El regalo de la libertad

De chico fui educado como una persona que debía evitar, a toda costa, importunar las casas de otros. Nunca supe bien por qué. Supongo que el riesgo de que rompiera algo era una preocupación constante de mis padres, so pena de tener que pagar el daño causado. Era eso o evitarse la vergüenza de que no pudiese comportarme de forma adecuada y que se tuvieran que tragar las críticas. Nunca lo tuve claro.

De casas de amigos tengo muy pocos recuerdos y casi todos vagos. A excepción de unos vecinos que tuvimos por pocos años —Lo de alquilar y cambiar de vivienda fue una constante en la familia por mucho tiempo, luego solo fue el alquilar—, a los que por una temporada visitaba todos los días para las vacaciones del colegio. Era tanto lo que compartía con ellos que hoy día, por simple matemática, deberían ser de mis mejores amigos, pero no sé nada de ellos.

Para cuando cruzaba el primer año de básico, yo debería haber tenido trece años, pero tenía, porque el sistema de estudios lo permitía entonces, once —Siempre me tocó ser el más chico de la clase, favorablemente solo de edad—. Hice amistad con Olafo, quien no se llamaba así, aquel era su apodo porque algo se parecía al personaje del famoso cómic, y no es que me refiera a él así por burla, pasa que no logro recordar su nombre, porque así de profundas eran mis amistades.

Una semana antes nos habíamos dado a los golpes, con saldo de un labio hinchado para él y un ojo morado para mí. Me explicó que fue amenazado, que si no me pegaba, unos más grandes lo hubieran molido a golpes. Seguro fue tanta la culpa que me invitó a su casa a pasar un fin de semana.

Con el “no” casi asegurado le pregunté a mi papá si podía ir casa de un amigo el fin de semana, el mismo con quien me había dado de golpes. Sonrió, y dijo que sí. Fue raro, no preguntó por la pelea ni puso trabas a la petición. Solo aceptó.

El sábado por la mañana me llevó hasta la casa de Olafo, que no estaba cerca. Cuando estaba por bajar del auto, con una amplia sonrisa imposible de disimular, me preguntó si el plan era ver revistas porno o si habíamos conseguido algunos VHS de porno para pasar viendo toda la noche.

Yo hice lo que cualquier niño de once años hubiera hecho si su papá le preguntaba tal cosa: hacer cara de incomodidad, tirando a “¡Estás loco!” y expresar un alto y sonoro ¡Nooooo!

No se rindió, me dijo que no tenía nada de qué preocuparme, que era normal y que le podía contar sin problema. Entonces le fui honesto, le dije que no sabía, que al menos a mí no me habían anticipado nada.

No agregó más, ni siquiera las recomendaciones de siempre de que me portara bien. Creo que en aquel momento me vio distinto, me vio mayor y con la edad suficiente para poder confiar en mí. Aquel día crecí ante sus ojos, y más importante, ante su percepción de mí.

El fin de semana fue un asco. Lo único que recuerdo como agradable fue que Olafo tenía el LP de Kiss y nos pasamos la tarde cantando “Baby, let’s put the X in sex. Love’s like a muscle and you make me wanna flex”. Dormimos temprano, lo que mandó al garete el plan de ver unos VHS que él tenía para la ocasión. Eran de películas de miedo. Aclaro por si están imaginando otra cosa.

Al día siguiente, apenas terminó el desayuno me dirigí a la parada de bus para regresar a casa.

 * * * * *

Entonces no lo entendí, pero mi papá me dio en aquella hora un regalo, una muestra de su afecto y amor por mí. Me estaba dando libertad. Me estaba dejando ser. Estaba aceptando lo que a mí me tocaba ser por mi edad (aunque creo que me veía de 13 y no de 11 años). Me estaba diciendo que podía tomar mis propias decisiones y considerar lo que estaba bien o mal para mí.

La libertad no es el permiso para actuar, hacer o no hacer. No es la habilitación para el accionar desmedido y sin control. La libertad, la que nos acompaña en el día a día, va más de esa sensación de saber que podemos ser. Es esa seguridad de que no se nos va a dar la espalda por ser, hacer o pensar de formas que nosotros mismos pudiésemos considerar distintas o erradas.

No tengo duda que una de las más grandes muestras de amor y afecto que pueden entregarse es la libertad. De nuevo, no el permiso, sino el brindar la tranquilidad al otro de que puede ser por sí mismo, sin riesgo a perder la relación con uno, sin importar el tipo de relación que sea.

 * * * * *

A principio de aquel mismo año, mi papá me había dicho que si ya me consideraba muy grande como para seguir saludándole de beso y quería dejar de hacerlo, estaba bien.

Acepté de inmediato.

Mi papá tenía muy claro el regalo de la libertad.

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