La Nostalgia

Siempre es buena idea, si se tienen ganas de trastocarse las emociones, apelar a la nostalgia.

Podés pensar en esa canción que bailabas o que solo tarareabas cuando eras chico, aunque no entendieses de qué iba o no vieras el trasfondo de la letra. Recordar el programa de televisión que te hacía soñar con ser alguien más o con visitar esos lugares que considerabas mágicos. Traer a la memoria un juguete que, quizá por simple, disfrutaste mucho. O volver a estar en ese lugar que movía, sin que fueras muy consciente de ello, todo tu interior.

Eso también sucede con las personas y con las experiencias que se vivieron con ellas.

A mí, por ejemplo, se me da bien recordar momentos que compartí con el juguetón de mi padre, alguien a quien se le dio bien la tarea de papá sin que lo pareciera. Es decir, hizo su esfuerzo por mantener a la familia —en las diferentes formas que ésta tomó—, pero nunca fue la figura seria, estricta o inalcanzable que el papel muchas veces demanda, más bien fue accesible y mi compañero de juegos y risas.

Dar consejo nunca fue lo suyo. Eventualmente teníamos alguna conversación sobre temas importantes, pero él, sin postura ni presunciones, solo hablaba del mundo y de su forma de percibirlo, soltando por ahí y por allá, acaso sin querer, alguna joya en bruto que yo podía guardar o desaprovechar.

Tendría unos diez años cuando, detrás de la casa, comenzaron la construcción de unas canchas de basquetbol. Hasta entonces mi experiencia con ese deporte se limitaba a haber rebotado alguna pelota en casa de alguna amistad. En cambio, mi padre habló, largo y tendido, de sus años mozos y de lo bueno que fue para jugar.

Un día muy temprano, cuando los postes y canastas estaban listas y la cancha aún era de tierra, fuimos a jugar.

Mis primeros veintiunos fueron con pelota de fútbol, que era la que teníamos.

Ese día aprendí de reglas, de jugadas y de frustración, porque la méndiga pelota se empeñaba en no entrar al aro.

Los siguientes días seguimos jugando. La cancha tuvo cemento y nosotros tuvimos balón adecuado, pero la frustración seguía, ahora por culpa de mi papá.

De a poco fui entendiendo el juego. A fuerza de práctica tomé pulso y no era tan malo. Pero la persistencia no te da tamaño, ni te cambia la habilidad de un día para otro, y mi papá me ganaba una y otra vez.

En repetidas ocasiones jugué con lágrimas en los ojos y mi papá sonreía, no con maldad, sino que —ahora lo sé— como quien ve a alguien haciendo su esfuerzo por crecer.

“Nunca te voy a dejar ganar” me dijo, y luego añadió que no me hacía un bien si él me engañaba. “Te vas a creer que sos bueno y luego te va a ir mal cuando jugués con tus amigos”, añadió.

Aquellas palabras no dieron resultado, no en esos días al menos. Yo seguí con mis frustraciones por años. Me enojaba. Lloraba y… persistía. ¡Quería ganar!

Fue hasta mucho tiempo después que un buen día gané mi primer veintiuno y celebré. Tiempo más adelante gané todos y celebré más… Y después de eso mi papá no volvió a ganarme, porque el tiempo te regala juventud y ésta velocidad, y a la vez el tiempo te quita juventud y te hace lento.

Lo más seguro es que mi padre no recuerde pormenores de aquellos veintiunos, no, al menos, como los recuerdo yo, ni sea consciente de la importancia de aquellas palabras que me han servido de bandera en un sinnúmero de situaciones, como cuando decido decirle no a la condescendencia o a la mentira piadosa. O como cuando decido decirle a mi hijo que nunca me voy a dejar ganar por él.

Las joyas de la vida están escondidas en una charla cualquiera, en un comentario lanzado al azar o en un juego de basquetbol. Nunca se sabe.

La nostalgia es una curiosa manera de revivir el pasado. Te hace sentir y sonreír, y a la vez te duele el que haya situaciones que sabés que no podrás volver a experimentar.

Como quisiera volver a jugar un veintiuno con mi papá, aunque tuviera que hacerlo ardido en rabia y con lágrimas en los ojos.

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