Prisionero

Despertó intranquilo como siempre, inseguro como siempre, odiando la vida como siempre. Con la sensación de que la fortuna se la había tomado personal contra él.

Maldijo la mañana, maldijo la hora y maldijo el haber vuelto a despertar.

Se puso de pie. Se arrancó las ropas con las que dormía y buscó las del día anterior. Apenas terminó de acomodarla salió a la calle, cabizbajo, no en gesto inducido por la tristeza, sino como quien va urdiendo un plan.

Enrique nació un día de fuerte tormenta, cuando en las calles y hospitales apenas había gente. Se diría que la tristeza y la desolación estaban escritas en su destino. Un muchacho bien, sin grandes defectos, ni particularidades que le hicieran distinto, fue por cuenta propia que se fue alejando de la humanidad, mientras más iba indagando en las mezquindades de las que la especie es capaz.

Se ocupó tanto de ver el lado obscuro de los humanos y de las sociedades, que frente a sus ojos desaparecieron las buenas obras, los sentimientos, los perfumes y los colores. Creó para sí un mundo gris que detestaba y al que solo aceptaba porque era el suyo, hasta que vio el sinsentido de una existencia que no quiere ser y optó por terminar con su vida.

Alcanzó una banca sobre una banqueta, que siempre era su destino, y donde todos los días decidía una forma distinta de morir.

Desesperado y cansado de aquel ritual, decidió que lo haría fácil. Conocía de vías principales, de caminos y de transportes. Sabía que tres cuadras hacia el sur pasaban constantemente cargamentos con destino al puerto y, si bien era consciente de que metería en problemas al conductor, en un mundo gris aquellas son cosas por las que no vale la pena preocuparse.

Se puso de pie y comenzó a caminar. Sus pasos eran firmes, pero sin prisa. Enrique siempre sostuvo que el suicidio no es un escape por el que se atraviesa de forma despavorida, para él es una actividad digna, que hay que saber disfrutar. Creía que todos los sentidos deben estar atentos al adiós que se le da a la vida. Y sostenía que de esos momentos hay que llevarse, por si acaso, las imágenes, como recuerdos de lo último que se vio, incluyendo lugares, personas y gestos.

Su acto solemne terminó cuando estuvo en el punto que le pareció el adecuado. Entonces observó las señales de tránsito, los carriles, los camiones y todo tipo de transporte pesado que se dejaban venir con libertad de velocidad por aquel tramo.

Sin terminar de convencerse, espero poco más de 45 minutos, hasta que vio el tráiler que le pareció el indicado. Cuando estuvo muy cerca, tanto que al chofer no le daría tiempo de frenar ni esquivarlo, saltó frente a él.

Le dio de frente quebrando huesos y reventando su piel, para que luego las llantas completaran el trabajo. Fue tan rápido, que Enrique logró sentir la muerte antes del impacto y apenas logró ver el gesto del conductor y sonreír.

A la mañana siguiente despertó intranquilo como siempre, inseguro como siempre, odiando la vida como siempre. Con la sensación de que la fortuna se la había tomado personal contra él.

Enrique había quedado atrapado en su suicidio, sin lograr escapar de él. Sabía que no era un sueño, porque recordaba todos y cada uno de sus intentos, pero estaba decidido a ganar aquella batalla, porque también era prisionero de su deseo: tenía claro que el suicida no desea la muerte, solo anhela el descanso.

Luego de maldecir como todos los días, se arrancó las ropas con las que dormía y buscó las suyas, las del día anterior. Abandonó el hospital, como lo hacía siempre, por la puerta de entrada y, cabizbajo, encaminó hacia su banca. Aquel era un día particularmente frío, quizá de hipotermia en el río, iba pensando.

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