Rutina

Dejé mi juventud perdida en alguno de los años recientes que pasaron. No sé decir en cuál. Quizá porque toda la vida he sido un descuidado o porque tengo la tendencia a aferrarme a la idea de que todo está bien siempre, que nada cambia y que si uno no dice las cosas en voz alta, todo sigue igual.

Vivimos al fondo de un largo callejón olvidado del tiempo, en casas que te dan de la puerta de entrada a la libertad de la calle. Acá no hay jardines, ni lugares para estacionar autos. Nadie pensó que aquellas cosas fueran necesarias cuando se ordenaron estas construcciones o consideraron que la economía no alcanzaría a los inquilinos para tales lujos.

De un tiempo para acá, mientras Gertrudis hace saber qué cosas en la habitación, yo me siento en una desgastada y maltrecha silla de madera a la que coloco viendo hacia la puerta. Podría ver por la ventana, pero por acá no pasan autos ni personas, pasa solo el viento, muy a pesar suyo. Me acostumbré a la frialdad de la puerta y la prefieren sobre la indiferencia del sombrío paisaje de fuera.

¡Cuántas veces caminamos con ella abrazados por este callejón! ¡Cuántas veces cruzamos esta misma puerta, a veces a las risas, y tantas otras con prisa por llegar a la habitación! ¡Cuántas veces estas mismas paredes fueron testigos de nuestra algarabía, de nuestra respiración acelerada, de nuestra desnudez y de la paz que llenaba nuestras horas de reposo!

Ahora el callejón es siempre una caminata solitaria, la puerta no es más que un símbolo de la presencia del otro y las paredes se convirtieron en observadores de cómo aquella paz cambió por silencio.

Hace quince años, cuando nuestra relación aún se sostenía por una buena cantidad de amor y por la esperanza de que lograríamos que todo funcionara, Gertrudis propuso un juego, sacado, creo yo, del miedo y de la desesperación, porque alcanzaba a ver, mejor que yo, que íbamos en picada.

Su idea fue simple y a la vez aterradora, pero entonces solo fue eso: un juego.

Como estábamos en marzo, propuso que el primer sábado de cada abril, un mes simple, llano, carente de la algarabía de sus hermanos, uno de nosotros, mientras terminaba el atardecer, tomara sus cosas y se marchara de casa, caminando por el callejón. El otro, desde la puerta, le vería irse sin decir nada y si quien se marchaba no volvía más, aquella relación se daba por terminada.

Empezó ella.

Se puso un vestido rojo de satén, que le llegaba a la rodilla, al que yo tantas veces había alabado, zapatos altos, una bufanda que, junto a su maquillaje, le añadió un toque de nostalgia. Pasadas las seis, cuando la noche comenzaba a despertar, tomó una pequeña maleta con algunas cosas que había guardado y salió a la calle.

Yo me paré debajo del dintel de la puerta y vi cómo ella, con paso lento, se alejaba.

Al principio hubieron risas de mi parte, pero en algún momento entré en pánico. Gertrudis no se detenía.

Se detuvo a medio callejón, que como advertí antes, era largo. Hizo una pausa para luego girar y volver con paso presuroso.

Yo anhelaba su regreso y ella quizo volver a mí. Aquella noche se llenó de júbilo, celebrando con nosotros. Nuestras caricias tuvieron el calor de la certeza del amor y del deseo y nuestro deseo se fundió en un abrazo ardiente, que por unos días nos hizo creer que seríamos para siempre.

Al año siguiente fue mi turno. Me sentí estúpido saliendo de casa bien arreglado y con maleta en mano, dispuesto a interpretar un papel detestable. Creo que no avancé ni veinte metros y volví aprisa. La escena de un año atrás se repitió.

Fuimos felices.

Un año después Gertrudis regresó desde el mismo punto al que llegara dos años atrás, pero entonces lo hizo sin prisa. Aquel día no hubo fiesta, la noche no nos volteó a ver y las caricias faltaron a la cita, apenas intercambiamos unas sonrisas que sabían a resignación. A lo mejor ese día nos rompimos y no me di cuenta, porque nunca lo mencionamos.

A lo largo de estos años han habido caminatas cortas, otras largas, unas con prisa, otras que han llegado a doblar la esquina, como cuando terminé en un bar, mojado porque llovía, con una maleta a mi costado, bebiendo solo y regresé pasadas las once de la noche. Para entonces peleábamos por todo y quizá a ella le dolió más que regresara, que el ver cuando me marchaba. Deberías darte un baño caliente, fue todo lo que dijo.

El tiempo ha pasado y sigue siendo hermosa. Ayer, recostado en la cama, fui testigo de cómo, poco a poco, adornaba su figura, carente de la efímera belleza de lo firme, pero desbordada de la eterna belleza de mujer. Se veía esplendorosa.

Se sentó en la orilla de la cama a esperar la hora. Cuando se puso de pie supe que era el momento y me puse de pie también. Fui detrás de ella, admirando hasta su forma de caminar. Cruzó la puerta y comenzó a andar.

Cada paso que daba era un golpe en la herida que habíamos abierto entre nosotros. No sé si caminaba muy lento o obscurecía aprisa y la perdía de vista. Llegó a la esquina y no dobló. Alcance a ver que cruzó la calle y siguió. Con esfuerzo la veía cada vez más pequeña, más inalcanzable, más desaparecida. Quería correr a ella y abrazarla y a la vez quería que no volviera más. Anhelaba que tuviera el coraje de marcharse y deseaba verla a los ojos por última vez.

Entré y me tumbé en el sofá.

Una hora después regresó con lágrimas en los ojos. Me miró sin decir nada. Entró a la habitación y dejó la puerta de la habitación abierta. Desde el sofá contemplé cómo se desvistió para luego meterse en la cama, como un roedor entrando a su refugio.

Hoy he vuelto a mi rutina de sentarme y ver la puerta. Quizá el año entrante tenga el suficiente valor y camine para no volver nunca más a esta silla.

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