Mentiras

Mentiras

La vi desde que ingresé, pero fue hasta el último año de universidad que nos conocimos. Nunca me pareció atractiva, no en un sentido convencional, pero había algo en ella que llamaba mi atención, quizá solo fuese su forma de sonreír. Un día, porque sí, me acerqué y le dije que, después de tantos semestres en la misma aula, era momento de nos conocieras. Sonrió de la forma en que a mí tanto me gustaba y comenzamos una agradable amistad.  

Nos conocimos a profundidad entre cafés, cervezas y tareas. Cada vez estaba más convencido de que Cecy no era más que una chica normal, que no aspiraba a ser más que una persona normal, lo cual estaba bien para mí. Eso hasta aquella ocasión en la que decidió contarme lo que ella calificó como su intimidad más grande: 

 —Hay algo que oculto de todos: mi familia es muy especial —comenzó—. No me refiero a que tengan cualidades o formas de ser particulares. En general son personas funcionales, el caso es que hace varios años estábamos cenando y papá sugirió un juego. Dijo que, como nadie hablaba de sí mismo, porque las cenas en familia más parecían un acto solemne por lo aburrido, todos deberíamos contar algo y que, como compartir no se nos daba bien, podríamos contar alguna mentira, es decir, una historia inventada, una anécdota sacada de la imaginación. Obvio, ninguno quisimos, pero al final, obligados por la autoridad, terminamos diciendo algún disparate cada uno y al final todos reímos bastante. En fin, pasó que a papá le gustó tanto la actividad, que al poco quedó instituido el jueves de mentiras. Una noche en la que nos sentamos a cenar y cada uno lleva preparada su historia, que, como regla, debe ser una mentira y debe ser contada en primera persona.  

El entusiasmo con que me lo contó contrastaba con mi rechazo acérrimo por las mentiras. 

—Le hablé a mis papás de ti —continuó— y del hecho de que no tengo un amigo como tú, con quien me lleve tan bien y en quien confíe tanto, por lo que les pedí permiso para incluirte en la cena. Aceptaron, así que tienes un compromiso para el próximo jueves. No olvides llevar una mentira sobre ti mismo.  

Mi primera reacción fue rechazar la invitación, pero la curiosidad es canija y terminé por aceptar.  

Convencido de que todo aquello era un error, los siguientes días me preparé para la cena del jueves, tratando de tener muy claro lo que haría.  

Me presenté puntual. Era una noche fría, así que, pese a sus constantes ofrecimientos para ponerme cómodo, me dejé la chaqueta puesta y mi mochila quedó en la sala de estar. Cuando llegué la cena estaba casi lista, así que apenas estuve un rato en el sofá con el papá de Cecy y su hermana menor. Veían las noticias en la televisión, sin prestar mucha atención. Conversamos banalidades y, si he de ser honesto, en ese momento me pareció un buen tipo o al menos alguien agradable. Una persona correcta, sin ínfulas de grandeza y sin esa odiosa superioridad de ser el macho de la casa.

Minutos después la señora de la casa nos llamó a cenar. Muy jovial ella.

Mientras nos sentábamos a la mesa llegó el mayor de los tres hermanos, disculpándose por la tardanza y dándome un fuerte apretón de manos. Pasaron la entrada, unas brochetas de pescado y verdura que estaban bastante sabrosas. Luego pasamos al plato principal, un estofado indescifrable, y mientras todos nos servíamos el dueño de casa dijo las palabras: «Es hora». Cecy me apretó la mano, lo que yo interpreté como emoción. 

Comenzó el patriarca:

—Estoy muy contento. De buena fuente me he enterado de que se ve con buenos ojos el proyecto que presenté la semana pasada a la junta directiva. Casi es seguro mi ascenso a Director de Estrategia, lo cual no me sorprende, así que eso no es lo que me tiene realmente contento. Pasa que hace algunos días, caminando por la calle, me encontré con Jocelyn, una antigua compañera del colegio que siempre me gustó mucho. Al vernos la atracción mutua fue instantánea. He de decir que tampoco me sorprende porque vaya que es atractiva y siempre creí gustarle. Quedamos para el día siguiente y desde entonces me he escapado de la oficina todas las tardes para juntarme con ella. Pasamos las horas encerrados en un motel. Mañana pienso decirle que no la veré más. En lo que a mí respecta solo me ha interesado por su cuerpo y ya es tiempo de cambiar.  

Escuché risas y algún comentario burlesco hacia lo que todos consideraron un absurdo.  

El hermano mayor tomó la palabra:

—Hace algunos días les conté que estaba considerando dejar para siempre a las mujeres. No es que me llamen la atención los hombres, pero creo que es una experiencia de vida que pocos se dan la oportunidad de experimentar. Pues dicho eso, ayer tuve mi primer encuentro. No daré detalles, porque la intimidad debe ser cuidada con recelo, pero les puedo decir que Fernando, un amigo que estuvo dispuesto a ayudarme, besa bastante bien.  

De nuevo risas y comentarios, esta vez me parecieron más como desaprobación disfrazada.  

Fue el turno de Johana, la hermana menor:

—Ya saben que soy de pocas palabras, así que iré al grano. Recordarán que el lunes y martes no vine a dormir. Me escapé de clases con mi novio y probé por primera vez el Fentanilo. No sé decirles mucho de su efecto, fue como si estuviese ausente del tiempo durante un par de días. ¡Vaya viaje! La heroína no es nada. Juro que no lo volveré a hacer.  

Cuando terminó de hablar la cuestioné: 

—Pero, si todo lo que dicen es mentira, significa que lo volverás a hacer ¿no? 

El papá de Cecy interrumpió antes de que, asumo, Johana pudiera contestarme que lo del Fentanilo también era una mentira:  

—No cuestionamos las historias. Solo escuchamos.  

Se hizo un momento de silencio bastante incómodo, a todos tomó por sorpresa mi cuestionamiento.

Al final Cecy interrumpió:

—Hace unas semanas volví a hablar con Ricardo. Lo odio tanto. El asunto es que me convenció y… Tomamos unas copas, fuimos hasta su apartamento y… El caso es que estoy embarazada. Hoy por la noche empacaré mis cosas y me voy de casa.  

A nadie le pareció gracioso. Sus hermanos hicieron por felicitarla por su embarazo, siguiendo la corriente, pero sin mucha fanfarria. Deduje que Ricardo sí existía y que no habría sido una buena experiencia en la vida de Cecy.  

Por último, fue la mamá de Cecy quien tomó la palabra:

—Después de mucho trabajo lo he conseguido. Terminé la novela que venía escribiendo. Son 415 páginas que te mantienen deseoso de más a lo largo de todo su recorrido. Logré hablar con el editor de Editorial Sagacia, por videollamada. Noté que me veía con interés, principalmente el área de mi escote. Se los confieso, mi libro saldrá publicado así tenga que acostarme con él.  

De nuevo algunas risas.  

Yo esperaba lo que sería el fin de la dinámica extraña que había presenciado, pero el papá de Cecy me buscó la vista. 

—No es necesario que participes. De hecho, nunca invitamos a nadie a nuestras cenas, pero ya que Cecy insistió, si quieres, puedes inventar algo.  

No lo pensé mucho, pues iba preparado:

—Toda la vida he creído que muy pocas personas merecen vivir —inicié—, la mayoría no son sino cuerpos inútiles que se mueven y respiran porque no tienen opción. Algunas hacen daño, otras solo son como si no existieran. Ambos tipos, me parece, deberían de ser erradicados. Obviamente yo no tengo la fórmula para tan colosal hazaña, pero hago mi parte. Busco personas malas, inútiles. Vidas desperdiciadas, vidas que obstruyen, que complican o que son insignificantes. Luego trazo un plan, procuro seguirlo a cabalidad y termino matándolas. No hago nada extraño, casi siempre utilizo una sola bala, aunque hay quienes requieren dos. Lo cierto es que no me gusta la sangre, me gusta que mueran de inmediato. Para mí, lo único que existe es la urgencia porque dejen de existir cuanto antes.  

Todos me escuchaban con mucho interés. Mientras terminaba de hablar metí mi mano en la chaqueta y la fui sacando poco a poco: 

 —Ahora, sin hacer escándalo —Les dije, mientras iba sacando mi pistola— se van a quedar ahí, en sus lugares. Quietos. Mi mentira es que no he mentido. Ahora sabrán que lo que hasta ahora he dicho es todo cierto… 

Dicho esto, al ver mi arma, Johana se puso de pie, dispuesta a salir corriendo. La bala entró por su espalda, en la zona de la columna, y se desplomó de inmediato. No supe si murió o agonizaba en el suelo sin poder decir nada. Los otros apenas daban crédito. Me sorprendió que no estallaran en gritos, solo había lágrimas y angustia en sus rostros.  

Yo continué: 

 Les decía que lo que he dicho no es mentira. Su dinámica me parece absurda, una inmoralidad, un espectáculo decadente. Creo que, por pequeño que sea, haciendo esto le hago un favor a la humanidad. 

Le pedí favor a Cecy que se pusiera de pie y que me ayudara a atarlos a las sillas, con unas cuerdas que saqué de mi mochila. Lo hizo temblando y llorando. Por último, yo mismo até a Cecy y luego los amordacé.  

Empezaré contigo, le dije al hermano mayor de Cecy. Ese tema de la homosexualidad se me hizo de mal gusto y bastante cliché. 

Me puse de pie detrás de él y solté la bala.  

Quisiera continuar contigo, le dije al papá de Cecy, porque tu historia, más que una mentira, me pareció un deseo clavado en tu alma. Diría que tu vida es horrible y la fantasía es la que te mantiene de pie. Aparte, eres el autor de todo este despropósito, de esta aberración de dinámica, de esta inútil pérdida de tiempo. Creo que mereces ver cómo tu esposa, quien se esforzó en todo esto un poco más que tú, deja de existir.  

Para entonces me había situado detrás de la mamá de Cecy y solté otro balazo.  

Volví a dirigirme al papá de Cecy: 

—También merece ver morir a Cecy, pero ella es mi amiga y por alguna razón pienso que nadie más debe verla morir. Quizá por respeto a nuestra amistad.

Esta vez me puse delante de él, por sobre la mesa, para atinarle entre los ojos. Antes de dispararle le dije: «Basura de gente como tú, no debería de existir».  

Cecy, como era de esperar lloraba, pero más que gestos de dolor, parecía angustiada por quererme decir algo. Hasta entonces me percaté de que miraba con desesperación su bolsa. Le pregunté si era lo que deseaba y asintió.  

Acordé quitarle la mordaza siempre que no gritara.  

—Ahí, en mi bolsa. Trae mi bolsa —me dijo. 

La alcancé y la vacié sobre la mesa.  

—Eso ahí está.  

La vi. Era una prueba de embarazo. La tomé y comprobé que el resultado era positivo.  

—No te mentí —me dijo, mientras yo trataba de asimilar lo que me decía.  

—Pero, dijiste que era mentira, dijiste que… 

—Lo sé. Y también sé que ninguno de nosotros mentíamos —me dijo—, con profunda y apagada tristeza, sin elevar la voz.  

—¿Qué estás diciendo? Esto no puede… 

—Todo empezó como una absurda dinámica. En aquel entonces mentíamos con haber perdido un billete de a 20 o con haber tomado un chocolate del supermercado. Cosas ridículas. Con el tiempo nos dimos cuenta de que hacer como que mentíamos nos permitía ser sinceros con toda la familia y la dinámica nos permitía no ser juzgados.  

—Yo no… No tenía idea.  

—¿Ahora que lo sabes vas a matarme a mí también? —no noté miedo en su pregunta.

No dije nada. La desaté. Luego de eso me llevó a su habitación.

—Si alguien escuchó los disparos no tenemos demasiado tiempo —dijo.

Aprisa metió algunas cosas en una pequeña maleta, luego tomó su bolsa, la prueba de embarazo, y salimos de ahí.  

Ayer por la noche nació Danilo. Fue una bonita experiencia sostenerlo en mis brazos. Ahora lo tengo por mi hijo. Hemos estado huyendo desde aquella noche. La policía no tiene más pistas que la desaparición de Cecy y quieren dar con ella para hablar de lo sucedido, pero, aun así, es mejor evitarlos.  

Cecy se olvidó de Ricardo.

Lo que soy yo, me encargaré de cuidarles.

Ella se encargará de darnos amor. 

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