¡Por favor, que alguien me encierre!

¡Por favor, quitáme el Play! Fue la súplica de mi hijo, cuando se vio incapaz de renunciar a él por sí solo. Un par de días antes habíamos tenido una charla, donde yo le insistía en que sus decisiones no podían tener como eje central su gusto por los videojuegos y que los mismos no deberían comprometer su rendimiento académico.

Me negué. Le dije que parte de su crecimiento como persona era aprender a controlar aquello que puede ser controlable. Que sus decisiones deben estar en función de lo importante y no solo de lo que gusta. De lo que le aporta valor y no solo de lo que le entretiene. Y que esas valoraciones debían venir de él. También le dije que aprender a perseguir lo que le interesa es parte de su crecimiento como persona.


Hoy que el miedo ronda por la calle y la incertidumbre carcome hasta nuestros más mediatos planes, las demandas son muchas, sobre todo ahora que gracias a las redes sociales todos tenemos una opinión y todos sabemos cómo lidiar con una pandemia.

Uno de los clamores que más han llamado mi atención es aquel que demanda al gobierno el encierro obligatorio, el estar atrapados en nuestra casa a modo de cárcel, cómoda en algunos casos y poco en muchos otros.

¿La justificación? Que los seres humanos por nosotros mismos no obedecemos, que tiene que existir una pena, un castigo, una amenaza, una fuerza superior que delimite nuestro rango de acción.

Para quienes pregonamos la libertad esto supone un interesante dilema, pues sostenemos que es el individuo quien conoce lo que más le conviene, o quien, sabiendo lo que hace, decide igual actuar en su contra. Por eso es que la venta de cigarros sigue siendo un gran negocio.

No deberíamos estar encerrados porque nos lo ordenan, ni porque corremos el riesgo de ser castigados. Lo deberíamos hacer por el sentido común. Deberíamos hacerlo porque deseamos nuestro bienestar.

No, pregonará alguien, porque el problema no es la persona y su decisión de correr el riesgo de morir ella misma, el problema es que pone en riesgo a otros.

No, dire yo, porque si en la calle hay un descuidado que pone a otros en riesgo, igual no me contagia si yo no estoy afuera, si yo no busco aglomeraciones o si hago por protegerme.

Pero qué pasa con los mayores, podrían preguntar. Lo mismo, el ser mayores no les obliga, por ejemplo, a recibir la visita de cualquiera, ni siquiera de hijos o nietos. Serán sus propias decisiones las que les pongan en riesgo.

Así pues debería de ser yo quien decida cuánto riesgo quiero correr, cuánto tiempo deseo trabajar y cuánto tiempo quiero estar encerrado. Por norma general, yo sé más de lo que me conviene que un montón de burócratas que tienden a pensar más en ellos mismos.

En mi país los supermercados han decidido no dejar entrar a nadie si no se tiene una mascarilla puesta. Esto supone dos cosas, primero que no puedo protestar, son sus negocios y sus reglas y yo las cumplo o no compro con ellos. En realidad no están obligados a venderme, porque son libres.

Lo segundo es que conseguir una mascarilla se hace cada vez más difícil y más caro. Supongo que eso será así hasta que no hayan más mascarillas y los supermercados se den cuenta que están dejando de vender.

Ellos, al poner sus reglas, actúan con libertad y hacen uso de su sentido común. Una persona al ir a comprar con ellos, actúa con libertad y de acuerdo a lo que su sentido común le dicta, quizá que conseguir víveres vale el riesgo de contagio.

La libertad bien entendida no es un tema de caprichos, ni de lo que cada quien considera justo, es de eso, de libertad de acción de todas las partes.


Los radicalismos tienden a ser nocivos. Ejemplos sobran.

Así pues, soy capaz de entender que el hecho de que el gobierno encierre beneficia a aquel empleado que, urgido del ingreso, se ve en la necesidad de ir a trabajar aunque lo que quisiera fuera encerrarse.

Claro que, a no ser que sea una cuarentena total, el riesgo siempre está. Renunciar es una opción, pero no muchos están dispuestos a ello.

La vida no es un paseo alado alrededor de un arcoíris. Nunca lo fue y nunca lo será.

Veremos mucho drama e injusticia en esta crisis.

Sin embargo quiero ir un paso más allá.

Si es decisión propia correr el riesgo a enfermar, tal persona no debería llegar a ocupar la cama y el respirador de una que deseaba protegerse.

Que todos pagamos la salud pública con nuestros impuestos es un hecho, pero eso no da derecho a malgastar los recursos, menos en una emergencia y menos a costa de la vida de otro que quizá cometió el error de enfermar después, pero que estaba uniendo esfuerzos para que todos salgamos adelante.

La libertad es un bien preciado, pero tiene su costo y, como en todo, las decisiones que se tomen dentro de ella, debiesen tener consecuencias justas y a medida de los hechos.


A mi hijo el PlaySation le ha costado puntos y notas en el colegio. Es algo que ha ido dejando atrás y de lo que, sin duda, saldrá adelante, sobre todo porque sospecho que nunca más me pedirá que le quite algo con lo que piense que no puede lidiar.

La libertad y el encierro, en cambio, se mueve entre vidas y comida. Cosas harto más delicadas.

Mal harías, si no quieres enfermar, en no encerrarte porque el gobierno no te manda a hacerlo.

Por mi parte sueño con un mundo en donde el individuo se dirija a sí mismo y en donde su futuro no dependa de un gobierno, pero también sueño con uno en donde la irresponsabilidad y la estupidez, tengan un precio si se afecta a terceros.

El ejercicio de la intelectualidad

Hace aproximadamente seis años, decidí que era momento de hacer ejercicio. No lo hice por salud, tampoco para mermar mi estrés, ni para entretenerme en algo. Lo hice por vanidad, que siempre ha sido uno de los motivadores que más logros consigue en el ser humano.

Coincidirán conmigo en que sería una cosa rara querer verse uno mejor y no ser visto, pero es lo que la gente pareciera esperar. Aplauden la decisión, pero verán mal la exposición.

En general van a criticar el esfuerzo que se realice, el tiempo dedicado a hacer ejercicio, esos temas de conversación que por naturaleza girarán en torno al trabajo físico y a la alimentación y por sobre todo criticarán la exposición en redes sociales, ya porque “ese de qué se las lleva”, porque “ni que estuviera en forma” o porque “sepan que se puede ir al gimnasio sin publicar fotos”.

La influencia social procura no solo decirte lo que tienes que hacer, sino la forma en que debes hacerlo.

De forma usual la crítica, ya de frente o por importantes e intelectuales opiniones arrojadas a las masas, vendrán de quienes portan el estandarte de que no es el físico lo que importa, sino lo que está en el cerebro, amén de las personas que critican porque se despreocupan de su físico y compensan frustraciones propias con hacer sentir mal a quien sí lo hace, porque “el físico no da valor a una persona”.

Ahora bien, hablemos de la intelectualidad.

¿Qué es?

Es la capacidad humana de comprender, razonar y entender.

Es una capacidad que todos tenemos en distinta medida y que algunos se preocupan en desarrollar.

Vendría siendo como la capacidad física que todos poseemos, cada quien en su medida, misma que algunos se preocupan por desarrollar… ¿Ven la similitud?

¿De qué sirve ser intelectual?

De nada.

En términos generales no aprovecha y sería mucho más provechoso ser especialista en determinado campo, el que se encarga de la generación de riqueza propia. El que tiene como fin sostener el propio estilo de vida y el de la familia o allegados. Vamos, el que da dinero.

De qué sirve a un ingeniero en sistemas o a un mercadólogo saber por qué se dio la guerra de Vietnam, explicar lo que la motivó y la influencia de tal o cual país en ella, o de qué le sirve saber cuánta distancia hay de la luna a la tierra y cómo su influencia gravitacional es imposible que altere el cerebro humano. De nada. En función de su día a día, no sirve para nada.

Hemos creado, eso sí, profesiones donde sí importa sin importar, porque tampoco es necesario que un presidente sepa en qué continente está Uganda (esa está fácil) o cuál es la población de Brasil, pero esperamos que su cultura general sea amplia. ¿Es mejor un presidente que sabe cuánta gente hay en Brasil? No, pero nos gustaría que supiera, como nos gustaría que supieran mucho y sobre todo, presentadores, deportistas y cualquiera que intente tener un nombre en Internet.

(Curiosamente los deportistas profesionales sí encaminan todo su esfuerzo físico hacia aquello que les beneficia en su profesión. Ellos no ejercitan por ejercitar).

Ahora bien, si aunque no haya una ganancia real, igual se apetece ser intelectual ¿qué sentido tiene serlo si uno se guarda el conocimiento para sí mismo? ¿si no se pretende, con el uso del análisis, el conocimiento, la razón y el pregonar de ideas, influenciar en otros?

Ninguno. Sería un sinsentido y de hecho al tal lo tacharíamos de egoísta.

Los intelectuales hoy día escasean, quizá porque abundan los que solo son capaces de influenciar en dos o tres personas, con suerte, y los que no son capaces de explicar su gusto por la intelectualidad.

Además son incapaces de reconocer que son intelectuales por el gusto de serlo, que lo son porque les produce placer mostrarse inteligentes, porque sienten bien que otros los lean o escuchen, niegan que siente el deleite de saber de temas y les encanta ejercitarse en ello, aprendiendo más y más de cuanto pueden para luego compartirlo. En efecto, como a los que hacen ejercicio, que lo hacen por el gusto, por ser vistos, porque disfrutan el placer de presumir sus logros, por estar en el ojo ajeno.

¡Es lo mismo!

Ambas cosas dan placer, ambas cosas te van a dar pequeños beneficios aunque no vayas detrás de cada uno de ellos, con ambas cosas te vas a sentir bien con vos mismo. Ambas cosas te van a hacer una mejor persona, no por lo que vas a dar a otros, sino porque estarás sacando el máximo a tus capacidades, que están ahí sin exigirte nada, pero que, por estar, no utilizarlas sería un desperdicio.

Y sí, ambas cosas querrás mostrarlas, porque para eso se trabajan.

Ambas actividades no están peleadas ni son contrarias. Se puede ser ambas o ninguna. También se puede dedicar todo el esfuerzo a una sola de ellas y olvidarse de la otra. Pero lo que no deberíamos es exaltar más a una que a la otra.

Dejemos ya de endiosar a aquellos que leyeron más libros o que saben un poco más de un tema y se atreven a compartirlo. No son mejores personas, solo se usaron más en ese sentido.

De los que solo copian textos de otros o repiten un discurso prestado ni hablar. Con ellos solo tendríamos que ser más hábiles para identificarlos y descartarlos.

Admiremos, sí, la dedicación, la entrega y los logros de otros, en cualquier rama. Y, si nos place, imitémosles sabiendo que será algo que haremos porque sí y porque nos dará placer.

Yo, por generalidad, no confiaría en ningún intelectual que no sea capaz de aceptar que lo es porque le gusta serlo y porque le vean serlo.

Charla de madrugada

Papá se acercó sin hacer ruido, se sentó en el sillón que tenía al frente y ambos nos dispusimos a charlar. El amanecer no tardaría en aparecer.

La última vez que conversamos fue hace tres años, aunque en realidad en esa ocasión él no dijo nada. Recién había fallecido y se dedicó solo a escuchar. Me despedí de él dándole las gracias por haber sido el padre que fue, por sus enseñanzas y por su esfuerzo. Aquella fue una buena conversación colmada de recuerdos, nostalgia y minutos estancados en el tiempo.

Por el contrario, en esta ocasión se le veía fuerte. Su piel parecía haber rejuvenecido aunque no tenía brillo, estaba más bien opaca. Su mirar no era aquel ver cálido de antaño, que invitaba a bajar la guardia. Era una mirada como extraviada.

Inició la plática sin formalismos, como hicimos siempre:

— Vine porque estoy seguro de que hallarás interesante lo que pasa después de la muerte.

— ¿Para quién podría no ser interesante? — le cuestioné.

— A la mayoría de las personas no les interesa más que sus propias versiones de lo que pasa — respondió, y comenzó a hablar mientras yo me ponía en posición de atento — Lo peor que le puede pasar a un individuo es afanarse por su legado. La post vida, a la que no sé de qué otra forma llamar, se cobra caro la altanería de querer trascender la muerte.

Por supuesto no entendí nada, pero no quise interrumpir. Él continuó:

— Estoy en un lugar acompañado de muchísimos otros que no pueden irse de ese sitio o que son incapaces, como yo, de terminar de morir. No lo tengo del todo claro, pero resulta ser que se sigue ahí mientras se es recordado de este lado.

— ¿De qué lado?

— Este. Del tuyo. El de la humanidad. El de la vida.

— Como en la película animada.

— Igual, pero a diferencia de aquella, uno no quiere estar.

— ¿Por qué?

— Porque no se siente bien, no hay placer, no hay nada que haga sentir bien. Es como si al llegar a uno le apagaran los sentires y las ilusiones. Solo hay pesadez, aburrimiento, desdén por todo, así que en general uno lo que quisiera es no estar. Se equivocaron los estoicos. Uno lo que quiere es dejar de ser. Acaso humanidad es ese chispazo de deseo e ilusión que hace a los seres humanos perseverar para alcanzar algo que ninguno tiene realmente claro. La gente vive como para lograr algo, aunque no tenga nada por lograr. Sí, apuesto que a uno lo que se le muere es la humanidad.

— Lo del castigo eterno, entonces, no era mentira.

— No es eterno, constantemente desaparecen muchos. Como te digo, pasa cuando ya nadie les recuerda.

— Eso tomará una o dos generaciones ¿no?

— No si sos Hitler, Stalin o Churchill. No si sos Borges, a quien dicho sea de paso, es curioso verlo callado. La imagen que tuve siempre de él es que siempre tenía algo que decir sobre todo.

— ¿Has conversado con Borges? ¿Con todos ellos? ¿Con famosos?

— A nadie le gusta hablar, la interacción es muy poca, pero sí, en ocasiones se habla de uno o de otro o alguien alza la voz porque sí.

— Hitler la ha de tener difícil — comenté.

— En efecto. Se cree que Stalin se irá primero. Irónico ¿no?

— Curioso al menos.

Guardamos silencio. Yo intentaba hacerme una idea realista de aquello que papá contaba. Al final él rompió la pausa:

— ¿Qué estás pensando?

— En quién será aquel que está peor en su condena.

— ¿Quién creés que sea?

— Jesús. Eso, si acaso existió.

— Existió, pero puesto que está ahí con el resto de nosotros, resultó ser solo un mortal más.

— Solo un mortal ¡Lo sabía! — dije, sin tener claro qué quise expresar.

— Un mortal al que hicieron dios. Cuentan que alguna vez confesó que se creyó todo eso de ser dios mismo, por eso aceptó de buena gana el castigo y las humillaciones, para luego dejarse matar. Sin duda lo tiene complicado. Mientras exista cristianismo no podrá salir de todo esto.

— Ha de ser el más desdichado de todos.

— No, hay alguien que está peor.

— ¿Cómo? ¿Alguien trascendió más que aquel sobre el que se fundaron religiones, mitos, leyendas y por quien se han aniquilado vidas?

— Varios, de hecho.

Era mucho para procesar. Yo quería sacarle toda la información que pudiera, pero solo dejé que me contara:

— ¿Y de quién hablás? — le cuestioné.

— De uno al que llaman Adán.

— ¿Qué Adán? ¿¡El de la Biblia!? — pregunté sorprendido e intrigado.

— No sé si es el de la Biblia, pero dicen que fue el primer hombre y que nunca ha contado cómo apareció en la tierra.

— ¿Lo has visto?

— Lo vi una vez. Si el cansancio tiene ojos, son aquellos. La desdicha está dibujada en su rostro. Pareciera que sobre sus hombros carga el peso de la rabia. No sé bien si se puede estar enojado, pero esa impresión da.

— Como famoso es famoso — comenté.

— Claro, todos en algún momento de la existencia pensaremos en aquel que fue el primero. El desdichado carga con la tortura del recuerdo eterno, o más bien del recuerdo innato. De la pesadez de la inquietud y la curiosidad. Ningún ser humano escapa a la duda sobre el origen de todo cuanto ve.

— Pero… la evolución… el creacionismo. Ahí está la respuesta a todo. ¿Fuimos creados entonces?

— ¡Qué va! Seguiremos con la duda. Pensá que en todo caso tendríamos solo la versión de Adán, a la cual tendríamos que creer sin miramiento, y que él hablaría solo de aquello que haya podido ver o creer que vio. Que yo sepa no mencionó nunca a un dios o a una creación, solo ha dicho que fue el primero. Después de todo alguien tuvo que serlo ¿no?

— Cierto.

— En fin. Creí que te gustaría saber de todo esto.

— Por supuesto, y tengo más preguntas.

— Y yo no muchas ganas de contestar.

— Vamos, solo decíme…

— Te diré esto: la esperanza de aquel lugar es que la humanidad se extinga. Si no están ustedes no estamos nosotros y la nada reinaría.

— Y en cambio acá nos aferramos tanto a existir para siempre.

— Ya no recuerdo cómo era esa sensación, la de sentirnos protagonistas tan importantes en la historia de la humanidad. Creímos en trascender, en hacer algo para los tiempos de los tiempos. En cambiar el rumbo de todo aquello con lo que no estábamos de acuerdo.

Papá quedo como con la vista hacia arriba, totalmente perdida. Yo esperé.

— En fin, debo irme — dijo, volviendo a la conversación.

— ¿Te volveré a ver?

— Lo dudo. Creo que cada vez encontraré menos sentido a las cosas. No querré nada y me esconderé en el sinsabor de una existencia sin un porqué y sin un hasta cuándo.

Me dolieron sus palabras, no por la idea de no volver a verle, sino por lo trágico de su desdicha.

— Sabés que si yo pudiera te olvidaría ¿cierto? Pero me es imposible. Tantos recuerdos, tantos momentos, tant…

— Lo sé — me interrumpió — lo sé.

Se puso de pie y caminó con paso firme hacia la salida de la sala de estar. Se perdió en la obscuridad, creo que ahora sí para siempre.

Veinticinco

A Ernesto se le podía encontrar en dos lugares. En una mesa de madera rústica sobre la cual descansaba una vieja máquina de escribir, en la que se pasaba las horas creando historias, o parado junto a la ventana, desde donde veía el mundo de fuera, ese al que quería conquistar con sus letras, pero del que huía y renegaba.

La casa era una pequeña, abandonada y pobre construcción de dos ambientes, que apenas daba para su cama, la mesa donde escribía y comía y algunas cosas que hacían las veces de cocina. Según Ernesto, que ya ronda los 59 años, no necesita más.

Fue a los veinte años, la edad de la ilusión, en la que decidió que se dedicaría a las letras. Luego de muchos intentos terminó un manuscrito y lo envió a varias editoriales. Ninguna decidió publicarle y solo una tuvo la gentileza de escribir y enviarle su rechazo.

La carta corta, amable y de buen gusto, le invitaba a seguir trabajando y mejorando, tras notificarle que no le consideraban listo para convertirse en autor.

El rechazo le destrozó, sobre todo porque a esa edad las cosas siempre duelen más.

Su hermana, siete años mayor, era quien se hacía cargo de él, luego de que el padre de familia les abandonara y desapareciera y la madre muriera sobre la cama de un quirófano.

Fue como a las dos semanas, cansada de verle sufrir, que le sentó y hablaron con seriedad de la escritura y de lo que implicaba dedicarse a ella.

Aquello se convirtió en un toma y daca interesante, en donde ambas partes estaban convencidas de tener la razón, pero a la vez querían condescender con el otro. Marián entendía la ilusión y el deseo de su hermano, pero le preocupaba su futuro, en especial el financiero. Ernesto, por su lado, quería dedicarse a aquello que tanto amaba, pero no quería ser una carga para su hermana.

— Tengo una idea — dijo finalmente Ernesto— Que sean los rechazos editoriales los que determinen mi futuro.

— ¿A qué te refieres?

— Has visto la carta que he recibido de la editorial.

— La del rechazo, sí.

— Pues que sean veinticinco.

— ¿Veinticinco qué?

— Veinticinco rechazos. Si no me han publicado, en el momento en que reciba mi carta de rechazo número veinticinco, abandono la escritura y me dedico a trabajar en lo que sea, para ayudarte al menos con mis gastos, hasta que pueda vivir por mi cuenta.

Marián sonrió.

— Lo digo en serio. Creo que es justo — insistió Ernesto.

— De acuerdo, pero… ¿veinticinco? Es mucho.

— Es lo justo. Por cada intento que realice puedo recibir entre una y cinco cartas. Podría terminar mi carrera casi al comenzarla.

— Está bien, pero… tienes que prometer que no lo dejarás de intentar.

— ¡Lo prometo! Y tú promete que serás leal a tu palabra.

— Veinticinco ¡Lo prometo!

Así quedó sellado su futuro.

Los años pasaron y la producción de Ernesto era inmensa, pero las cartas de rechazo aparecían muy poco. Atrás habían quedado los tiempos en que, con alarde de buenos modales, las editoriales se daban a la tarea de opinar y comentar sobre los trabajos que no estaban dispuestos a publicar.

Marián, que había seguido un camino más tradicional en su vida, ya contaba con esposo e hijos y se vio obligada a buscar un lugar para Ernesto, luego de que su esposo le diera un ultimátum, cuando el escritor cumplió los treinta.

Tras unas semanas de búsqueda, consiguió en alquiler la vivienda sencilla de dos ambientes, que fue lo que le alcanzó a pagar.

Desde entonces ella llega todos los viernes a visitar a Ernesto, a quien suele encontrar en la mesa, escribiendo, sin importar la hora a la que llegue. Le lleva víveres, productos de higiene, hojas en blanco y suministros para su máquina de escribir. Ordena un poco la cocina, que nunca está tan mal y le prepara una buena comida a su hermano. La única buena comida que tiene a la semana. Ernesto es muy práctico y solo piensa en escribir, para él lo de comer y dormir es más bien una pérdida de tiempo.

En cada visita conversan, sobre todo, de lo que Ernesto ha escrito, del papel de las editoriales y de la esperanza que tiene en el nuevo trabajo que está desarrollando. Cuando éste trata de tocar el tema de lo injusto que ha sido todo para Marián, ella la interrumpe y le dice que un trato es un trato y cambia la conversación.

De tanto en tanto Ernesto le entrega un sobre con un manuscrito dentro y con la dirección de su casa muy clara, por si la editorial decide escribirle un rechazo. Marián se lo lleva y se encarga de enviarla a las editoriales.

Hace siete años Ernesto, con lágrimas en los ojos, le mostró una carta de rechazo que llegó de una pequeña editorial que apenas tiene publicaciones. Con decoro le decían que no tenía el talento necesario para ser tomado en cuenta. Al escritor no le dolieron las palabras, sino el hecho de que aquella fuera la carta número veinticuatro que recibía. Esa misma tarde, sin poder evitar que le temblaran las manos, ni borrar la cara de miedo, entregó otro manuscrito a su hermana. Quizá es el rechazo veinticinco, le dijo, intentando una broma que a ninguno hizo reír.

Marián, como siempre, lavó los platos y cuando terminaron de compartir un café, se puso de pie y se despidió de su hermano, por quien sentía tanto amor como pena.

Contrario a lo que hacía siempre, quizá movido por la tristeza o el miedo, se dirigió a la ventana y vio a su hermana alejarse. Sobre la banqueta de la calle contraria vio cómo su hermana, pensando que no era observada, arrojaba el sobre con el manuscrito a la basura.

A Ernesto se le derrumbó el mundo pequeño que tenía para sí, al ver cómo su hermana se rendía con él. Tras la tristeza vino el desconsuelo y luego la ira. Fueron días duros, pero para la siguiente visita había comprendido que lo que Marián procuraba era mantener viva la ilusión de su hermano para siempre.

Desde entonces ambos mantienen la misma rutina y conversan sobre la falta de ética de las editoriales, de no poder mandar una carta de rechazo, que mucho trabajo no ha de dar.

Ernesto no ha dejado de escribir. Sigue creando historias, cuentos y novelas que ahora guarda para sí. En el sobre que entrega mete cualquier escrito viejo, hojas con palabras escritas porque sí y sin sentido o incluso hojas en blanco.

El escritor, a pesar de entender la buena intención de su hermana, sigue muriendo un poco más, cada que se asoma a la ventana y ve a Marián arrojar el nuevo sobre, siempre en el mismo bote de basura.

Una hora al día

Sostenía mi padre que uno va muriendo una hora cada día. No lo decía como ocurrencia sino más bien con cierta insistencia. Siendo que era un hombre dado a la formalidad y a lo tradicional, a todos parecía bien dejarle pasar una excentricidad como esa, sin indagar mucho en sus motivos.

Cada que mencionaba la frase yo, por compasión o por curiosidad, le preguntaba a qué se refería. El rostro se le descomponía, hablaba lento y no decía casi nada. Era como si en el momento que quisiera explicar, se le perdieran las palabras. Entendiendo que sufría dejé de preguntarle y fui testigo de cómo a papá lo iba envolviendo la soledad… o la ausencia, no lo tuve claro.

Cuando su estado físico empeoró le llevamos con médicos. El único que se atrevió a decir algo fue un doctor entrado en edad, que se ufanaba de saber más por la experiencia que por los libros. “Diría que su papá está muriendo de miedo”, fue su diagnóstico.

Terminó por encerrarse en su habitación. Tenía la fuerza necesaria para moverse, pero fue como si renunciara a ello. No se movía más de lo necesario y pasaba sus horas sentado en una silla o acostado en cama, siempre con la vista perdida.

Le visitaba unas dos o tres veces por semana. Entraba a su habitación, me sentaba y le veía. Algunas veces le contaba algo, pero él no escuchaba o no quería escuchar. Otras pocas veces era él quien hablaba, sin decir más de una o dos frases que no hacían sentido: “Será pronto”, “Ya llegó”, “Es detestable y huele mal”, “Es muy, muy lento”, “Es una cosa horrible”, “Son siete días”.

Un día antes de que muriera le visité. “Me dejará sin respirar”, me dijo y agregó: “Tú serás el siguiente. Es un proceso lento y desesperante. Lamento que te tocara, no fue mi culpa. Sé más fuerte que yo. Se muere una hora por día, todos los días”.

Papá murió con pánico en su rostro. Quizá coincidencia con el doctor.

Comenté con la familia lo último que me había dicho y todos acordamos que había perdido la razón.

Más allá de su ausencia, su muerte relajó a la familia. Le sabíamos sufriendo y la idea de su descanso nos hizo bien.

Mis siguientes días pasaron sin más novedad que tener que contar a una que otra persona que papá había muerto y recibir de otros el pésame que nace de la obligación.

Una tarde, siete días después de que murió papá, me encontraba en un restaurante con unos amigos. Celebrábamos un proyecto que habíamos cerrado por la mañana y entre risas y bebidas, se nos pasaron los minutos.

Fue en punto de las cuatro y cincuenta y siete minutos. En un instante me encontraba en un cuarto de paredes blancas, muy iluminado, sentado en un sofá, con los brazos sobre los descansabrazos sin poder mover más que el cuello para ver en distintos ángulos. Tampoco podía hablar. Frente a mí, hacia la derecha, estaba una puerta abierta tras la que solo alcanzaba a ver y a adivinar obscuridad total. Justo frente a mí, colgado de la pared, un reloj que marcaba la hora y que avanzaba a velocidad normal, por eso supe la hora. No había nada más.

Silencio, mucho silencio. Silencio y el andar del reloj.

Cuando el reloj marco las cinco y cincuenta y siete, estuve de vuelta en la mesa, en el restaurante, con mis amigos, en la misma charla. No perdí nada. Era justo la hora en que había desaparecido. Fue como si nunca me hubiera ido.

Por supuesto, mi primera reacción, fue creer que aquello lo había imaginado, que mi mente jugaba conmigo, que acaso el recuerdo de las palabras de mi padre me afectaba de alguna manera. Incluso a la noche, cuando estuve solo, me afligí pensando que quizá terminaría enfermo como él.

Al día siguiente para las cuatro y cincuenta y siente, estaba en la oficina, y de nuevo me fui por una hora. Regresé y todo estaba igual.

Así pasaron semanas. Terminé por aceptar que mis días en realidad eran de veinticinco horas y que una de ellas era de ausencia y silencio.

Claro que me asustaba, me asustaban las tardes, me asustaba la hora, me asustaba no regresar más, pero de a poco fui aprendiendo a vivir con aquello.

Otra tarde, la misma hora y de vuelta al cuarto que no me permite moverme. Hubo silencio, pero fue interrumpido. Escuché algo. Algo que se movía, pero no supe qué era. Fue un ruido largo, muy largo. Terminó la hora y regresé.

Al día siguiente, cuando volví a la habitación iluminada, continuó el ruido y así por varios días… semanas. Mi cerebro estaba que explotaba, necesitaba entender, interpretar. Hasta que como en una revelación repentina lo entendí. Junté los sonidos de todo lo que había escuchado y creí identificar lo que pasaba. El ruido pertenecía a alguien que se estuviera poniendo de pie. Alguien que cargara con muchas cosas encima. Alguien que yaciera en la obscuridad aletargado. Era eso. Tenía que ser eso o un juego muy maldito de mi mente que me hacía entender todo aquello con tanta claridad.

Para entonces la hora diaria que tenía que pasar en aquella habitación me daba miedo. Entendí que no estaba solo.

Tiempo después alcancé a deducir un bostezo. Tardó semanas en terminar, pero estaba claro. Algo dormía y despertó. Algo que se movía lento, muy lento.

Mi día a día se fue alterando. Los nervios los tenía a flor de piel. Me fui alejando de la gente. Procuraba estar siempre solo para las cuatro y cincuenta y siete de la tarde.

Lo siguiente que deduje de los ruidos es que aquello daba pasos. Un solo paso duraba días y días, pero estaba claro para mí, era un paso, un paso de algo que arrastraba cosas. También entendí que respiraba. Su respiración era fuerte, como la respiración de alguien que hace mucho esfuerzo o de alguien que está entusiasmado.

Terminé por perder mi trabajo. Comencé a vivir de lo que tenía ahorrado y eventualmente me mudé a casa de mamá. Ahora duermo y me mantengo en el cuarto que ocupaba mi papá. Paso los días a media luz, sin hacer la cama, esperando la hora deseando que no llegue. No me lo dicen pero todos creen que tengo la misma enfermedad que él. Mamá llora mucho.

Ya han pasado años. Quiero explicarles lo que me pasa, pero no sé cómo.

No sé explicarles que cada tarde, en punto de las cuatro y cincuenta y siete, me transporto a un sofá en una habitación iluminada, en donde no puedo mover más que el cuello. Una habitación en donde todo pasa lento, muy lento y que en la puerta que está enfrente ahora alcanzo a ver los dedos de una mano arrugada que se asoma, la piel es verde y las uñas largas, como toda mano presta a hacer daño. No sé decirles que por encima de ella ha aparecido ladeada la mitad de la cabeza de un ser horrible y despreciable, cuyo único ojo que alcanzo a ver me ve con odio, con burla y con deseo de causarme dolor. No sé cómo decirles que es como si todos los días tuviera que contemplar una horrible fotografía que me da pánico y qué tal foto cambia muy poco a poco, que pasan días para que lo note, pero que cambia con mi destino en sus manos. Cómo decirles que sé que vendrá por mí, que acabará con mi vida y que me ha estado matando de miedo todos los días, por una hora en cada uno de ellos.

Detesto su olor nauseabundo y odio su lento mover. Paso el día imaginando el momento en que me ponga una mano encima. Pienso en todo el tiempo que pasará para que use su fuerza o lo que sea que vaya a hacer conmigo. A papá le cortó la respiración, pero no me dijo de qué forma.

Ya son las cuatro y cincuenta. En unos minutos me toca ir a morir otra hora, pero hay algo que me inquieta: ¿cómo supo papá que yo era el siguiente?

La cueva

Fue en mi cumpleaños número diecisiete. Mis papás habían organizado la celebración en casa y a regañadientes invité a mis amigos, no sin dejar de ser objeto de la burla de todos ellos que, lo acepto, merecía.

Familiares, amigos y conocidos almorzamos, comimos pastel luego de que soplara las velas, abrí los regalos, de los que ninguno me emocionó y, con molestia de mis padres, les abandoné, seguido por mis amigos. En el grupo éramos siete hombres de toda la vida y más adelante se nos habían sumado Marcela y Carolina.

Los nueve salimos sin un rumbo fijado.

Tras unas cuadras caminadas, Manuel hizo memoria de cuando solíamos bajar al barranco en nuestras expediciones hacia lo desconocido. Marcela, que igual que Carolina, nunca fueron, insistió en que hiciéramos una en ese mismo momento. Como no encontramos un buen argumento en contra, aceptamos.

Seguro que la imagen resultaba graciosa: nueve jovencitos, vestidos para fiesta, caminando entre matorrales, árboles, tierra, lodo y precipitaciones. Aquel no era un lugar particularmente peligroso, pero su riesgo sí que tenía.

No anduvimos por caminos hechos. Intentamos senderos propios. Era como si todos hubiéramos acordado, sin hacerlo, que una buena aventura tenía como requisito que nos perdiéramos.

Cuando la tarde estaba por ocultarse, decidimos descansar. Manuel andaba cigarros y a los nueve se nos hizo el momento ideal para inhalar humo, incluso a Rafael, que no perdía oportunidad para echarnos en cara lo estúpidos que éramos al hacernos daño porque sí.

Fue un momento maravilloso, casi épico en nuestras cortas vidas. Yo pensaba en la amistad que nos llevaba hasta ese lugar, hasta ese momento, en donde ni siquiera era necesario decir palabra.

El silencio fue interrumpido por los gritos de Gabriel, quien nos llamaba con prisa.

Corrimos todos guiados por el sonido de su voz. Lo encontramos frente a la entrada de una cueva que se plantaba delante de nosotros, firme, retadora y obscura.

No tuvimos que decir nada, todos supimos que teníamos que entrar.

Ya a los pocos metros la obscuridad nos abrazó. Fue como si nos abrazara por la espalda, respirando en nuestro cuello el miedo que terminaría por invadirnos. Caminábamos a tientas, aferrados a las paredes hasta que fue imposible distinguir nada. Manuel sacó su encendedor para alumbrar. Por unos segundos pudimos ver hacia dónde íbamos y luego de nuevo obscuridad. El encendedor se calentaba y Manuel tenía que apagarlo.

Así seguimos caminando sin encontrar nada más que la sensación de estar en donde no teníamos que estar. Igual seguimos hasta que Manuel encendió su encendedor una vez más y Julián notó algo sobre la pared. Nos acercamos y era una vieja antorcha, colgada a propósito en su base de hierro. Parecía que aún podía prenderse y Manuel lo intentó. En efecto el lugar quedó iluminado y pudimos ver la nada que nos rodeaba.

Nada.

Nada y nada más.

Solo estaba la antorcha que iluminaba el recinto.

Ahora veíamos claro el sendero por donde veníamos y uno hacia donde podíamos continuar.

Era necesario decidir.

Rafael sugirió que siguiéramos, que aquel no podía ser un lugar tan grande y que debíamos terminar lo que habíamos empezado.

Raúl dijo que aquello era suficiente como aventura y que más valía regresar por un camino que ya sabíamos seguro, a sabiendas de que afuera era la noche la que nos esperaba y aún teníamos un buen trayecto por caminar.

Raúl ganó por siete votos a dos.

Antes de salir Marcela insistió en que aquello no podía ser una caminata y ya. Que debíamos hacer algo que hiciera de ese día una experiencia para toda la vida. Sugirió que todos los años, por la misma fecha, regresáramos los nueve a encender la antorchar. Aquel simbolismo se ganó el aplauso de todos y quedó hecho el trato. Todos los años regresaríamos.

Dos semanas después Manuel murió de insuficiencia pulmonar.

Todos lo resentimos, pero decidimos que aquello no podía alejarnos y que más bien nos tenía que mantener unidos.

En todo el año nadie mencionó la cueva, hasta que Marcela habló con todos. Acordamos que iríamos el fin de semana luego de mi cumpleaños, y que lo haríamos en honor a Manuel.

El camino ya no fue difícil, se nos hizo familiar, e íbamos preparados con linternas y bebidas. Llegamos pronto hasta la antorcha que seguía ahí, apagada, pero como esperando por nosotros.

El momento fue emotivo. Guardamos silencio y fue Oscar, quien era el más cercano a Manuel, el que se puso al frente y encendió la antorcha.

La solemnidad, que nos salió de forma natural, nos conmovió a todos. Casi todos lloramos.

Alrededor de un mes y medio después, un automovilista perdió el control de su vehículo y pasó encima de Oscar y de su bicicleta. Su muerde fue inmediata, dijeron los paramédicos.

Dolidos y estupefactos, no dábamos crédito a aquellas dos tragedias y en tan poco tiempo. Estábamos de acuerdo en que no era algo común en un grupo de amigos de nuestra edad.

Para el siguiente año ya solo fuimos siete a la cueva. Llevamos fotos de Manuel y de Oscar, que dejamos al pie de la antorcha. Hicimos silencio, lloramos y ahora fue Raúl quien quiso encender el fuego.

Los siete que estábamos nos sentimos más unidos que nunca.

De Raúl nos despedimos tres semanas después, luego de que quisiera intervenir en un asalto que presenció. El asaltante soltó un tiro y le atravesó el hígado.

Hasta entonces lo vimos. Todos lo vimos con claridad.

Hablamos en el funeral de Raúl. No había duda de que quien encendiera la antorcha sería el próximo. Estaba claro para todos menos para Rafael, quien dijo que él sería el siguiente, si le acompañábamos. Solo Julián y yo aceptamos.

Al año siguiente fuimos solo los tres. No hubo ceremonia, pero sí dejamos la foto de Raúl junto a las otras, que se conservaban bien para estar en aquel ambiente.

Rafael encendió la antorcha y salimos de ahí.

Tres días enteros vomitando por lo que parecía una infección severa. Los doctores no llegaron a determinar la causa. Treinta y tres días fue todo lo que duró Rafael.

Por la circunstancia extraña y el miedo, los cinco comenzamos a separarnos. Para entonces ya teníamos como pretexto el estudio o el trabajo. Sin embargo mantenía comunicación constante con Marcela, quien procuraba hablar con todos, empecinada en que el grupo no terminara por disolverse.

Carolina y Julián se casaron. Nos vimos en la boda. Resulta que ya eramos adultos. Creo que fue la última vez que estuvimos juntos.

Años después Carolina moría en un accidente de tránsito al filo de la medianoche. Venía de una fiesta con sus amigas. Semanas antes le contó a Marcela que las cosas con Julián no funcionaban, que quizá la falta de un hijo les hacía sentir incompletos. Cansada de aquello, fue a la cueva sola, encendió la antorcha, dejó una foto de Rafael y se dedicó a rumbear sin descanso.

A Marcela le pesaba cada vez más la culpa. Si no hubiera sugerido que regresáramos cada año, se decía, todo aquello no hubiera pasado. Quizá por la misma culpa le contó a Julián la confesión de Carolina, quien, enamorado como estaba, fue a encender la antorcha y a dejar la foto de ella. Pensamos que quizá como no había pasado el año la cadena se rompería… pero no.

Julián nos contó que en la cueva había encontrado cinco fotografías. La foto de Gabriel también estaba ahí.

Averiguamos y la familia nos contó que hacía más de dos años que no sabían nada de él. Que se habían cansado de buscar y que le habían dado por muerto. Incluso Marcela le había perdido la pista, pero como no era una muerte, no le dio importancia. Hicimos un paupérrimo intento por encontrarle en Internet y por redes sociales, sabiendo que había decidido quitarse la vida y que dejar su foto en la cueva era la manera de contarnos que había sido su decisión.

Julián murió en su cama. Un paro cardíaco por una afección que padecía desde pequeño, que no fue detectada, dijeron los doctores.

Marcela terminó destruida. Se convenció de que todas aquellas tragedias habían sido culpa suya. Los siguientes meses se comieron sus deseos por vivir. La vi envejecer en un santiamén. Aquella alma amargada me dejó una nota:

Me voy. Me voy para librar la culpa. Me voy como pago de una deuda. Ojalá mi muerte recuperara la vida de los otros. Me voy porque es mi turno. Así lo veo. Así lo creo. Me voy de la forma en que debo irme. Me falta valor para arrebatarme la vida por mí misma y romper el ciclo. Voy a la cueva a encender la antorcha y ya no sabrás de mí. Quizá tome algunas semanas, pero no te quiero a mi lado mientras esté condenada a morir. Quiero cargar con este dolor por los días que me queden. Quiero que ese dolor me dañe, que me carcoma, quiero pagar lo que es justo.

Al día siguiente de recibir la nota, encontraron un cuerpo al fondo del río. Marcela se había arrojado.

Ha pasado justo un año desde que Marcela se quitó la vida. Hoy día me pregunto cómo se consigue tanto deseo por abandonar la vida a los 31 años. De dónde se saca la prisa porque todo termine. Cómo es que siendo tan joven alguien se puede sentir tan viejo, tan cansado. Cómo se hace para alcanzar a tan corta edad la idea de que la vida no vale la pena.

Estoy de pie en aquel lugar donde los nueve fumamos juntos, sin decir palabra. Acabo de salir de la cueva. Tuve que venir porque Marcela no mencionó en la nota si había dejado su fotografía. Encendí la antorcha y comprobé que, en efecto, faltaba.

Ahora estamos los nueve. He dejado la mía junto a la de ella.

Hoja en blanco

Enfrentar la página en blanco con teclado es la peor de las experiencias.

No hay fluidez. Se echa de menos los tachones, no existen las flechas, no hay saltos de espacio drásticos.

Se pierde el desorden propio de la creación, del bosquejo que nace del sinsentido y que se desarrolla en la incógnita.

Desaparece la letra mal escrita por la premura de que la idea no se escape.

No hay nada como trazar y eliminar lo escrito dejando evidencia. Nada como detener el lápiz en alto mientras se medita en lo escrito, en el absurdo, en la nada sin forma que yace frente a uno.

No está la sensación de voltear la página, ya para olvidar lo escrito, ya para desarrollar con fluidez.

No hay como crear un dibujo sencillo, que no esté en nada relacionado con las ideas plasmadas en tinta.

No queda la memoria en retazos de un trabajo hecho o al menos de su intento.

No quedan las frases al azar, las oraciones inconclusas, los inicios faltos de gracia, que serán las anécdotas de tiempos futuros, cuando se vuelve sobre los cuadernos de notas atorados de ilusiones de lo que pudo ser una historia, un ensayo, una novela o un escrito cualquiera.

A la hoja en blanco no se la enfrenta con teclado, porque la hoja en blanco demanda una forma.

Así ha sido. Así debería seguir siendo.

Cariño

A García me lo topaba frecuentemente en la cafetería de la oficina, a la hora de la refacción. Si tuviera que describirlo diría que era una persona apagada, alguien quien respira porque no tenía más opción. No se relacionaba con nadie, pero de a poco me comenzó a hacer gestos de saludo y sin darnos cuenta un día estábamos hablando del clima y del trabajo, que siempre abunda. Pura verborrea sin sentido.

Hace unas semanas le noté inquieto, y es que a García se le notaba fácil, porque nunca se le movía un pelo. Era como si nadie le hubiese presentado las emociones, como si le fueran ajenas.

Su notoria inquietud era algo que no me importaba, pero igual le pregunté y me contó una historia:

“Desde hace seis semanas me pasa algo extraño. Los viernes por la mañana siempre hay un sobre en mi buzón. Antes de salir para el trabajo paso por él. Todo lo que hay dentro es una hoja pequeña con una palabra. La primera decía “Compañerismo”. Aparte de lo curioso de una carta así, no le presté mayor importancia, creyendo que se habrían equivocado de dirección. Hasta ahí nada extraño, pero hay un pero enorme.

Ese día, contrario a como ha sido toda mi vida, la gente fue compañera conmigo, es decir, alguien detuvo la puerta para que pasara, me saludaron, en una reunión me ofrecieron café y hasta me preguntaron cuánto de azúcar. Alguien me dijo que me veía cansado, que seguro no estaba descansando bien. Sé que no es cosa de otro mundo, pero a mí eso nunca me pasa, así que fue un día particular.

Claro, no vi la relación entre la carta y mi día sino hasta el viernes siguiente. Recibí otra carta. Esta tenía escrita la palabra “Educación” y, en efecto, como habrás deducido ya, ese día todos fueron educados conmigo. Me dejaban pasar primero, me trataban de forma amable. Hasta los correos electrónicos que recibía iban con un formalismo más allá de lo normal.

Eso se ha repetido una y otra vez, cada viernes desde entonces. Aparte de las que te mencioné he recibido las palabras cuidado, ameno y hoy recibí la palabra atención, y acá estás vos, diciendo que me ves inquieto y queriendo saber qué me pasa. ¿Ves? Estás siendo atento.”

No le tenía la confianza para decirle que no le creía o que exageraba, así que solo asentí y puse rostro de consternado.

— ¿Qué o quién crees que sea? —le pregunté.

—No lo sé, ni me importa. Pensé quedarme a velar para ver llegar el sobre, pero todo esto tiene su encanto y me da curiosidad. ¿Por qué iba a querer arruinarlo?

Cuando dejó de hablar entró Gertrudis a la cafetería, se dirigió a García y le dijo: “Que maravilla de correo la que enviaste a producción, me fijé en cada punto y cada coma que utilizaste. El énfasis quedó perfecto. ¡Buen trabajo!”. Y se marchó.

García me volteó a ver con ojos de: ¿Ves?

En efecto, nunca había visto a nadie siquiera hablar con él.

—Ya me pasó temprano y si me siguieras te darías cuenta de que todo el día será así. La gente será atenta —me dijo.

No dije nada.

—¿Te confieso algo? —insistió— Cansa. No estoy acostumbrado al buen trato de la gente. Sigo esperando que en el sobre aparezca alguna palabra menos exhausta, tipo enojo, indiferencia, rencor, pero nada. Con ellas podría lidiar mejor.

Los siguientes días transcurrieron como si nada. Nuestra dinámica fue la de siempre. Aunque en realidad yo disimulaba mi ansia porque llegara el viernes y averiguar con qué salía para entonces.

Ese día, al llegar a mi escritorio, me puse a revisar los correos. Había uno de García que decía:

Nunca recibí afectos y me acostumbré a ello. Nunca nadie tuvo muestras de amor o de interés por mí y así mis días transcurrían tranquilos, sin altibajos que me alteraran. Nunca nadie tuvo un gesto más allá de la cordialidad de la que el ser humano debe vivir rodeado y eso funcionaba para mí. Hoy recibí una carta y la palabra escrita es “Cariño”, y no, yo no puedo con eso, no sé reaccionar a eso, no sé tratarlo, no sé cargarlo. No lo quiero, no lo pedí. No quiero una sola muestra de amor, en cualquiera de sus variables. Esto no es para mí.

García no se presentó a trabajar y no supimos de él en toda la semana. Pocos se dieron cuenta de su ausencia, de hecho se enteraron porque Recursos Humanos hizo un comunicado hablando de su extraña desaparición, a la que no llamaron así, y decían que se solidarizaba con los compañeros de trabajo y demás palabrería que no hizo mella en nadie.

Averigüé en el sistema su dirección. El jueves por la noche pasé por su casa. Todo estaba apagado y el buzón, vacío.

A la mañana siguiente pasé de nuevo, antes de ir para mi trabajo. Primero llamé a su puerta. No había nadie. Luego abrí el buzón y tomé el sobre.

Antes de salir de mi casa vi en la prensa que habían rescatado un cuerpo del río. Estaba sin identificar, pero yo no tenía duda. García se habría quitado la vida.

Ya en el auto abrí el sobre y ahí estaba la palabra. Decía “Felicidad”.

Mi día fue normal. Nada se alteró y nada me dio felicidad. Ni ese viernes, ni nunca. Seguí buscando cada viernes pero no aparecieron más sobres en el buzón de García.

Hoy día sigo siendo infeliz.

¡Eres un idiota García! ¡Eres un idiota!