Volar

A pesar de mi estado, porque la reunión estuvo aburrida y mi única alternativa fue pasarme de tragos, el recuerdo es muy claro. El taxi me acababa de aventar a la calle y yo me esforzaba por encontrar las llaves dentro de mi bolsillo mientras me acercaba a la puerta de casa. Me sujetaron entre dos, pero eran tres, uno solo daba ordenes. Me subieron a un automóvil y no recuerdo más.

Me despertaron con agua fría. El frío no me desagradó tanto como la sensación de estar perdido, no solo porque no tenía idea de dónde estaba, sino porque estaba atado y no sabía qué era todo aquella. No tuve opción más que asumir que me torturarían para sacarme información, sin tener idea sobre qué, porque no guardo información importante, y que luego me matarían.

—Lamentamos la forma —me dijo uno que se acercó mucho a mi rostro—, es necesario que sea así porque te prepara para lo que estás a punto de ver.

Me desataron, el mismo que me habló me tomó del brazo y me dijo que caminara junto a él.

Yo temblaba, de frío, de miedo.

—La evolución ha sido buena con el ser humano. Nos ha dotado de capacidades a las que infravaloramos, porque están ahí, al alcance de todos, pero tenemos mucho, mucho más de lo que imaginamos. Lo que estás por ver te lo demostrará.

Seguimos caminando en silencio, por un pasillo largo. Al fondo había una puerta entreabierta, de la que salían sonidos como de una algarabía mermada.

Tocó la puerta. Un hombre grande, mas bien, un cliché de hombre de seguridad de discoteca de moda, abrió la puerta y dejó que yo pasara primero.

Muchos ojos se posaron sobre mí. Casi todos reían, los menos estaban indiferentes, como queriendo seguir en lo suyo. Me veían desde lo alto, desde todas direcciones. Yo no daba crédito.

Las medidas del salón eran inmensas de largo por enormes de alto. Y todos ahí dentro volaban. Sí, volaban. Se elevaban en el aire como si fueran aves, con elegancia y velocidad, no como cuerpos ingrávidos.

—Estás buscando las cuerdas ¿verdad? —Me preguntó Rey. Así se hacía llamar aquel que se había convertido en mi guía.

Tenía razón, yo no hacía otra cosa.

Rey me explicó que todo aquello era un tema evolutivo, para el que las masas no estaban preparadas. Que unos pocos han desarrollado la capacidad de volar, pero no se enteran.

— Nosotros los traemos acá, les enseñamos a dominar su habilidad y la estudiamos.

Rey no dijo, aunque yo me enteré después, que aquello era una cárcel en la cual sos sometido a mucha presión y que de alguna manera ellos intentan sacar provecho de todas las capturas.

Me asignaron una habitación, me contaron la forma en que trabajaríamos y me siguieron llamando por mi nombre.

Rey fue muy claro, las únicas dos opciones eran colaborar o morir. Nadie de fuera, me dijo, logrará encontrarte nunca, ni a ti ni a tu cadáver.

El sitio estaba colmado de rótulos con mensajes tipo: “No salgas”, “No intentes huir”, “No hay salida”.

Las jornadas eran tediosas y cansadas. Me conectaban a aparatos, me tendían en una cama o me dejaban encerrado en pequeñas habitaciones de dos por dos, sin nada más que cámaras que me observaban todo el tiempo. No obstante, lo peor era la práctica. Me llevaban a un salón bastante más pequeño que el grande que describí, llegaban dos o tres investigadores o doctores, saber qué eran, que se quedaban a la puerta y entre tres y cinco amenazadores guardias.

¿Cómo te paras en un salón e intentas volar?

Su trabajo era psicológico y de amenaza. Si no lograba volar era que me habían seleccionado mal y me desecharían, que no era más que el eufemismo para “Te mataremos de forma cruel”.

No sé cuánto pasó ni sé bien cómo pasó. Un día de práctica en el salón, me encontré a mí mismo caminando como a dos metros del suelo. La algarabía no fue mucha por parte de ellos, supongo que estaban acostumbrados. Yo sonreí. Era, me convencí, un ser humano excepcional, la siguiente fase de la evolución, un adelantado o un pionero. Me supe especial y lo disfruté. Me enorgullecí de mí mismo y de lo que era, a pesar de que era consciente de que no hay mérito en ser algo porque sí.

A partir de entonces me trataron distinto. Los exámenes y las evaluaciones continuaron, pero se acabaron las encerronas y las amenazas. Más bien se esforzaban porque yo dominara por completo mi vuelo y pasó. Semanas después me encontraba en el gran salón, volando junto a otros.

Entre vuelos, que se daban a diario por espacio de algunas horas, establecí algunas precarias amistades y conocí a Camila, cuya sonrisa se apoderó de mí de inmediato, más que lo que se había apoderado de mí aquel encierro.

Me gustaba y no la dejaba de pensar. Añoraba los vuelos y verla, así como intercambiar un par de frases o sostener una pequeña charla, casi siempre del pasado, porque nuestro presente era compartido y era siempre el mismo.

No tardé en enamorarme y se lo confesé, ella dijo que se sentía de igual forma, que se había enamorado y que no dejaba de pensar en mí.

Conversábamos más, volábamos juntos. Estoy seguro que lo notaron, pero parecía no importarles. Yo fui feliz, tan feliz como se podía, tan feliz que no lograba concebir una felicidad más grande. La tenía a Camila, mía, tan mía como podía ser en aquellas circunstancias, tan mía como podía ser.

Un día mientras volaba alto, alcancé a ver algo en el techo, días después lo comenté con Camila.

—He visto algo.
—¿Tú también?
—¿Lo saben todos?
—No, al menos yo no lo he comentado con nadie. No querría que se regara la voz y desapareciera.
—No se ve tan chico y por el tamaño del salón, dudo que haya algo más allá arriba. Quizá podríamos… escapar.
—Es un absurdo, por qué se descuidarían de esa manera.
—No lo sé, pero ahora que veo una posibilidad, me queda corto este lugar. Quiero irme. Quiero irme contigo.

Esa charla, palabras más palabras menos, se repitió varias veces. Yo sentía que mi amor por Camila crecía, que la esperanza era aquello con lo que lo alimentaba. Ella decía que sentía lo mismo y que valía la pena intentarlo.

Lo acordamos.

Ese día, desde el inicio de la sesión, volamos juntos, tomados de la mano, cosa que no hacíamos. Los de abajo se pusieron alerta, tomaban notas, no nos quitaban los ojos de encima.

Volamos más y más aprisa, alrededor del salón. No sé si estábamos rompiendo algún récord de velocidad, pero nunca vi a alguien volar tan rápido. En un instante la vi y apreté su mano. Ella asintió. Fue todo lo que necesitamos. Comenzamos a volar hacia arriba, hacia aquello que parecía una aventura, una falla, una posibilidad, un escape, una puerta hacia otra verdad. Nos abrazamos en el aire empujando con toda nuestra fuerza. Yo la apretaba cada vez más. Una luz comenzó a generarse de en medio de nuestros pechos, una luz fuerte, blanca, acaso poderosa. Fue creciendo y creciendo hasta rodearnos por completo. Sentí cómo nuestros cuerpos se iban haciendo uno. Yo rebosaba de alegría, aquello era mi sueño, lo que más anhelaba, esa sensación de ser uno con aquel a quien se ama. La vi. Vi su rostro, su sonrisa, toda ella envuelta en aquella luz. Alce mi vista y vi cómo nos acercábamos hacia aquel final que nos daría entrada a una nueva realidad. Y de pronto… todo fue luz, solo luz.

Ya no tengo conciencia del tiempo. Solo veo una luz blanca, brillante, intensa y nada más. No sé si escapamos, si logramos salir o si morimos, pero este estado me ha permitido crear algunas conjeturas.

A lo mejor estoy muerto y la muerte transcurre con conciencia, pero lo dudo. Lo dudo porque pienso que aquellos científicos no estaban interesados en eso de la capacidad de volar —ahora se ve un objetivo simplista y con unos cuántos presos tenían suficiente para sus estudios—, sino en lo que nos pasó con Camila.

Creo que al final nuestros cuerpos terminaron por fundirse en uno solo. Lo creo porque en mi conciencia ya no tengo solo mis recuerdos y mis sentires, tengo en mi mente todos los recuerdos de ella, sus vivencias, sus memorias. Tengo conmigo sus momentos de alegría, sus momentos álgidos, sus primeras veces, sus amores y sus desamores. Tengo conmigo sus dolores y sus triunfos. Tengo conmigo todas las veces que le hicieron daño y la repugnancia por todo ese daño. Tengo conmigo el pesar por la vida que terminó por llevar.

Malditos científicos, deben estar manteniéndonos vivos y haciendo miles de estudios con nosotros.

Por mientras yo cargo con el peso de dos vidas y, para mi maldita desgracia, sé, con la certeza con la que sé cuánto la amo, que ella nunca me amó.

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