alma con otro show».

La firma de la nota dice: Tu demonio.

Carrillo

Podría contar de mi vida, de cómo aprendí a vivirla, de las actividades que siempre me gustaron, y de cómo me dediqué a matar mi tiempo pero, más allá de que le encuentro insignificante, para esta historia carece de relevancia, pues todo comienza una noche de viernes, en una cena que tuve con Carrillo, una amistad que había cultivado desde el instituto.

Nos juntábamos unas pocas ocasiones al año, cosa de no perder el contacto. Nos poníamos al día, bebíamos algunas cervezas y con un abrazo nos deseábamos buena suerte para los días venideros. Tal era la rutina y así debió ser esa que fue la última vez, pero la charla nos llevó a juzgar mi escepticismo y a cuestionar las creencias de Carrillo, quien era muy dado, más que a la religión, al esoterismo y a todo lo que tuviera tinte de raro.

—No existe tal cosa como algo sobrenatural —le insistía— si ocurre, ocurre en la naturaleza misma, por tanto es natural.

—Pasa que ustedes los escépticos lo son en teoría, pero cuando les toca experimentar, solo usan la lógica que aprendieron para huir, y puedo probarlo —refutó.

Intrigado por su prueba le dije que quería escuchar de ella, y me contó de un lugar, no muy lejos de ahí, en el que un brujo realizaba sus trabajos.

—Su especialidad es el intercambio de almas —me dijo.

Yo reí. Reí con gusto. Con ganas. Reí como deberían reírse todas las risas.

—Podemos ir si quieres —intentó interrumpirme con evidente molestia— ¿O te vas a quedar con la teoría?

Sin dejar de reírme le dije que aceptaba, sin siquiera meditarlo. Luego agregué que los gastos correrían por su cuenta.

Acordamos que haría la cita y me confirmaría en un par de días, para luego cambiar de tema y despedirnos con un abrazo, ahora sin miras a un futuro lejano.

La cita quedó hecha para el sábado por la tarde. Llegué a la dirección que me había proporcionado. Una construcción humilde, como abandonada, en un callejón, sin nada que llamara la atención. Una casa más. El hogar de un embuste más.

Entramos y contrario a lo que imaginé, el lugar era iluminado. Un hombre delgado, que estaría en sus cincuentas, se presentó como el brujo —Nunca supe su nombre—. Nos invitó a sentarnos en unos sofás cómodos. Ya sabía a lo que íbamos, así que no hizo preguntas.

Esperé un discurso que creara ambiente y alguna frase que le diera salida. Una salida tipo que si no creíamos, no lograría hacer el cruce de almas. Nada de eso ocurrió. Cerró los ojos, como meditando, juntó sus manos y luego de unos segundos dijo con cierta euforia: “¡Ya está!”.

Yo reí hacia mis adentros.

Nos pusimos de pie. Salimos del lugar y ya en la calle le dije a Carrillo que lamentaba la pérdida de su dinero y que esperaba que no se siguiera burlando de los escépticos teóricos.

—De ellos sí —fue todo lo que dijo, con una amplia sonrisa en su rostro a la que interpreté como un esfuerzo por ocultar la vergüenza que sentía.

Nos abrazamos y nos despedimos.

De camino a casa vi como la tarde se ponía gris y el ambiente se tornaba asfixiante. Sentí mis pasos pesados, como si poco a poco fueran agregando arena dentro de mis zapatos.

Pensé en lo absurdo de aquella sesión. En lo absurdo de la discusión con Carrillo. En lo absurdo de nuestras juntas. En lo absurdo de querer mantener una amistad que poco aportaba a los días.

Llegué a casa y solo tuve fuerza para acostarme y tratar de olvidarme de todo.

Desde aquel día la vida se me volvió cuesta arriba. Los días carecen de sentido. Mi vida no tiene objeto. Ya no hay porqués. Los proyectos en los que creí son un sinsentido. Las ganas me huyen, se esconden, juegan conmigo, como si mi desdén por la existencia les hubiera ofendido y ya no quisieran tener nada que ver con mi persona.

De aquella sesión con el brujo ya pasaron cuatro meses. Hoy he salido de mi tercera sesión con el psicólogo. Hemos discutido, casi peleado. Es que se niega a creer que la depresión habita en el alma.

¡Te odio Carrillo! ¡Te odio!

Mi puerta

Hastiado del insomnio y de la vida, que me tenía en vela cuando debería estar durmiendo, me puse de pie procurando no hacer ni el menor ruido para no despertar a nadie. Tomé un abrigo que tenía a mano, porque aunque la vida no importe el frío se sufre, y fuera estaba helado. Caminé zapatos en mano. Abrí la puerta de la entrada, salí y volví a cerrarla con llave por seguridad, porque mi desajustada vida no tendría que pasarles factura a aquellos que, cómodos, descansaban en sus habitaciones.

Vi la hora hasta que estuve en la calle. Eran casi las tres de la mañana. La noche vestía un manto negro que lo arropaba todo. La luna descansaba. Los faroles apenas alzaban la vista. Las calles habían ahuyentado todo dejo de vida.

Caminé por caminar, sin fijarme mucho hacia dónde, con el rostro bajo, contemplando solo las zancadas que daba. Creo que disfruté el rítmico sonido de las suelas de mis zapatos chocando contra el asfalto, pero hace tanto que no disfruto algo, que no puedo estar seguro.

No sé cuánto tiempo estuve caminando, pero de pronto me inundó el miedo porque me alcanzara la mañana. No quería dar explicaciones. No quería contar mis porqués, o en todo caso, no quería verme en la necesidad de tener que inventar alguno. No quería ver sus rostros de sorpresa o de fingida preocupación. Quería regresar como me fui, solo, sin testigos, sin motivos.

Fui consciente de dónde andaba y aceleré el paso sin ver el reloj. Podía verlo, pero la duda mantenía mi paso apurado.

Cuando llegué a la calle de mi casa tomé la llave y como siempre jugué un poco con ella en mi mano, hasta alcanzar la puerta. Cuando estuve de frente no la reconocí. No era mi puerta.

Retrocedí mis pasos para ubicarme. Pensé que habría confundido la calle o la casa, pero su fachada era muy particular. Nada por los alrededores se parecía a aquella vieja construcción tipo victoriano que daba la impresión de que caería en cualquier momento.

Me acerqué de nuevo.

La puerta de casa era de madera robusta, dañada sí, pero era la parte más robusta del frente de la casa. Era de un café claro, que no quedaba bien con los tonos celestes y blancos de las paredes y ventanas. La nueva puerta era de metal, un metal negro con remaches alrededor. Estaba fría, muy fría.

Me alejé de nuevo. Fui hasta la esquina. Buscaba rótulos o algo que me indicara mi equivocación. La noche seguía obscura. No cambiaba. Me alejé aún más. Todo igual. Todo familiar. Aquella era sin duda mi calle y sin duda esa era mi casa.

Regresé y me senté en la banqueta de enfrente. Decidí que lo mejor era esperar a que llegara la mañana y a que alguno saliera. Tendría que reconocer a alguien o por el contrario, darme cuenta de que estaba en un error. Vi la hora, faltaban quince para las cinco de la mañana. Amanecería en media hora y las calles volverían a tener vida, la noche se esfumaría, los faroles dormirían y los sonidos inundarían el lugar.

Aguardé.

Aguardé una eternidad.

Vi mi reloj y marcaba quince para las cinco. Lo maldije. ¡Vaya momento para arruinarse o quedarse sin batería!

Aguardé más, ahora de pie. Caminaba de un lado a otro.

Seguía la noche.

Seguía el silencio.

Seguía la ausencia de vida.

Desesperé. Estaba seguro de que habían pasado horas desde que me puse a esperar por el amanecer. No era mi reloj el que fallaba.

Corrí hasta la puerta y puse mis manos sobre ella. El frío me llegó profundo y lloré. Lloré de angustia. Lloré de desconsuelo. Lloré, quizá de rabia. Tomé la llave de mi bolsillo y la puse en la puerta y… y la llave entró sin problema.

Sentí cómo un temblor inundó mi cuerpo, comenzando por mi mano derecha, la que sostenía la llave.

Respiré profundo. Quise engañarme. Hacerme creer que mi puerta era de metal, que siempre había sido de metal, pero no, mi puerta siempre fue de madera. Recuerdo hasta el sonido que hacía cuando la somataba, mientras partía encolerizado de casa.

Saqué la llave y la introduje de nuevo. Hice eso varias veces. No recuerdo cuántas.

En una de esas oportunidades me armé de valor y muy despacio intenté girar la llave… y giró. Mi llave abrió la puerta sin problema, ya solo tenía que empujarla… pero… pero no pude… Lento regresé el giro, como esperando que nadie de adentro escuchase. Una vez asegurada, saqué la llave y me alejé unos pasos.

Aún es de noche. No sé cuántas horas habrán pasado ya. Según yo han de ser meses. Me dedico a caminar por estas calles sin vida, por este sitio sin luna, contemplando estos faroles adormitados.

De vez en vez regreso a mi casa, veo la puerta de metal y me acerco decidido a abrirla, pero no logro empujarla. Me aterra lo que pueda haber dentro. Me gana el miedo, así que retiro la llave y sigo caminando.

¡Tengo frío!

He pensado que quizá deba deshacerme de esta llave, aventarla lejos pero… ¿Y si nunca más logro encontrar mi puerta?

Búsqueda

Recibí la llamada y salí tan rápido como pude. Papá había salido de casa a comprar una medicina y ahora yacía en una cama de hospital. Un conductor perdió el control de su auto, se subió a la banqueta, se llevó consigo unos vitrales, algunos rótulos y estaba a punto de llevarse la vida de mi progenitor.

Lo encontré como ausente. No hablaba. Veía como sin enfocar. Solo verlo supe que la vida de papá le había abandonado. Cuando me miró puso cara de angustia, lo que hizo que me acercara con prisa. Con mucho esfuerzo me tomó del brazo y me jaló hacia sí. Me dio la sensación de que había estado esperando por mí. Le llevó un tiempo y luego con esfuerzo logró pronunciar unas pocas frases: “Encuéntralo. En mi otra casa. ¡Encuéntralo!”.

Extendió la última sílaba y exhaló por última vez.

Dar con su otra casa no fue difícil. El inmueble estaba a su nombre en el Registro de Propiedad. Lo complicado fue tomar valor de presentarme a un lugar del que hasta hace poco desconocía su existencia y presentarme a buscar algo sin saber qué debería encontrar. Es algo así como buscar la felicidad cuando no se sabe lo que eso es.

Un jueves por la tarde me salí de la oficina y fui a la dirección. Una casa bien conservada con un jardín cargado de colores y una cerca que no ponía ninguna seguridad. Toqué el timbre y al poco salió una señora, no anciana, tampoco joven, de modos amables. Se acercó hasta la puerta con la frase: “Tú debes ser el hijo de Danilo”.

Recuperado de la impresión, Silvina me invitó a pasar. Dentro el ambiente estaba cargado de luz artificial y con todo, no dejaba de ser un sitio acogedor. Me senté y acepté la taza de café que me ofreció.

Mientras traía el café comenzó a hablar:

— Sé que no lo sabes, así que es más fácil empezar por acá: por muchos años yo fui la amante de tu padre. — No esperó a que reaccionara, solo continuó hablando — Era un buen hombre y nunca quiso hacerle daño a tu madre, quien nunca llegó a enterarse. Con él manteníamos comunicación constante, pero venía poco, cosa de no despertar alarmas en su matrimonio, al que nunca descuidó. Yo no era exigente y él era relajado. Incluso después de la muerte de tu madre no hicimos por formalizar nada. Llevábamos muchos años con nuestra misma dinámica y eso nos sentaba bien.

No supe bien cómo reaccionar. Sentí que debía sentirme ofendido, pero hubiese sido actuado. Así que solo sonreí.

— Mi padre… ¡Quién lo diría! —dije, esbozando una sonrisa.
— Haces bien en no juzgarlo. Y en no juzgar a una desconocida como yo.
— El accidente…
— Sí, el accidente. Me dolió mucho. Me sigue doliendo. En realidad lo quería y… Bueno, hay poco que decir al respecto, no te preocupes.
— Antes de morir me dijo que encontrara algo y que lo buscara acá, en su otra casa.
— Dijo que vendrías. Ven.

Me llevó a una sala más pequeña que estaba al lado. Había un par de sofás, una pequeña librera con varios libros, un equipo de sonido y una lámpara muy particular.

— Compartimos mucho de nuestro tiempo aquí. Las horas se nos iban entre café, música y libros. Casi todos son de él. Tienen su nombre. Si quieres llevártelos…

Insistí en que no, que aquello era algo que había compartido con ella y que aquel era su lugar. Pero sí me permití tomar algunos para ver los títulos y su nombre escrito con su propia letra.

— Creo que lo que buscas es esto — me dijo.

Era un cuaderno. Dentro tenía anécdotas o historias escritas por papá. Leí un par y no me parecieron particularmente buenas. Hubiera querido leerlas todas, pero lo encontré descortés, así que solo hojeé hasta la última página escrita. En ella estaba escrita una frase, con letras grandes: “LA GENTE SE EMPEÑA EN BUSCAR LUGARES Y SE OLVIDA DE BUSCAR TIEMPOS”.

Sonreí y al mismo tiempo sentí cómo una lágrima se situaba en mi ojo. No tuve duda, aquello era lo que papá me dejaba. Una gran verdad. Una frase de sabiduría. Algo que pudiera usar por el resto de mi vida.

Con júbilo y acelerado abracé a Silvina y le di las gracia. Le prometí que volvería para que me contara más de papá, aunque sabía que nunca cumpliría esa promesa. Quiso decir algo, pero no la dejé. Salí de la casa casi corriendo y llegué a la mía entre sonrisas y llanto.

Mi matrimonio atravesaba problemas, la rutina, que no pudimos entender, nos estaba consumiendo. Cuando llegué le pedí a mi esposa el divorcio, empaqué algunas cosas y me fui de casa, dejándola a ella atrás, y con ella a los niños. No me desentendería de ellos, le di mi palabra. Lo que quería era mi libertad a cualquier precio. Lo que quería era buscar mis tiempos y dejar de desperdiciarlos.

Fue hasta el lunes que presenté mi renuncia de aquel trabajo que nunca me satisfizo. Cambié de número de celular y así perdí a casi todos mis amigos y conocidos. Si la vida que llevaba no me gustaba era porque los ingredientes en ella eran defectuosos y tenía que cambiarlos sin perder tiempo, estaba seguro.

Papá murió hace siete años. Ahora vivo en un pequeño y desordenado apartamento, con muy pocas obligaciones.

Hoy por la mañana quise contactar con Silvina, pero fui a su casa a enterarme de que falleció hace un par de años. Y es que… encontré lo que papá me dijo pero, ahora no sé qué hacer con tanto tiempo libre.

“La gente se empeña en buscar lugares y se olvida de buscar tiempos”. Quizá Silvina tenía algo que aportar a eso o yo lo entendí mal… Quizá no era eso lo que papá quería que encontrara.

¡Maldición! ¡Cómo diantres se busca algo que no se sabe lo que es!

El cerro

Llevaba catorce años de casado cuando heredó la casa de sus padres, una construcción firme de amplios espacios, rodeada por completo de verdes jardines abundante en plantas y adornados por varios árboles. Un lujo que los de la ciudad no pueden darse, solía comentar Mikael, cuando hablaba de las bondades del lugar en donde vivía y en el que vivió su infancia, y cuando recordaba las muchas veces que escaló el cerro que estaba enfrente de la casa, justo al cruzar la calle. A veces lo hacía por jugar, a veces por estar solo y a veces solo lo hacía por hacerlo, decía.

Acumularon años de matrimonio en esa vivienda, con las vicisitudes propias de la vida en pareja, ni más ni menos que eso. Si se les preguntaba, se definían como un matrimonio solido y feliz, aunque luego ninguno pudiera explicar lo que es la felicidad.

Un día se levantó muy temprano. Se abrigó, salió de casa y subió el cerro hasta la cima. Estuvo arriba unos pocos minutos y descendió a tiempo para alistarse, desayunar y retomar la rutina de su día. Matilde, su esposa, no dijo nada, creyendo que solo había sido un día en el que se levantó con vitalidad.

A la noche, luego de la cena, Mikael se cambió de ropa y volvió a subir el cerro hasta la cima, aguardó unos minutos y luego descendió.

Para Matilde aquello ya era mucho y se vio obligada a cuestionar, más solo alcanzó como respuesta un simple: “Es algo que debo hacer, al menos por un tiempo”.

A Matilde le pareció bien que se ejercitara un poco y se distrajera, así que no se opuso. Con el tiempo fue testigo de cómo aquellas dos actividades y la congoja en la mirada de Mikael, se convirtió en parte habitual de sus días, porque él no dejaba de subir así hubiera mal clima o estuviese enfermo.

Los años siempre pasan y para Mikael no fue distinto. Envejeció y la fuerza le fue abandonando. Insistió en su rutina, hasta que un día ya no pudo subir más. En esa ocasión Matilde le vio llorar como no lo hizo nunca, con dolor honesto, con tristeza real, con llanto que salía de lo más profundo de su impotencia. No le dijo nada, solo le tomó de la mano y con la otra le acariciaba, mientras le dejó desahogar.

A partir de entonces Mikael ya solo se paraba en la puerta a contemplar el cerro una vez por la mañana y una vez por la noche mientras suspiraba, pero su nueva rutina no duró mucho. Unas semanas después cayó enfermo y supo que aquello era el final.

Su despedida de Matilde fue contar lo que le ocurrió años atrás:

Una noche ya entrada en horas, Mikael no podía dormir y se levantó por un vaso de agua, pero nunca llegó a la cocina. Por la ventana contempló el cerro y decidió descansar sobre el marco de la puerta de entrada para apreciarlo aún con más calma, recordando y reviviendo aquellos días de infancia en los que la felicidad también le rodeaba, pero en los que no necesitaba una definición de ella.

Perdido entre recuerdos e ideas alcanzó a ver algo que se movía hacia la cima del cerro. Una sombra, una silueta, un cabello largo ondeando por el viento. Estaba seguro que no era un animal, más bien parecía una mujer. La contempló llegar a la cima y ¿sentarse?

Lo que más mueve al ser humano es la curiosidad, y apoyado en esta Mikael emprendió la escalada hasta la cima, con decisión en el pecho y temor en las piernas.

La subida no fue tan fácil como lo era cuando los años no le pesaban en la espalda. Desde que se había marchado de casa no había vuelto a escalar el lugar, aunque siempre pregonaba que pronto lo haría.

Casi llegando, fatigado y sudado, no supo si hacer ruido para hacerse notar o aparecer con cuidado para no asustar a la mujer que seguía sentada en el suelo viendo hacia la nada que la obscuridad envolvía en la distancia.

—No quiero asustarte, solo me dio curiosidad que alguien subiera a esta hora y…

Guardó silencio esperando alguna reacción, pero no la hubo.

Cuando consideró que había esperado lo suficiente, insistió.

—Perdón, es que, no me explico por qué vienes acá a esta hora yo solo…

De nuevo la pausa y de nuevo no hubo reacción.

La escena se tornó incómoda para Mikael. Pensaba en marcharse cuando la mujer golpeó con la palma de su mano el suelo que estaba a su lado, en clara señal de que le invitaba a sentarse a la par de ella.

Mikael obedeció y hasta ese momento contempló un rostro de mujer de rasgos firmes y no particularmente bellos, pero de unos ojos encendidos, que parecían querer absorber todo cuanto les rodeaba. A Mikael le gustaron tanto que solo la veía ver, sin pronunciar palabra. Luego sintió vergüenza de sí mismo y se obligó a ver hacia donde ella veía.

Así quedaron por muchos minutos hasta que ella volteó su mirada y con un gesto que Mikael no supo interpretar si era de duda, de fastidio o de asombro, le hizo una pregunta:

—¿Por qué escalamos los cerros?

Se puso de pie y descendió corriendo.

Mikael ni siquiera hizo por seguirla.

—Esa noche tu sueño fue profundo —dijo Mikael a Matilde, continuando con su historia— no sentiste cuando me levanté, ni cuando me volví a acostar. Tardé en dormir y antes de hacerlo decidí que tenía que encontrar la respuesta a la pregunta que me hizo.

» A la mañana siguiente me levanté y decidí que subiría una y otra vez el cerro hasta dar con la respuesta… pero no pude Matilde, por más que insistí no encontré una respuesta. ¡No pude! ¡No pude! «

Exclamó esto último elevando la voz.

Tres días después Mikael falleció.

Una noche de viento, luego de cenar sola, como siempre, Matilde se acercó a la puerta y se puso a contemplar el cerro y se dijo a sí misma: “También se puede intentar deducir por que se escalan los cerros, sin tener que escalarlos”.

La casa del pueblo

Aburrido de la vida citadina me di a la tarea de organizar papeles, trabajo y pendientes para dejar la ciudad y dirigirme a un pequeño pueblo, hacia el norte del país, en donde pudiera encontrar reposo.

Allá tengo una casa sencilla y sin comodidades, más allá de la de compartir con la naturaleza en su estado más puro posible. Me la dejó mi abuela, quien con sus últimos esfuerzos hizo los trámites para que me quedara, luego que ella la heredara de mi abuelo muchos años atrás, cuando enviudó.

En realidad nunca fui muy apegado con mis abuelos, pero creo que el que vieran mi nombre en artículos publicados los llenaba de orgullo.

La recibí hace catorce años y recién dos después tuve todos los papeles en orden, para luego olvidarme de ella, hasta el año pasado que fue mi salida de aquella fatigada vida que había logrado.

Desde acá he seguido escribiendo, no con la misma frecuencia, pero con la suficiente para seguir existiendo. Tengo que viajar fuera del pueblo por dinero y por cosas que necesito. También por señal de Internet. Estamos tan apartados que acá no nos encuentra nadie y acaso el aislamiento haga que los pocos que estamos, estemos en paz, cada quien en lo suyo. A eso hay que sumarle que no hay construcciones continuas. Alrededor de cada construcción hay naturaleza y un buen tramo antes de encontrar la siguiente.

Al salir de mi casa, si uno ve hacia el frente, no hay nada más que monte y la vista se pierde al fondo en una montaña. Hacia la izquierda hay un camino de tierra que siguiéndolo da directo a la carretera principal, la que no es visible desde acá. Hacia la derecha hay una casa más o menos como la mía. Quizá más pequeña y más abandonada. De hecho su aspecto es tétrico. En ocasiones me gusta verla cuando el sol se está poniendo y más aún si está lloviendo. Es un escenario perfecto para dejar volar la imaginación. Quizá por eso no solía acercarme. Eso hasta una mañana en la que escuché un ruido.

Salí a tomar el sol al frente de mi casa, en una banca rústica que había colocado para mis tardes de meditación y que no llegó a tanto. Salir y sentarme solo se convirtió en rutina.

El ruido fue seco, corto, como el de un hueso grande que se quebrara. Juraría que luego de escucharlo tendría que haber un grito, pero no lo hubo.

No tenía cómo estar seguro, pero me pareció que el sonido venía de dentro de aquella casa. Podría haber sido algún animal, alguna rama, el viento mismo, pero la curiosidad se había apoderado de mí. Así que me acerqué y quizá por instinto lo hice con cautela, o al menos intentaba que mis pasos fueran silenciosos, pero terminaba parándome sobre tanta hoja seca, que más parecía que estrujaba papel aluminio.

No fui de frente, me acerqué por una ventana lateral intentando ver el interior. Las ventanas estaban cerradas y dentro obscuridad. Me pareció curioso que no hubieran grietas por donde se colara algo de luz.

Intenté ver si cedía, pero nada, firme como si estuviera recién puesta.

Fui al frente, pensando que quizá lo firme de la ventana obedecía a lo vieja de la construcción. Procuré abrir la puerta y nada. La chapa era tanto más fuerte. También parecía nueva. La puerta se veía vieja, pero no podrida. No era una puerta que uno pudiera destruir con golpes sencillos.

Di unos pasos hacia atrás y contemplé la entrada. No había indicios de que nadie hubiese estado ahí recientemente. Acaso lo único eran insectos, porque noté que en la esquina superior izquierda de la puerta, una telaraña se adueñaba del sitio. Era obscura, como si no intentara disimular su presencia.

Convencido de que había perdido mi tiempo regresé a mi hogar, pero ya no a la banca. Me fui adentro, donde no pudiera ver la casa.

Pasaron días, no sé cuántos, y la rutina volvió, hasta una mañana que salí de nuevo, con miras a salir del pueblo a conseguir algo de leña, cuando escuché un grito desgarrador. No uno de miedo, sino uno de sufrimiento, como si a alguien le hubieran arrancado las entrañas de un tajo. El ruido venía de aquella casa. Ahora corrí, pensando que quizá alguien necesitara ayuda.

Intenté abrir la puerta. Nada. Era muy fuerte. Pegué mi oido queriendo escuchar más, queriendo escuchar algo que me diera un motivo para derrumbar la puerta, porque para entonces dudaba de mí, del grito y de lo que escuché. Quizá fuera mi imaginación jugando conmigo. Necesitaba algo más. Aguardé.

Solo silencio.

De regreso quité algo de telaraña que me había quedado en mi oreja y mi cabello. Lo poco que había en la esquina de la puerta se había extendido.

Encendí el auto y abandoné el pueblo para ir por la leña.

A la noche redacté un correo. Le pedí a un amigo, periodista y buen investigador, que averiguara algo de la casa. Se lo enviaría al día siguiente, cuando saliera a conseguir señal de Internet.

De a poco me fui obsesionando con observar la casa. Salía y la veía. Más que verla la examinaba. Buscaba un indicio de que algo pasaba.

Los ruidos se sucedieron. Distintos. Extraños. Como la vez que creí escuchar el sonido de cubiertos que chocan con platos. Ya no corrí ni me acerqué. Quise aguardar por alguna información del lugar.

Cuando la recibí no decía mucho. Ponía que lo sentía, que nada extraordinario ni raro pasaba con aquella propiedad. Estaba a nombre de un tal Ricardo Bianco, único dueño desde la construcción. Padre de familia. En los registros aparecían su esposa y sus dos hijos y luego no había registros de nada, ni información de su paradero. Era como si solo hubieran desaparecido.

La noche siguiente salí al frente de mi casa a ocuparme de mi obsesión. Quería contemplarla. Estaba obscuro, propio de un lugar sin alumbrado público. Escuché un ruido y vi hacia la ventana, la misma por donde había intentado espiar, y vi una sombra. Me pareció ver un brazo que asomaba, como queriendo escapar, estirando a todo lo que daba con los dedos igual de estirados. Solo fue un instante. Pareció que algo tiraba hacia dentro y el brazo desapareció. Luego otro ruido, como el de la ventana cerrando y de nuevo aquel sonido seco, de huesos rompiéndose, que no sacaba de mi mente. No hubo gritos.

Fui a mi auto por una linterna y me acerqué, no recuerdo bien si con prisa o cuidando mis pasos. Solo sé que me acerqué y que el recorrido me pareció eterno.

Fui a la ventana a intentar abrirla. Alumbré hacia adentro y nada, era como si la obscuridad se tragara la luz.

Noté que la telaraña se había seguido extendiendo por las paredes y casi llegaba a la ventana. No quise tocarla, me dio asco. Su color y consistencia no era común.

Me alejé para abandonar de nuevo la búsqueda, pero a medio camino escuché gritos. Esta vez estaba seguro, venían de dentro de la casa. Eran gritos de dolor y escuché claramente que pedían ayuda. Más bien la imploraban. También escuché que alguien decía ¡Ya no! repetidas veces, con dolor, con sufrimiento. Corrí hacia mi auto y lo arranqué. Encaminé hacia la casa dispuesto a dar de lleno con la puerta para traerla abajo, sin pensar que podía hacer daño a alguien. Lo que quería era saber de una vez por todas lo que pasaba dentro. Aceleré. Aceleré lo más que pude en el espacio que tenía. Di de lleno y sentí cómo mi cabeza rebotaba contra el timón para regresarme hacia el asiento.

El golpe me dejó aturdido y apenas alcancé a ver que la pared y la puerta no habían cedido ni un ápice.

Intenté arrancar el auto, pero el motor echaba humo. Asumo que se había partido. Me bajé dispuesto a alejarme, no por miedo sino para conseguir ayuda.

No llegué lejos. Quedé tendido de bruces, apenas alcanzando mi casa, inconsciente. Esto lo supe a la mañana siguiente cuando logré despertar.

Lo primero que sentí fue el intenso dolor de cabeza que apenas me permitió abrir los ojos. De a poco me incorporé y fui recordando. Cuando tuve claro lo que había pasado me volteé y quedé sentado en medio del camino, contemplando la casa.

La telaraña se había apoderado de más de la tercera parte del exterior de esta y casi por completo de mi auto, que seguía quieto ahí, destrozado, contra la pared.

De dentro salían ruidos de golpes, de huesos que se quebraban. Gritos de dolor. Llanto. Lamento. Pedidos de auxilio. Creo que durante las horas que estuve ahí alcancé a reconocer cuatro voces, pero no estoy seguro. Acaso fui yo mismo creyendo que se trataba de los Bianco.

Adolorido, sin poder moverme, me brotaban lágrimas, me daba lástima, sentí coraje, impotencia, pena. Quería ayudar, pero no podía hacer nada. El impacto me había hecho daño.

Estando ahí pude ver cómo la telaraña se iba apropiando de todo, hasta comerse la casa y mi auto por completo. Los gritos y ruidos continuaban, pero se iban silenciando por la telaraña que seguía creciendo, hasta que no fueron más.

Silencio.

En algún momento la telaraña se detuvo. Una amalgama de hilos pegajosos con un líquido espeso era todo lo que tenía enfrente.

Anocheció y a rastras me acerqué hasta mi casa y logré llegar al sofá.

Dormí, no sé si la noche o fueron varias.

Escuchaba ruidos y viento. Ya no escuché gritos.

Cuando desperté, más por necedad que por convicción, creí estar listo para ir a pedir ayuda o al menos para contar a alguien lo que había acontecido. Antes de salir de casa tomé agua y me comí unas galletas que tenía en la alacena, para lograr algo de fuerza, y salí de mi casa esperando toparme con aquella aberración.

La telaraña había desaparecido, como si se la hubiera llevado el viento o se hubiera desintegrado. No quedaba un vestigio de ella ni por el suelo ni en la casa.

Me acerqué a ver qué quedaba. La casa estaba como la primera vez que la vi. A obscuras desde la ventana y bien cerrada. No había señales del golpe con mi auto, ni alguna pieza de él. Había desaparecido todo.

Avancé unos pasos para retirarme y tuve de nuevo curiosidad. Me volví y contemplé la puerta. En efecto, había una pequeña telaraña en la esquina superior de esta, pero ahora del lado derecho. Sobre ella se movía una enorme araña negra, de unos quince centímetros de largo, que me dio la sensación de que no se inmutó al darse cuenta de que la observaba.

Me fui a casa y desde entonces no he vuelto a escuchar ruidos de aquel lugar.

Caminata

Ese día lo pensé poco, porque las decisiones drásticas, que no las importantes, se meditan así. Caminé alejándome de lo que me era conocido, como buscando, sin buscarlo, estar en un lugar nuevo. En un mundo desconocido con rostros distintos, pero no tuve suerte, los mismos rostros se repiten una y otra vez a lo largo de la vida.

En algún sitio y en alguna hora que desconozco, estuve solo. Solo por completo. No había ruido ni movimiento. No había gestos ni pasos. Estuve solo como nunca y sentí paz y luego sentí encierro.

Encerrado entre esquinas, entre calles y entre la nada, quise moverme, abandonar el sitio, pero no pude. Sentí que mis pies se movían pero mi vista era la misma. Las cosas no se acercaban ni se alejaban, como cuando se camina en una banda sin fin.

Tampoco sentí cansancio.

Daba lo mismo estar de pie que caminando, así que decidí caminar.

Una vez escuché a una anciana decir que lo terrorífico de la muerte es que ésta es la repetición infinita de lo que uno hizo en el último instante de vida.

¡Maldita sea! Con tantas opciones en la vida, a mí se me ocurrió salir a caminar por un lugar sin recuerdos.

Prisionero

Despertó intranquilo como siempre, inseguro como siempre, odiando la vida como siempre. Con la sensación de que la fortuna se la había tomado personal contra él.

Maldijo la mañana, maldijo la hora y maldijo el haber vuelto a despertar.

Se puso de pie. Se arrancó las ropas con las que dormía y buscó las del día anterior. Apenas terminó de acomodarla salió a la calle, cabizbajo, no en gesto inducido por la tristeza, sino como quien va urdiendo un plan.

Enrique nació un día de fuerte tormenta, cuando en las calles y hospitales apenas había gente. Se diría que la tristeza y la desolación estaban escritas en su destino. Un muchacho bien, sin grandes defectos, ni particularidades que le hicieran distinto, fue por cuenta propia que se fue alejando de la humanidad, mientras más iba indagando en las mezquindades de las que la especie es capaz.

Se ocupó tanto de ver el lado obscuro de los humanos y de las sociedades, que frente a sus ojos desaparecieron las buenas obras, los sentimientos, los perfumes y los colores. Creó para sí un mundo gris que detestaba y al que solo aceptaba porque era el suyo, hasta que vio el sinsentido de una existencia que no quiere ser y optó por terminar con su vida.

Alcanzó una banca sobre una banqueta, que siempre era su destino, y donde todos los días decidía una forma distinta de morir.

Desesperado y cansado de aquel ritual, decidió que lo haría fácil. Conocía de vías principales, de caminos y de transportes. Sabía que tres cuadras hacia el sur pasaban constantemente cargamentos con destino al puerto y, si bien era consciente de que metería en problemas al conductor, en un mundo gris aquellas son cosas por las que no vale la pena preocuparse.

Se puso de pie y comenzó a caminar. Sus pasos eran firmes, pero sin prisa. Enrique siempre sostuvo que el suicidio no es un escape por el que se atraviesa de forma despavorida, para él es una actividad digna, que hay que saber disfrutar. Creía que todos los sentidos deben estar atentos al adiós que se le da a la vida. Y sostenía que de esos momentos hay que llevarse, por si acaso, las imágenes, como recuerdos de lo último que se vio, incluyendo lugares, personas y gestos.

Su acto solemne terminó cuando estuvo en el punto que le pareció el adecuado. Entonces observó las señales de tránsito, los carriles, los camiones y todo tipo de transporte pesado que se dejaban venir con libertad de velocidad por aquel tramo.

Sin terminar de convencerse, espero poco más de 45 minutos, hasta que vio el tráiler que le pareció el indicado. Cuando estuvo muy cerca, tanto que al chofer no le daría tiempo de frenar ni esquivarlo, saltó frente a él.

Le dio de frente quebrando huesos y reventando su piel, para que luego las llantas completaran el trabajo. Fue tan rápido, que Enrique logró sentir la muerte antes del impacto y apenas logró ver el gesto del conductor y sonreír.

A la mañana siguiente despertó intranquilo como siempre, inseguro como siempre, odiando la vida como siempre. Con la sensación de que la fortuna se la había tomado personal contra él.

Enrique había quedado atrapado en su suicidio, sin lograr escapar de él. Sabía que no era un sueño, porque recordaba todos y cada uno de sus intentos, pero estaba decidido a ganar aquella batalla, porque también era prisionero de su deseo: tenía claro que el suicida no desea la muerte, solo anhela el descanso.

Luego de maldecir como todos los días, se arrancó las ropas con las que dormía y buscó las suyas, las del día anterior. Abandonó el hospital, como lo hacía siempre, por la puerta de entrada y, cabizbajo, encaminó hacia su banca. Aquel era un día particularmente frío, quizá de hipotermia en el río, iba pensando.

Usted

Aquel fue un día muy traqueteado. Una pesada jornada de trabajo que incluyó el mal humor del jefe, porque pareciera que estar de malas es requisito para cualquier jefatura, largas e improductivas reuniones y el café derramado en mi camisa blanca, que no hacía por disimular mi desatino.

Cansado y malhumorado —que supongo era la meta de mi jefe— aventé algunas cosas dentro de mi maletín y salí a toda prisa de la oficina sin despedirme de nadie.

Las cuadras hasta la parada son muchas, en especial si se lleva el rostro agachado para evitar cualquier mirada, cualquier sonrisa y cualquier gesto que haga sospechar al desconocido transeúnte que uno aún carga con algo de humanidad.

Al fondo y sin que levantase sospecha, se dejó escuchar un trueno que nos hacía saber que en nada empezaría a llover.

¡Maldita mi suerte!

La lluvia acompaña bien a la felicidad y a la tristeza, pero no al enojo, porque enoja más. Se siente como si la vida misma se riera de uno.

A los pocos minutos caía agua y decaía mi energía.

Mantuve el paso presuroso, pero sin afán por llegar pronto a un destino que no me apetecía. Un solitario apartamento de un octavo piso con vista a una bella plaza que cada vez parecía más triste, porque la tristeza que se ve en las cosas parte de la mirada de uno, y una cena insípida, porque la sazón de la comida radica en el estado de ánimo con el que se le consume.

La lluvia seguía golpeando, el paso seguía presuroso, la tarde seguía sin gracia y el mañana… No, no pensaba en el mañana, no pensaba en el después, no pensaba en nada o más bien, no quería pensar en nada. Bajé de la acera para cruzar la calle, no volteé, no era consciente de mi andar, solo caminé con la vista hacia abajo, sin prestar atención, sin voltear a ver y en eso un ¡Boom! me trajo de regreso a la realidad.

Me di de lleno contra ella a media calle. Nos chocamos con fuerza, con brusquedad. Nos rodeó el sonido de frenos, de llantas aferrándose al pavimento, de bocinas alertando, como queriendo evitar la tragedia.

Seguro ella también vendría con la mirada hacia abajo y no me vio. ¿Estaría huyendo? ¿Iría cansada? ¿Habría tenido un día tan malo como el mío? ¿Tampoco anhelaría llegar a su destino? ¿Por qué no se fijó?

Quedamos los dos sentados en mitad de la calle, en una escena graciosa y en extremo vergonzosa.

Alguno de los conductores de auto se bajaron a ver si estábamos bien, si nos habían hecho daño o, de paso, para saber por qué fuimos tan idiotas de cruzar la calle con tal despiste.

Ella me miraba aturdida, más bien asustada.

—¿Estás bien? —le pregunté.
—Usted… —me contestó aún asustada.
—Dime ¿Estás bien? ¿Te pasó algo?
—Usted… —dijo como siendo consciente de la situación y del absurdo que estábamos haciendo.

La ayudé a ponerse de pie, parecía no tener nada.

—¿Todo bien? —insistí, mientras aún la tenía tomada de las manos.
—¡Usted! —dijo lento, sonrojándose, como si me hubiese visto distinto, como si se hubiese dado cuenta de improviso yo le gustaba.

Se le formó una sonrisa pícara, acaso nerviosa. Soltó mis manos y salió corriendo por donde había venido, como quien hubiese sido hallado en alguna falta.

Quise seguirla, pero… aún no sé por qué no lo hice. Me disculpé con los conductores, que ya estaba muy de malas, y de nuevo encaminé hacia la parada.

Desde entonces mis días no han sido los mismos, son mejores. Me ilusiona volver a ver su rostro y aquellos ojos, aquellos bellos ojos. Salgo con frecuencia a los alrededores de la parada a buscarla, a tratar de forzar una historia entre los dos.

De eso ya hace varias semanas. Creo que empiezo a olvidar su rostro, su vestir, su andar. Incluso estoy perdiendo la imagen de su sonrisa y quizá ya no logre reconocerla.  La imagen es cada vez más difusa.

A no ser que vuelva a escuchar su voz y esa palabra que me regaló: «Usted». Eso no lo podré olvidar nunca.

Adalberto

En punto de las 10:30 de la noche se puso de pie y fue hacia el closet de su habitación a sacar aquella misma gruesa y raída chaqueta, que le había acompañado en la misma fecha, por los últimos veintidós años. Su esposa, tras verle levantar, se recostó en el marco de la puerta de la habitación, esperándole para despedirse con la misma pregunta de siempre: un suave y resignado “¿Tienes que ir?”, a lo que él siempre respondía que no tenía opción y que la vería al día siguiente.

Aquella noche siempre fue fría. No recordaba una sola ocasión en que no tuviera que salir de casa con las manos en la chaqueta y exhalando el curioso vapor con el que los niños juegan a fumar.

Su destino era la Cafetería Dóminic, que atendía las veinticuatro horas del día. Sitio al que visitaba una sola vez al año y cuya dueña ya le esperaba, porque veintidós años haciendo lo mismo deja huella por todo el recorrido. Margaret, la dueña, le esperaba con un pedazo de pastel de manzana y una taza grande de café, bien caliente.

—Siempre temo que no regreses— Le saludó Margaret.

—Siempre temo regresar— Contestó Adalberto, honrando el chiste que les unía desde hace años.

Ambos sonrieron y luego guardaron silencio, como siempre.

Pasada media hora, Adalberto pagó la cuenta y salió de la cafetería, para tomar rumbo al noreste. Tenía enfrente una caminata de once cuadras y la pesada carga de tener que enfrentar su realidad una vez más.

Hace veintidós años, Adalberto la pasaba muy mal. No tenía empleo, sus ahorros se habían agotado y vivía de préstamos y deudas. Disgustado con su madre y abandonado desde chico por su padre, no tenía acceso al confort de aquellos que están para velar por uno, y sus hermanos hacía rato que habían partido hacia sus propias vidas. Los amigos no estaban, porque escogió los divertidos y no los leales. Lo echaron de su apartamento. Con hambre y una bolsa con un poco de ropa, dos cuadernos, un viejo reloj de mesa y un lapicero, caminó. Caminó con el paso lento que se anda cuando no hay destino, cuando nadie espera, cuando todo obscurece. Caminó hasta entrada la noche, esa misma que abrazó su cansancio y su vergüenza. La vergüenza del fracaso, la vergüenza de la soledad, la vergüenza que acusa cuando se es un desperdicio de ser humano.

A eso de las once de la noche se topó de frente con una vieja casa, vestida de abandono. Con disimulo se cercioró de que estuviera deshabitada y entró por una ventana que no tenía vidrio. Ya dentro agradeció por la poca defensa que le daba contra el viento que jugaba por la calle, porque algo es algo. Entró a una de las habitaciones, la que le pareció más alejada de la civilización y se sentó a llorar y a sentir pena por él con libertad, porque es la única forma en que ha de sentirse pena por uno mismo.

Aún con lágrimas en su rostro sacó uno de sus cuadernos y el lapicero, y comenzó a escribir. Puso hasta arriba de la página: “Capitulo I” y utilizó la misma para describir cómo se sentía y por qué estaba ahí. Escribió de su desdicha y de la gente que, con justa razón, le había abandonado. Escribió de la cantidad de alcohol que había estado ingiriendo y de su irresponsabilidad laboral. También escribió de Nancy, de lo mucho que lo había aguantado y de lo malo que había sido con ella. Le pedía perdón, si acaso un perdón no dado al ofendido cuenta como tal.

Al final del texto escribió de su sueño más grande y dejó constancia del compromiso de volver a aquel sitio, todos los años, en la misma fecha, mientras su sueño no se hubiese cumplido.

Sacó de la bolsa el reloj de mesa, lo puso en el piso y se acostó viéndole, porque aquel era el único objeto que le resultaba familiar, no solo en aquel sitio, sino en aquella circunstancia. Contempló el avanzar del tiempo, hasta que quedó dormido.

Al siguiente año regresó. Para entonces ya trabajaba de oficinista en una pequeña imprenta. También lo hizo al siguiente, cuando le habían ascendido y conoció a Leila, su actual esposa.

Siguió todos los años sin faltar ni una vez a su compromiso y todas aquellas noches escribía un nuevo capítulo en su cuaderno, donde contaba de sus logros y sus conflictos.

Adalberto se casó con Nancy y hoy tienen tres hijos, una bella mujer y dos muchachos a quienes se les augura un buen porvenir. Ya no trabaja para nadie, se abrió camino en el mundo laboral, hasta fundar su propia editorial, misma que empezó como una pequeña imprenta. Ahora publica libros literarios y el negocio va en popa.

Se mudaron a su actual casa, que no es pequeña, más que por conveniencia, porque quedaba cerca de la casa abandonada, de la cual no quería alejarse.

Se diría que Adalberto tocó fondo para salir de ahí con fuerza y alcanzar una vida que muchos podrían envidiar, que lo suyo era un ejemplo de cómo con valentía y decisión todos pueden sobreponerse a cualquier circunstancia negativa, pero Adalberto sigue regresando a la casa abandonada. Regresa con el mismo cuaderno y el mismo reloj. Lo único que se permite distinto es la chaqueta, a la que tiene por recordatorio de que todo está mejor, de que él está mejor y de que las circunstancias son otras. Sin embargo, cuando entra en la habitación, llora, llora como lo hizo antes, llora con libertad, llora sintiendo pena por sí mismo.

No llora por que no a alcanzado aquel sueño que ha sido el dueño de sus anhelos. Llora porque sabe que el tiempo se le ha ido y ya no tendrá oportunidad de alcanzarlo.

Llora porque a pesar de todo, la vida le sabe a fracaso, y porque sabe que tendrá que regresar todos los años a pasar frío dentro de aquellas paredes.

Toma una nueva página y pone hasta arriba: «Capitulo XXII» y luego de escribir el texto. Cierra el capitulo con una frase y una pregunta:

«Tampoco este año lo he conseguido ¿En cuántos años caduca un sueño?»

Saca el reloj e intenta dormir… mientras cruel, el tiempo, avanza frente a sus narices.

Sombra

Tengo por costumbre vivir encerrado entre las cuatro paredes de lo que soy y de lo que he hecho de mí. Todo con el firme propósito de evitar, cuanto me sea posible, el contacto con la gente. Es una costumbre que adquirí en un instante al que recuerdo como mi momento máximo, el momento de la más grata revelación que alguna vez tuve.

Caminaba de regreso del trabajo, luego de un día pesado, como sentía todos. Iba cargado con la falta de trascendencia de un trabajo que tanto daba si ejecutaba o no, cuando, sin intención alguna, me puse a hacer un listado de la gente que consideraba mis allegados. Pensaba en ella, en sus vidas, en la forma en que nos conocimos y lo que habíamos compartido, para luego imaginar sus vidas sin mí.

El resultado, una y otra vez, fue el mismo. Sus vidas no parecían cambiar mucho sin mi compañía, o más bien nada.

Y es que, contrario a lo que se cree, si una vida no depende de esos millones de personas que nunca conocerá, una más o una menos, no habría de hacer mella.

Desde aquel día, de a poco, me fui alejando de todos. Si no me buscaban, no les buscaba, y supongo que ellos entendieron lo mismo, o lo anhelaban… Da igual.

Mi vida se convirtió en una vida básica más. La vida de alguien que existe solo por existir y porque no existir, por alguna razón que escapa a mi comprensión, no se antoja.

Mi rutina me orilló a pasar mucho tiempo en casa, con las ventanas cerradas, los sonidos apagados y con poca luz, casi siempre de velas. No me hice a la lectura, porque tampoco quise ese contacto con el mundo exterior. De nada aprovecha vivir otras vidas a través de las páginas, si para la propia no se tiene aspiración. Me dediqué a pensar y en ese pensar, a convencerme de que estar solo era la decisión correcta. También me dediqué a observar, a observar la quietud, a observar cómo es el mundo cuando el tiempo no pasa, cuando el tiempo no transforma, cuando el tiempo abandona el hogar.

Ahí, en la pasividad, también conocí el mundo de las sombras e hice amistad con la mía.

Mi sombra, esa seguidora nostálgica que no abandona y que no se entromete. Esa que, incapaz de gesto alguno, no juzga, ni aplaude.

Por meses la contemplé por horas y la hice mover a placer.

Una vez decidí hablarle y aquello me gustó. Parecía que, interesada, me prestaba atención, y si la sentía ausente, me movía para contemplar sus movimientos obligados.

Sobre tan pocas cosas tenemos control absoluto, como sobre aquella desdichada.

Con mi sombra teníamos resuelta mi vida. Yo la usaba y a ella no le importaba. Me acompañaba y no se ofendía si la ignoraba. Solo dormía cuando me ponía en total obscuridad, y yo aprovechaba a descansar de ella.

Todo era perfecto hasta… hasta hace unos días.

Ya entrada la noche estaba en compañía de una vela y mi sombra, ocupando un espacio en la sala sin más motivo que el estar. Veía hacia la pared y de reojo contemplaba a mi sombra que, inmóvil, aguardaba por mí. Entonces, hacia el rincón de la habitación, me pareció ver que algo se movió, un destello sin luz, un veloz intruso. Un insecto o un roedor, pensé sin preocuparme. Si había entrado, seguro terminaría por abandonar el lugar.

Pasaron unos minutos y sentí el movimiento de nuevo. Digo sentir, porque no estaba seguro de haberlo visto. Dejé mi vista fija y contemplé cómo del fondo una figura gris se levantaba. Solo moví los ojos para ver a mi sombra, que, impávida, seguía en su lugar. Regresé la vista y la figura fue clara, era mi sombra, otra sombra, pero una que se movía libre.

Sus primeros movimientos fueron cautelosos, como procurando que no le viera, pero ha de tener mucha energía, porque no se controló por mucho tiempo. Comenzó a moverse por los lugares más obscuros, oculta e inquieta.

—Hey tú— le dije con tono de quien da una orden —¡Detente ahí!

Se detuvo.

—¿No es que tú deberías obedecer todos mis movimientos y no valerte por ti misma?

Pareció no reaccionar, pero se fue moviendo poco a poco, ahora buscando la luz, como buscando que la reconociera en su plenitud.

Se posó frente a mí imitando mi postura y luego bailó, bailó y saltó. Mi sombra, mi amiga la de siempre, y yo, solo le contemplábamos.

Desde entonces la rebelde anda con nosotros. Se divierte escondiéndose de extraños y siendo inquieta cuando está en soledad con nosotros.

Molesto, porque no me gusta tener dos sombras, concluí que no tenía caso pelear contra ella. No tenía forma de ahuyentarla y quizá me terminara acostumbrando a su presencia.

Buscaba tranquilizarme hasta hace tres noches que, sentado frente a la misma pared de siempre, mi cuerpo se movió. Se movió sin instrucción mía. Se movió porque no tuvo opción de evitarlo. Hizo un movimiento que sentí muy natural y luego me devolvió el control.

Minutos después pasó lo mismo y un par de horas después, pasó otra vez.

Asustado, pensé que quizá estaba siendo presa de alguna enfermedad, pero entonces la vi de nuevo en aquel mismo rincón donde la vi por primera vez. Hizo un movimiento y yo, en paralelo, la imité.

Notó que me di cuenta y se fue a esconder, como se escondería un perro a quien su amo ha regañado, y aquellos movimientos pararon, pero a la noche siguiente fueron más, luego más… y hoy ya llevo varios.

Temo que terminará por darse cuenta y por dominarlo. Aquella sombra rebelde no nació para obedecer mis movimientos, nació para que yo obedezca los de ella.

La plaza

Cansado de estar despierto en cama, se puso de pie y salió a caminar. La ciudad, vestida de negro y de frío, le esperaba con la soledad que la caracteriza a las dos de la mañana.

Enfiló hacia una plaza cercana, que en tiempos pasados solía buscar cuando algo le atormentaba, temiendo la recepción de aquella, ahora que ningún tormento le aquejaba.

De pie, frente a una banca, tomó uno de los dos cigarrillos que le quedaban en su paquete y dejó que el calor amargo del humo invadiera su ser.

La plaza, como lo temía, se mostró indiferente ante su presencia.

Pensó en Sara, porque siempre que tenía que pensar en el pasado era ella quien acudía a sus recuerdos.

La recordaba joven y hermosa, aunque no lo fue tanto. La recordaba valiente y cariñosa, aunque le abandonó y nunca fue amable en su trato. La recordaba alegre y carismática, aunque momentos puntuales de felicidad con ella no tenía.

Sara era el recuerdo de algo que no fue, era el recuerdo dibujado de la forma como debió ser en los deseos que entonces tuvo Camilo.

Sus pocos recuerdos no eran escenas, eran fotografías pasadas por Photoshop.

Suspiraba de tanto en tanto y en cada calada al cigarro anhelaba aquellos tiempos mejores que nunca ocurrieron.

El suyo fue un matrimonio de siete años, que alcanzó su fin cuando Sara anunció que se iba sin más, sin explicaciones, sin causa alguna más que el deseo de irse. Le quería, aseguró, pero aquello había sido un error, no de escogencia, sino el haber caído en la estúpida trampa de unirse a alguien más para siempre.

Camilo la contradijo: Para siempre no es mucho insistió, sino un todo finito que es un excesivo precio para cualquier cosa. Y como si tal cosa, la dejó ir sin protestar, sin renegar, sin reclamar y sin odiar.

Después de aquel día a Camilo se le perdieron los tormentos y no supo volver a dar con ellos.

Tomó la vida con actitud y se desentendió de ambiciones, de anhelos y de sueños. Se enemistó con los conflictos y dejó de dar importancia a opiniones, reclamos y decires.

La semana pasada cumplió setenta y dos años de vida y ayer le dieron los resultados de unos exámenes, en donde le informaron que pronto morirá.

Creyó estar listo para morir, pero tiene en la mente una idea extraña.

Nada le atormenta, no tiene nada que arreglar de su vida, no tiene nada que reclamar a alguien, y no tiene nada para dejar al mundo, pero siente haber equivocado la forma, siente haber tirado sus años y siente que se hace uno con la plaza y con la noche, como si pudiera verse en la inexistencia que le ha acompañado desde que Sara se fue.

Buscó un espacio en el amplio jardín de la plaza, se agachó y con una rama ha escrito en el suelo: ¡Debí odiarte, Sara!

Tiró la rama y tomó el camino de regreso a casa pensando que su cama quizá no era el mejor lugar para fallecer.