El Club de las 2am

Por las noches ya ni hacía por quitarse la ropa que había usado durante el día. Desde temprano apagaba las luces y, exhausto, intentaba dormir, cosa que ahora se le hacía harto difícil. No dormía, o más bien, dormía a ratos. Todo aquello tenía su razón de ser muy clara, unos meses atrás había perdido a su esposa, a la que amaba con profundidad, una persona de la que estaba muy orgulloso de llamar su compañera de vida, lo que encontraba aún más importante que el amor. Una enfermedad fatal y acelerada acabó con ella en una semana. Los sueños, los planes y la idealización de su vida futura se vinieron abajo, junto con él y con todo lo que hasta entonces era.

Lo que, aún en su circunstancia, encontraba extraño en demasía, era que sin importar lo poco o nada que pudiese dormir, minutos antes de las dos de la mañana estaría despierto. Aquello fue tan constante que, aburrido de la rutina, decidió crear otra. Se metía en la cama con la ropa del día puesta para aventar las sábanas de una patada, calzarse y salir a caminar en punto de las dos de la mañana, en busca de una cafetería que tenia a siete cuadras de distancia, que trabajaba 24 horas.

De entre las distintas particularidades que atravesaba, le fue imposible no notar otra. En una esquina, a tres calles de su vivienda, se sentaba un mendigo a pasar la noche. Uno que estaba siempre despierto y que no hacía ningún esfuerzo por disimular que le seguía con la vista, hasta que se le perdía en la distancia. Por su estado y la distancia, porque siempre caminaba por la calle contraria, no hubiese podido adivinar su edad, pero se le figuraba un anciano, incapaz de darle alcance si llegasen a tener algún percance, de tal que nunca se preocupó por la nocturna compañía.

De a poco, y porque las costumbres siempre terminan generando otras, comenzaron a sonreír entre ellos, luego a saludarse alzando las manos y terminaron por intercambiar frases, como se saludan dos buenos vecinos, a la distancia, que no tienen nada más que decirse.

Así fue hasta una madrugada en la que el mendigo estuvo de pie. Marcos caminó con cautela, por decirlo de algún modo, porque en realidad lo que le inquietaba era no decidir si disminuir el paso o acelerarlo.

El mendigo le habló desde su esquina sin moverse de lugar. Le dijo que no se preocupara, que había notado la tristeza con la que caminaba todas las noches y que solo quería darle un dato que, estaba seguro, le resultaría importante.

Marcos, aún dudando, cruzó la calle y se acercó hasta estar a unos cinco metros de distancia, calculando que desde ahí tenía suficiente ventaja si le tocaba correr. El mendigo no protestó la desconfianza.

— Esa tristeza suya solo puede obedecer a la pérdida de alguien, a alguien muy amado o muy querido, con quien posiblemente sienta que quedó algo pendiente. No me malinterprete, no soy adivino, ni sé de trucos baratos. Lo veo en su mirada y creo que puedo ayudarlo.

Perplejo como estaba, protestó en tono aireado, tratando de controlarse:

—¿Cómo podría? En primera, no es asunto suyo y aparte, si se me ha muerto alguien no hay marcha atrás. La muerte no deja heridas, hace amputaciones. Arranca un trozo de uno y para ello no hay cura, solo resignación. ¿Qué pues podría ofrecerme?

—Sabía que era eso y no, yo no puedo ofrecerle nada, pero quizá haya otros que sí. No me haga mucho caso, pero escúcheme: hay un bar que siempre está abierto solo para aquellos que llaman a su puerta. Ahí se reúne pequeño grupo de personas que se hacen llamar “El Club de las 2am”, porque, habrá deducido, todas las noches se juntan en ese sitio y a esa hora. Ellos, tengo conocimiento —que es lo único que puedo poseer — dedican sus esfuerzos a ayudar a gente como usted, gente de tristezas profundas y pérdidas irreparables. No diré más. Agradezco el favor que me concedió al atender mi llamado. No se sienta comprometido a presentarse, solo creo que le puede ser útil, pero entiendo perfectamente que yo no le resulte fiable. Yo en su lugar, estoy seguro, no iría, como estoy seguro de que usted en mi lugar, trataría de ayudarme.

Dicho eso estiró un papel doblado que contenía la dirección del bar.

Marcos lo abrió y notó que el sitio no estaba muy lejos, eran unas pocas cuadras, pero en rumbo distinto al de la cafetería.

Agradeció el buen gesto y le aseguró al mendigo que lo tendría en cuenta, aunque al instante había desechado la idea.

Marcos continuó su vida con la impresión de estar atrapado todos los días en la misma situación. No era consciente de que en realidad se hundía cada vez más, como aquel sapo que se acomoda en el agua mientras esta se va calentando. Para cuando notó lo profundo de su caída, estaba desesperado y en medio de su tormenta recordó las palabras del mendigo. Buscó el papel por todo su apartamento, seguro de que no lo había aventado a la basura, pero la búsqueda fue infructuosa, por lo que no tuvo más remedio que ir al encuentro del mendigo a suplicarle que le volviera a dar la ayuda que antes había despreciado. Este no tuvo problema y sin dilación le dio las indicaciones, que ahora quedaron a salvo en las notas de su celular.

Tranquilizado por el pequeño y refrescante alivio que se experimenta al encontrar una probabilidad, regresó a su casa, olvidando la visita a la cafetería por primera vez en meses y convencido de que al siguiente día se presentaría al bar.

El lugar parecía una vivienda que descansaba en horas de la noche, no tenía pinta de bar ni parecía que hubiese vida dentro. Una enorme, vieja y pesada puerta de madera era todo lo que podía contemplar. Aturdido por la duda se convenció a sí mismo de tocar y no tardaron en abrirle. No le hicieron pregunta alguna, solo recibió una mueca para que pasara.

Por dentro era en efecto un bar muy tradicional. Se acercó al barman y sin mediar palabra este le señaló una mesa en donde conversaban cinco tipos y le dijo que era a ellos a quienes buscaba. Marcos, confundido como el que más, volteó sin saber cómo acercarse.

Fue el barman quien llamó la atención de aquellos y uno contestó: “Lo sabemos, viene con nosotros” y acto seguido invitó a Marcos a su mesa.

Dos horas después abandonó el bar. Le temblaban las manos y sentía que las piernas no tendrían la fuerza suficiente para llevarle a casa. Cuando por fin llegó, mucho tiempo después del que le hubiese tomado otro día cualquiera, se metió en cama y logró dormir como hacía tiempo no lo hacía.

Despertó casi al filo del mediodía. Encontró llamadas perdidas en su celular, casi todas del trabajo, al que no tenía pensado presentarse ese día. Se preparó un café y se puso a repasar lo que había pasado la noche anterior.

Lo del Club de las 2am le preguntaron su problema. Marcos les contó de la pérdida de su esposa con mucho detalle, como si hablase con un psiquiatra con quien se pudiera soltar de toda la carga que llevaba encima. Aquellos prestaron atención y preguntaban alguna que otra cosa, mostrándose muy interesados en la historia. Hacía el final de la charla uno de ellos, el que menos interactuaba, tomó la palabra:

— Creo que podemos ayudarte, lo único que necesitamos es que nos traigas todo lo que tengas de tu esposa: fotos, vídeos, objetos, notas. Necesitamos conocerla, saber todo de ella. También queremos ropa, cremas y perfumes, todo lo que te quede de tu Valeria. Cuando la hayas juntado vuelve con nosotros y si aceptas el trato, podrás estar con tu mujer una vez más. Sé que tienes muchas dudas de lo que te acabo de decir, pero hasta ahí podemos revelarte hoy. Si en realidad la extrañas tanto, volverás, si no lo haces, sabrás que todo lo que dices sentir, siempre no es tan fuerte como imaginas.

Ya ninguno dijo nada y más bien tomaron postura como si él no estuviera ahí. Eso hizo entender a Marcos que era hora de marcharse.

—¿Cuánto tiempo tengo? — preguntó, mientras se ponía de pie.

—El que necesites. Nosotros estaremos aquí.

Sin estar convencido, pero por si al final se decidía, Marcos comenzó a juntar todas las cosas, lo que fue un proceso muy doloroso. Juntarlo era verlo y verlo era volver a vivirlo. No fueron pocas las lágrimas derramadas, ni los momentos de dolor que le obligaban a postrarse sobre lo que tuviese a mano, ya fuera un sofá, su cama o la alfombra, o se sentaba en el piso con la cabeza entre las piernas.

Casi dos semanas le tomó juntarlo todo en una maleta que guardó en el armario, tratando de olvidarse de ella. La casa le parecía otra ahora que había quitado tanto y pensó que quizá con eso sería suficiente para superar su pérdida. No obstante, terminó por regresar a su rutina, la que incluía el saludo al mendigo, que ahora le resultaba un molesto recordatorio del pendiente que tenía encerrado en el armario de su habitación.

Como toda fecha llega, el cumpleaños de Valeria se encargó de moler a golpes a Marcos, quien sintió que se había quedado sin opciones. Esa misma noche, a la madrugada, se presentó al bar y entregó la maleta:

—No entiendo qué son, de qué van o qué pretenden, pero necesito una salida, algo que me la arranque de acá adentro. ¡Díganme que harán con todo esto! — dijo, alterado.

El mismo sujeto que habló al último la otra vez le contestó:

—Estaba casi seguro de que volverías, porque vi cómo hablaste de tu esposa. No te diré más. Ya te dije lo que haremos. Si aceptas, deja la maleta y danos tu número de celular. Te llamaremos. Deberás ser paciente. Solo espera.

Otra vez el temblor en las manos. Como pudo anotó su número en una servilleta y sin decir nada abandonó el bar, sintiendo que se le desgarraba algo por dentro. Casi todo de cuanto tenía de Valeria lo dejaba abandonado en manos de unos desconocidos.

Una vez más volvió a su vida de siempre, incluyendo las caminatas de madrugada, el mendigo y el café, pero ahora muchos de sus pensamientos quedaban atados a aquel grupo de hombres capaces de prometer lo imposible. Su debate interno se movía desde el “cómo lo harán” hasta el “para qué engañarme de esta forma, si no ganan nada”, sin encontrar descanso.

Pasaron meses, los suficientes como para que Marcos casi se olvidara del asunto del bar y juzgase a aquellos de locos o de timadores sin propósito, hasta que una noche recibió una llamada.

—Hola Marcos. Está listo. Te esperamos mañana. Conoces el lugar y la hora. No faltes.

Sin esperar respuesta, el sujeto detrás de la llamada colgó.

Volvió a sentir el desasosiego que experimentara la vez que llevó las cosas de Valeria. No durmió, no comió, no trabajó y no hizo nada más que esperar la hora. Cuando consideró oportuno se bañó, se arregló y salió de casa, dispuesto a terminar con todo aquella de una vez por todas, más con coraje que con curiosidad.

Dentro del bar solo había un sujeto, de los cinco usuales, en la mesa. Este se puso de pie cuando le vio entrar y le pidió que le siguiera. Atravesaron un pasillo y una puerta que daba a otro largo y obscuro pasillo, en el que era imposible no temer por la vida de uno mismo. Marcos no supo si la caminata fue eterna o el miedo se lo hizo parecer, pero finalmente llegaron a otra puerta. El hombre le invitó a pasar primero, mientras pronunciaba la frase: ¡Ahí la tienes!

La mezcla de asombro, duda e inquietud, le hicieron abrir la boca y casi caer de bruces. Era Valeria, al menos lo parecía con aquella poca luz. No le llevó mucho tiempo darse cuenta de que solo era alguien extremadamente parecida. Se veía casi igual, vestía igual, incluso se movía igual y cuando ella le dijo “Hola Marcos”, notó que incluso la voz y el hablado se parecían mucho.

—Este es el trato — dijo uno, el mismo que había realizado la llamada telefónica , mientras Marcos seguía sin salir de su asombro— . Tú y Valeria se irán de acá y pasarán 24 horas juntos. En lo que a ti concierne, Marcos, ella es Valeria. Puedes tratarla como a tu mujer. Ella lo sabe, entiende y hará todo por brindarte la compañía de tu esposa durante estas horas. Insisto, no te preocupes, ella está de acuerdo con todo y no protestará por nada. Mañana deben venir a la misma hora y entonces te pediremos que hagas algo por nosotros, a lo que no te podrás negar, como tampoco lo hará Valeria. Ahora pueden irse.

Marcos titubeó, por un instante quiso salir corriendo y olvidar todo aquel absurdo, pero el parecido era tanto que finalmente se acercó a ella, le tomó de la mano y le pidió que se marcharan. Valeria asintió sin chistar y abandonaron el recinto por otra puerta y otro pasillo que les indicaron.

Sin decir palabra y sin soltar su mano, a la que de tanto en tanto apretaba más, llevó a Valeria hasta la cafetería que visitaba en las madrugadas, casi tirando de ella. Entraron. La joven del café se extrañó mucho de verle llegar en compañía, pero no hizo comentario alguno. Se sentaron el uno frente al otro y Marcos tomó sus dos manos. Se la quedó viendo y se dibujó una sonrisa en su rostro. Seguía sin saber cómo iniciar la conversación.

—Tienes que ser tú el que hable. Yo podría arruinarlo. Tú en cambio puedes mantener la ilusión — dijo finalmente Valeria.

Marcos tomó algún aún tiempo y finalmente se soltó a hablar. Primero agradeció lo que estaba haciendo, porque, raro como era, por momentos podía sentir que estaba con su esposa. De a poco, luego de recibir el par de cafés que ordenaron y dos pasteles, fue soltándose a hablar de su pasado. Valeria le interrumpió sugiriendo que le hablara como rememorando el pasado, como si volviera a compartir con su esposa las cosas que vivieron juntos. Él lo hizo así y cada vez la situación se le hizo como más familiar.

Le habló del día que la conoció y de lo que vio en ella. Valeria asentía, sonreía y le miraba con agrado, haciendo todo por hacerle sentir bien. Siguió mencionando uno y otro recuerdo, el día de la boda, cuando ella consiguió el trabajo que buscaba y el desastroso paseo que realizaron cuando decidieron ir unos días de aventureros al campo.

Les alcanzó la luz de la mañana y decidieron salir a la calle. Tras unos pasos ella le soltó la mano y le abrazó por la cintura. Marcos no pudo evitar la lágrima, pues recordó que así era como Valeria le abrazaba cuando iban por la calle. Seguro Valeria lo había visto en algo del material que había entregado.

Llegaron al apartamento, tras cruzar la puerta Marcos tiró de Valeria y la besó. De inmediato sintió la diferencia, no había forma de que ella supiera besar como su esposa, pero no importó. La cercanía, el calor, el perfume, su ropa y todo lo que hablaron, le impulsó a hacerlo y lo sintió bien. Acto seguido le pidió disculpas. Valeria lo volvió a besar y estuvieron a punto de ir a la habitación, pero Marcos se detuvo. Acostarse con ella no estaba en sus planes, no quería una experiencia distinta a la que recordaba.

Pasaron el resto del día en medio de un vaivén de emociones por parte de Marcos, quien por momento estaba emocionado y feliz de compartir con Valeria de nuevo y en otros se sentía estúpido y culpable, por compartir con una desconocida y el día que le daba a aquella buena mujer que estaba ahí para ayudarle.

Comieron, bebieron algo por la tarde, volvieron a besarse en varias ocasiones, pero nunca abandonaron el apartamento, hasta que fue la hora.

Fueron caminando, llegaron a la puerta, les abrieron y el mismo hombre de la noche anterior les condujo a la habitación en donde le habían entregado a Valeria. Uno de ellos la tomó del brazo y la llevó a una habitación contigua, ella volteó antes de salir y le dijo a Marcos que no se preocupara por ella, que sabía lo que le esperaba y estaba bien. Parecía convencida, pero lloraba.

—¿De qué se trata? ¿Por qué llora? — preguntó Marcos.

—Olvídate de ella. Ella ya no existe — le contestó uno — . Nosotros debemos esperar.

Nadie dijo nada, el silencio interrumpido solo por unos extraños ruidos del otro lado de la puerta, era todo en esa habitación. Al buen rato volvió a tomar la palabra el de la llamada.

—Ven con nosotros.

Le tomaron del brazo, como previniendo que en cualquier momento pudiera intentar escapar. Entraron a la habitación y Marcos se encontró con el cuerpo desnudo de Valeria, quien tenía los ojos cubiertos, la boca amordazada y colgaba del techo, atada de las manos. No pudo evitar notar las muchas cicatrices que abundaban por aquella piel. Junto a ella había una pequeña mesa, con varios cuchillos como de carnicero.

—Supongo que durante este tiempo te habrás preguntado, en más de una ocasión, a qué nos dedicamos — dijo el mismo sujeto — . Ahora lo sabrás. Nos dedicamos a doblegar voluntades. No es tan difícil como pudiera parecerte, lo que en realidad da trabajo es encontrar a la persona que pueda hacer el papel. Ya sabes, que se parezca a otra, como ella a tu esposa. Luego la traemos a esta casa y, para no hacerte larga la historia, la torturamos hasta que no desea nada más que morir. Durante estos meses ella ha sido sometida a cosas muy difíciles de soportar: abusos, palizas, humillaciones, en fin, mucho sufrimiento, hasta convencerla de que hiciera exactamente lo que nosotros quisiésemos, que en este caso fue que actuara como tu mujer.

Las manos de Marcos comenzaron a temblar.

—Ella sabe que va a morir hoy y, por todo lo que le pasó, sabemos que lo espera, es decir, que lo desea — continuó — . Tu voluntad, en cambio, será doblegada hoy. Vas a matarla. Lo harás porque es un favor que le debes, luego de todo lo que ella hizo por ti y porque, siendo que fue buena contigo, no querrás que continue sufriendo como ha sufrido en manos nuestras. También lo harás porque si no lo haces te pasará lo que a ella y créeme, no deseas eso.

—Ustedes están… ¡Están lo…!

—¡Deja el drama! Saldremos ahora y te dejaremos con ella… Debes matarla. Te recomendamos incrustar uno de los cuchillos en esta dirección — el hombre señaló el sitio en el cuerpo de Valeria — . Lo que escucharás es un gemido y luego de una pequeña espera, ella descansará de la horrible vida que le dimos. Luego te sacaremos de acá. Mañana aparecerá su cuerpo alrededor de las diez de la mañana. Dos horas después te presentarás a la policía y te entregarás como el responsable de un crimen que, de hecho, sí habrás cometido.

Comenzaron a abandonar la habitación.

—Solo una cosa más — insistió — , en caso de que quieras quitarte la vida a ti mismo, lo más seguro es que logremos rescatarte y regresamos a la amenaza anterior y, por si aún tienes duda, recuerda que lo sabemos todo de ti… y de los tuyos. Tienes una hora.

Marcos, con las manos temblando y las lagrimas recorriendo su rostro, cayó de rodillas sobre el piso, sin poder apartar la vista del cuerpo de Valeria, quien seguro sufría colgada de los lazos.

A la madrugada siguiente, en la televisión del bar, repetían la transmisión de las noticias de la noche. Hablaban de otro cruel asesinato cometido contra alguien cuyo cuerpo tenía muestras de haber sido sometido a muchos abusos y del criminal que se entregaba como culpable. La policía no entendía cómo, teniendo tanto en común, cada muerte era provocada por alguien distinto y no por un asesino en serie.

En la mesa los seis hacían comentarios burlescos sobre el pobre diablo que se había entregado y de su cara de asustado. A los cinco hombres de siempre se había sumado el mendigo, quien también disfrutaba el espectáculo de las noticias.

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