Desdén

Nunca pude quitarme de la mente su mirada. Nunca fue una mirada punzante o cargada de odio, lo que había en ella era desdén. No me ha acompañado todos los días de mi vida porque fuera algo que considerara no merecer, más bien era el distintivo de mi vida. La gente siempre sintió desdén por mí y, si he de ser honesto, también yo siento desdén por mí, por lo que soy, por lo que he hecho y por todo aquello que sé que no haré.

Una vez mamá, ya entrada en años, me llevó a tomar un café. Yo manejaba y ella iba en silencio, como lo hizo siempre conmigo, evitando hablar a toda costa. Vale aclarar que ella no era así, ninguno de mis padres fue así, solo lo eran conmigo.

—Es extraño —me dijo—, y nunca hemos entendido qué es, pero voy a tratar de explicártelo así. Tu papá y yo nos conocimos por cuestiones de trabajo, él llegaba al lugar donde yo laboraba y la historia de nuestro romance tiene todo lo que debe tener, sin que esto la haga demasiado especial. Intercambiamos miradas, luego sonrisas y así estuvimos por mucho tiempo hasta que yo tuve el coraje de acercarme, preguntar su nombre y cuestionar su sonrisa. “He visto que no sonríes con todas, pero conmigo lo haces siempre ¿Por qué?”, le pregunté . Aquello, claro está, fue una trampa de mi parte para que él confesara que yo le parecía especial. De aquello salió una relación bonita, llena de ilusiones y de idealizaciones, propias del amor, y que lo mantienen vivo. Nos casamos. Una boda sencilla, pero a la felicidad la podías respirar por doquier. Esperamos un tiempo y luego llegó la ilusión de la paternidad. No te miento, anhelábamos tanto tu llegada. Con los pocos recursos que teníamos adaptamos un cuarto para el bebé de la casa. No fueron pocas las veces que tu papá me sobó el vientre, casi llorando de felicidad. Te deseábamos y te amábamos desde que supimos que vendrías.

—El parto fue complicado. Según el doctor casi pierdo la vida. Lejos de que eso creara algún tipo de rencor o de resentimiento de nuestra parte hacia ti, nos hizo más ilusión aún. Tu llegada nos representó una victoria. Esto no lo inventé ni lo imaginé, lo conversamos con tu padre tal cual. Por lo complicado del parto no te tuve en mis brazos de inmediato. Para ello pasaron algunas horas, mismas que nos cargaron de ansiedad.

>>Finalmente te llevaron y… no sé. No sé lo que pasó, pero fue verte y el ánimo se nos vino abajo. Es algo muy curioso, raro, extraño: era como si no estuvieras, como si tu peso fuera apenas un par de onzas sobre nuestras manos, tan poco que no cambiaba nuestras vidas. La vida nos supo a lo mismo, el tiempo se aprestaba a seguir como si nada, nos supo… nos supo a nada conocerte y tenerte en brazos.<<

—¿Desdén?

—Sí. Creo que es la palabra. Te vimos y…

—Y no me quisieron.

—No sé si fue no quererte. Fue como si viviésemos algo irreal. Como si no fueras lo que tenías que ser. Y sin embargo no sé explicarlo ¿Cómo le pides a un bebé que sea lo que tiene que ser? ¿Cómo le exiges al destino que se acomode a lo que esperas de él? ¿Cómo le demandas a la vida que se ajuste a tus gustos, a tus ilusiones, a lo que anhelas de ella?

No supe bien qué decir. Guardamos silencio un par de minutos eternos.

—¿De qué crees que soy culpable? ¿De nacer? —la cuestioné.

—De nada. Claro que no.

>>Lo he pensado mucho. A la culpa, que tanto bien nos hace como sociedad para poder convivir los unos con los otros, no la aprendimos a manejar. Por años tu padre y yo nos sentimos culpables de no poder aceptarte. Lo hablamos tanto. Lo discutimos una y otra vez. Terminábamos concluyendo que tenía que haber algo mal con nosotros, para ser incapaces de verte como el ser aquel que anhelamos. Pero no, no tenemos culpa. Las cosas son como son. El mundo y sus reglas no fueron creadas por nosotros, ni por ti.
>>También pudimos entender que no tenemos que lograr cumplir con una medida creada para certificarnos como seres humanos completos o para medir si vivimos bien o no.

>>No existe mérito cuando quieres a alguien, tampoco debería existir culpa cuando no se quiere.<<

No me sorprendieron sus palabras, lo hizo su honestidad. Solo se puede ser tan honesto y directo cuando se carga encima un gran peso, pensé.

—¿Es esta tu disculpa? —le pregunté.

—De ninguna manera. No te disculpas cuando no hay culpa. Solo me pareció que podía hacerte algún bien el que lo supieras

Algo muy fuerte dentro de mí deseaba que se sintiera mal, aunque fuera por un instante.

—¿Te hace sentir mejor? —insistí.

—¡Qué va! No te sientes mejor si no hay culpa. Entiende ya, quise hablarte porque quizá todo esto signifique algo para ti. Yo ya entendí la vida o al menos la mía, y la entendí de la forma que me conviene para que me sea leve. Ya que estamos, te diré que esa debería de ser la ambición de todo ser humano, aprender a manejar la culpa.

—Hay quienes nunca la sintieron.

—Manejarla no es evitarla. Es usarla en la medida precisa. Yo no dejé de sentirla porque sí, solo tengo claro que esta es una que no me corresponde, una que no le corresponde a nadie. Tengo argumentos que lo respaldan.

No supe qué decir. Guardamos un largo silencio mientras cada uno tomaba su café, evitándonos la mirada. Cuando fue suficiente sugerí que nos fuéramos. En la mesa quedaron dos bebidas, aún calientes, a medio tomar, y unas servilletas de papel dobladas y mal colocadas.

Hoy quisiera decir que aquella charla fue un parteaguas en mi vida. Que sus palabras calaron hondo en mi ser, como le pasa a tantos, de tal que desde entonces fui una nueva persona. Quisiera tener una mejor anécdota o al menos una con un mejor final. Mi vida siguió como tal, vacía y sin porqués. No obstante, no deja de sorprenderme el que hasta en las vidas vacías pasen cosas. Sin esfuerzo me convertí en papá. Por eso somos tantos en el mundo, no cuesta nada traer más gente a llenar la tierra.

Contrario a mis padres, yo no lo esperaba. No esperaba ser papá, no esperaba la responsabilidad y no me ilusionó ni un poco.

Hace unas horas nació y con ella nació una pequeña esperanza para mí. Quizá en unos años pueda llevar a mi hija a tomar un café y contarle la historia. Contarle que entendí la vida. Contarle que me siento libre de culpa y que esa charla que sostendremos será únicamente por y para ella. Hoy que la vi no sentí nada más que pesar. Me pesó ella, me pesó la vida, me pesaron los años que tenemos por vivir juntos, me pesaron los problemas que me traerá y las cosas que tendré que hacer. Me pesó el tiempo que tendremos que compartir.  

¡Qué se yo! Al menos ya no siento solo desdén.

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